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Justo Orozco

Actualizado el 02 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

‘Yo deseo que el mundo se acabe ya’

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Justo Orozco

Calcule usted: soy cristiano, soy guanacasteco, soy saprissista, o sea, ¡soy un triunfador!”

Así se autodefine Gerardo Justo Orozco Álvarez, el laico evangélico, matemático, abogado y diputado de Renovación Costarricense, que adversa las uniones civiles del mismo sexo. El mismo que, como presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la Asamblea Legislativa, se encargó de enterrar de un solo plumazo el proyecto para darle derechos a las parejas homosexuales .

Asegura que es diputado para servir a otros y porque Dios lo sentó en una curul con un propósito.

“Yo le garantizo que mientras yo esté aquí eso (las uniones civiles, que él llama “matrimonios homosexuales”) no se va a dar; por mi vocación de educador, por mis principios bíblicos”, reitera Justo Orozco mientras dos celulares no dejan de sonar e interrumpir sobre la mesa de trabajo, en su despacho de diputado.

La tarde del 13 de noviembre se escapó del plenario para contar algunos pasajes de su vida, las razones por las que nunca fue sacerdote, cómo conoció a su esposa y cuánto ha aprendido de la homosexualidad en las últimas semanas.

Hace tres meses, Orozco calificaba a la homosexualidad como una enfermedad –de nacimiento– que solo afectaba al 2% de los seres humanos, que era provocada “por algunos alimentos o por las hormonas alteradas” y que, además, se podía curar.

Ahora reconoce que estaba equivocado y que la homosexualidad no es una enfermedad. Aun así, reitera que esa preferencia tiene cura. Tanto cree en esa idea, que pagó ¢1,6 millones para imprimir 1.000 ejemplares de su libro Dios perdona al homosexual.

“Diay, yo he venido cambiando mucho con respecto a esto. Yo antes creía que era una enfermedad, creía muchas cosas. Ahora que me he preparado, sé que es una preferencia, que la tienen algunos seres humanos, que son una realidad. Que merecen el buen trato, que merecen no discriminarlos, que merecen tomarlos en cuenta, tratarlos bien, que son hechos a la imagen y semejanza de Dios, y que Dios los ama”, dice con su voz acelerada.

Según relata, el libro incluye testimonios de homosexuales convertidos que doblaron rodillas, le pidieron perdón a Dios y ahora viven una vida heterosexual. “Yo conozco más de diez casos”, dice.

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“Dios perdona al homosexual, pero lo perdona mientras esté vivo”, expresa el legislador, quien cree fielmente que ser gay o lesbiana es un pecado y que aquellos que no se arrepienten en vida, no entrarán en el Reino de los Cielos.

Eso sí, rechaza con vehemencia ser homofóbico, porque tanta es “su inocencia” que no logra reconocerlos en la calle.

Su posición con respecto a este tema y a las uniones civiles del mismo sexo, le merecieron miles de críticas, y también le generaron numerosos adeptos, en las redes sociales.

Gracias a sus palabras, se abrió una página en Facebook que ya acumula 15.192 rostros de personas que lo quieren fuera de la presidencia de la Comisión de Derechos Humanos. Esa página compite hoy por un premio internacional.

Pese a las cifras, asegura que no se ha encontrado con tantos adversarios en la calle, que en vez de mentarle la madre, lo saludan y lo bendicen, y que en todo este tiempo, solo cuatro personas se han atrevido a increparlo.

Aunque son pocos los que lo cuestionan de frente, asegura que reza por ellos y que ya los perdonó.

Guanaco y rajón

Gerardo Justo Orozco Álvarez nació el 18 de febrero de 1950 en el Hospital Central, en Aranjuez (en el mismo lugar que hoy alberga al Hospital Calderón Guardia), pero gran parte de su infancia la vivió en Nicoya, Guanacaste.

Es hijo de Isabel Álvarez Deliyore, una maestra santacruceña, y de Justo Orozco Muñoz, un “todoterreno” nicoyano.

Según lo resume, su papá le hacía a todo: fue telegrafista, sastre, agricultor, carpintero, y en tiempos de Liberación Nacional, trabajaba como secretario de la jefatura política del cantón de Nicoya.

Aunque no nació primogénito, se convirtió en el primero de la estirpe, pues su hermanita mayor falleció cuando tenía dos años de edad, por causas que aún se desconocen.

Esa fue una de las razones por las cuales doña Isabel prefirió venir a parirlo a San José. Ocho días después, la madre y la criatura estaban de vuelta en Guanacaste.

Su infancia la pasó en Cananga, un céntrico barrio nicoyano, a 100 metros de la casa cural.

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Justo dice que fue su madre la que le inculcó que nunca fuera mediocre, y eso lo tradujo en su dedicación por el estudio. También acepta que es rajón “como buen guanacasteco”, y que no le gusta que lo ofendan.

Estuvo en el kínder y la escuela Leonidas Briceño y luego pasó al Liceo de Nicoya.

De carajillo era “más gordito, inquieto” y le encantaba vacilar a los compañeros y darle guerra a los maestros.

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Cuenta sin el mínimo asomo de verguenza, que en el colegio los profesores lo mandaban para fuera del aula para que no estuviera “jorobando a los compañeros”.

Según reconoce, siempre tuvo facilidades para entender la materia y hasta ayudaba a otros alumnos con las ecuaciones matemáticas y las fórmulas químicas.

Estudió para educador y sus avances le permitieron convertirse en asesor nacional de Matemática.

Impartió lecciones en el Colegio Salvador Umaña, en Ipís de Goicoechea, donde igual enseñaba álgebra y trigonometría o se arremangaba para jugar futbol con los muchachos en el polvazal.

Allí conoció a quien se convirtió en su compañera de toda la vida y allí también fue que dejó el catolicismo y se volvió evangélico.

“Yo con ella me iba adonde ella quisiera”, relata ahora, cuando suma 33 años y cinco meses de casado. Confiesa que la piropeaba “respetuosamente” y ella le respondió al galanteo.

¿Eunuco? ¡Nunca!

Su hoy esposa, Yazmín Mata Blanco, era profesora de Estudios Sociales y, cuando se conocieron, ella le regaló un Nuevo Testamento. “ Jalamos 11 meses y nos casamos” el 1° de junio de 1979. Admite que fue Yazmín quien lo llevó a convertirse en evangélico, aunque reconoce que aún hoy admira la vocación de curas y monjas.

–Si tanto los admira, ¿por qué no fue sacerdote?

–No, no, no jamás, abstenerse de tener una compañera y de tener hijos es un gran sacrificio. Ellos se casan con el Señor y ellas también. No hubiera podido porque me crié en un ambiente, en Guanacaste, donde a uno le enseñan a buscar el sexo opuesto. En ese ambiente, ese clima caliente, es muy difícil. No tengo esa vocación, no me veo eunuco nunca”, confiesa.

Con su esposa procreó dos hijos y ahora chinea dos nietos. Junto a Yazmín creó su propio centro educativo, el principal sustento del hogar y con el que financió sus campañas para ser diputado en el 2002 y en el 2010.

El Instituto de Desarrollo de Inteligencia (IDI) abrió en 1986 en un salón comunal de Hatillo y, poco a poco, se convirtió en un centro educativo que alberga a unos 2.500 estudiantes por año.

Un alumno de primaria en el IDI, paga una matrícula de ¢85.000 y el mismo monto de mensualidad.

Aunque reitera que no es millonario y que, si acaso, se declara de clase media alta, el Registro Nacional dice lo contrario: 12 propiedades a su nombre que suman más de 23.200 metros cuadrados; seis carros –uno de ellos: un Toyota Highlander del año, valorado en ¢26,5 millones– y una casa de playa, en Jacó, Garabito, Puntarenas.

El tiempo de Dios

En marzo trascendió que algunas de estas propiedades tenían valores desactualizados y que eso disminuía el monto a pagar por impuestos. En aquel momento, don Justo dijo que pagaría sus cuentas “ en el tiempo de Dios”.

Si de algo les sirve el dato, ese tiempo ya llegó. Justo asegura que se puso a derecho en la mayoría de las propiedades cuestionadas, excepto algunas en Hatillo, San José, donde las cosas no han sido fáciles de resolver.

Lamentó, eso sí, que toda esa exposición pública lo puso en la mira del hampa. Una semana antes de esta entrevista, los amigos de lo ajeno le robaron bastante en su casa, en un barrio al sur de San José.

Aunque no quiso indicar el monto de lo sustraído, sí sostuvo que esto lo obligará a no entregarle “bendiciones” a varias familias pobres en Navidad.

El matrimonio Orozco-Mata acostumbra repartir aguinaldos en diciembre, pero esta vez tendrá que dar menos para, de esta forma, poder recuperarse.

Este también fue el año para lavarse la cara. En agosto, la Fiscalía General descartó presentar una acusación contra el diputado Orozco, por hechos ligados al cobro de la deuda política.

Un año antes, el Tribunal Supremo de Elecciones lo había acusado ante el Ministerio Público cuando aparecieron facturas de la deuda, que supuestamente estaban infladas. A la postre, no se acumularon pruebas incriminatorias.

Con impuestos pagos, libre de acusaciones y el tema de las uniones gay enterrado, Justo no tiene una respuesta definitiva ante la pregunta de si será diputado por tercera vez.

Al final de la conversación, los deseos de Justo Orozco parecen más bien apocalípticos:

–Yo deseo que el Señor venga ya, que el mundo se acabe ya.

”De verdad, a pesar de que soy cristiano, guanacasteco y saprissista, o sea soy un triunfador, yo deseo que Cristo venga ya, que se venga el fin del mundo, que se venga a recoger esta basura de mundo, en la cual hay injusticia social, hay incomprensión, hay vanidad, hay mentira...”

–¿Pero no le da miedo?

–Yo no le tengo miedo a los temblores, no le tengo miedo a nada; estoy preparado para morirme. (') Que se acabe ya.

”Yo soy feliz, yo sé para dónde voy, tengo mi galardón en el cielo, mi nombre está escrito en el libro de la vida, y soy muy feliz aquí y voy a ser feliz en cualquier lugar”.

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Vanessa Loaiza N.

vloaiza@nacion.com

Editora digital

Trabaja en la Redacción de La Nación desde 1998. Se especializó en temas de Infraestructura, concesión de obra pública, contratación administrativa y Transportes. Actualmente se desempeña como Editora Web. 

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