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Pinceladas con propósito

Actualizado el 01 de diciembre de 2013 a las 12:05 am

Lila Herrera no solo creó arte, sino que le enseñó a cientos de niños el valor de dibujos y pinturas para ayudar a otros. Su idea se convirtió en la Asociación Los niños pintan para los niños, que ha donado más de ¢180 millones a centros de salud y de enseñanza.

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En el 2011, la artista Lila Herrera recibió una paloma escultórica del Peace Parade y un encargo puntual: debía transformarla con su talento; mas ella decidió no hacerlo sola. Los pinceles y la creatividad de Mariángela Herrera, su nieta, y de un grupo de niños enfermos crónicos del Hospital Nacional de Niños formaron parte del proyecto.

Según recuerda el entonces subdirector del Hospital, doctor Orlando Urroz, los niños querían que la paloma azul vibrante, ataviada con estrellas y corazones de colores alegres, llevara el nombre de un detalle que se le había dibujado y podía observarse si se la miraba de cerca: Curitas.

Belleza, creatividad y alegría es el resultado de "Los niños pintan para los niños".
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Belleza, creatividad y alegría es el resultado de "Los niños pintan para los niños". (Mayela López)

Los fondos recaudados por la venta de obras cada año, se transforman en obsequios navideños o en instrumentos musicales, o bien se usan para adquirir equipo para escuelas u hospitales

“Así fue como una artista de su sensibilidad se adaptó a los niños. Ellos quisieron llamar a la paloma ‘Curitas’ y ella no lo pensó dos veces. Es una paloma llena de curitas y mensajes de solidaridad a través de la espontaneidad de los niños y su experiencia”, cuenta Urroz, quien detalla que ahora la pieza se encuentra frente al Hospital de Niños.

Es posible que Herrera permitiera llamar así a la escultura porque no era recelosa de su obra. Pero es probable también que la obra fuera realmente otra: permitir que los niños aprendieran a expresar y a entender el mundo mediante el arte, compartirles la certeza de que el arte repara heridas propias y sana las de otros. Y ese fue el mensaje que Herrera trazó en cientos de niños a lo largo de 25 años.

Lila Herrera empezó a impartir clases en su taller, ubicado en Bello Horizonte de Escazú . Lo hizo por cuenta propia, pero siempre contó con el apoyo de su esposo y compañero, Enrique Herrera. Por allí pasaron generaciones completas que aprendieron a expresarse mediante el acrílico y la acuarela.

“Cuando estaba mi abuela, hubo muchachos que recibieron clases hasta llegar a la universidad. Incluso algunos exalumnos llamaban para preguntar: ‘Estoy en la U y tengo la tarde libre, ¿puedo llegar a pintar?’”, relata Mariángela Herrera, quien a sus 22 años asumió las riendas de taller tras el reciente fallecimiento de la mentora, deceso que se produjo a inicios de noviembre.

El taller es, en realidad, una clase extracurricular con la guía de dos maestras (Mariángela y su hermana Marta, de 20 años) que les conceden a los alumnos la libertad para pintar lo que deseen.

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“La semilla del arte que se inculca en cada niño se acompaña por la idea de que todos tenemos el deber de ayudar en algo, al menos con algún gesto o una sonrisa”, opina Mariángela. Por ello, al final del año, los alumnos deben desprenderse de sus creaciones para que sean subastadas en una exposición.

Los fondos recaudados se transforman en obsequios navideños, o en instrumentos musicales, o en pulsioxímetros (instrumentos para monitorear el flujo de oxígeno); o bien se utilizan para acondicionar espacios deportivos en escuelas.

“Eso significa Los niños pintan para los niños: no solo se busca que aprendan algo, sino que utilicen su arte para un bien social. La doble satisfacción de este proyecto ha sido nuestro gran logro”, explica Ileana Guerrero, presidenta de la junta directiva de la Asociación.

Hace 18 años, la iniciativa de Lila Herrera adquirió forma en una agrupación que ha llegado a tener 240 niños en sus talleres y ha beneficiado a instituciones como el Hospital Nacional de Niños, la Orquesta Sinfónica de La Carpio (Sifais) y la escuela Rafael Alberto Luna.

El próximo 8 de diciembre será la próxima subasta anual. La artista y fundadora se encargó de convertir la exhibición en una gran feria que consigue fondos para niños necesitados.

Sin embargo, en esta ocasión, ese “ángel” –como la llama el doctor Urroz– verá la subasta desde otro lugar. Ahora son sus familiares y los miembros de la Asociación los que están comprometidos a seguir llenando de color las vidas de muchos niños.

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