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‘Revista Dominical’: entrevista

Josecarlo Henríquez, prostituto chileno: de acuerdo en el desacuerdo

Actualizado el 20 de noviembre de 2016 a las 12:00 am

Josecarlo Henríquez saltó a la luz pública hace tres años, tras varias entrevistas que conmocionaron a Chile. Prostituto, homosexual, ateo y crítico del movimiento LGBT más popular, aglutinó tanto enemigos como aliados.

Siempre quiso escribir sobre prostitución y este año publicó su primera colección de ensayos, #SoyPuto, la cual presentó en Costa Rica a comienzos de noviembre.

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Josecarlo Henríquez, prostituto chileno: de acuerdo en el desacuerdo

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Costa Rica fue el primer país fuera de Chile en el que Josecarlo ha presentado su libro '#SoyPuto'. (Mayela López.)

Filipinas es el único país donde el divorcio es ilegal. Malta permitió la disolución de matrimonios hace cinco años. Chile hizo lo propio en 2004, después de una década de discutir el asunto en el Congreso Nacional. Por esa y otras razones, la palabra en la calle es que Chile es un país conservador, al menos desde el trono legislativo y ejecutivo.

Tras casi tres décadas de dictadura militar, Augusto Pinochet entregó el poder en marzo de 1990 –no sin antes penalizar el aborto– y probablemente un poco después de ello una familia obrera en la provincia de Concepción dio vida a Josecarlo Henríquez.

Ha de haber salido impávido del vientre de su madre cristiana; sin planes de aguantar pendejadas en este mundo. Impulsado por su padre teólogo, ojeaba la Biblia desde pequeño y se interesó así en la literatura. Su otra pasión, la prostitución, llegó años después gracias a la literatura, mediante novelas que leía a escondidas.

De temperamento disidente y constante análisis crítico de su entorno, de adolescente ansiaba irse a Santiago, cuando menos. “Vengo de una periferia peligrosa, llena de microtráfico, de pobreza neoliberal donde los pobres se roban con pobres, muy evangélica; por ende, demasiado opresora”, dice.

“Ser homosexual, pobre y evangélico es una opresión mucho más violenta que ser homosexual de clase alta de Santiago, que puede vivir su sexualidad en Europa libremente”. Se escapó de casa a los 17 años. Trabajó en puestos de comida rápida y call centers, apegado a horarios, idealizando y fantaseando escribir sobre prostitución.

Su edad dejó de importar desde entonces; ahora no la dice. Debieron pasar unos tres años de largas jornadas laborales sin tregua en los pocos trabajos accesibles para un joven sin estudios universitarios en la ciudad.

Un día, conoció a un prostituto. Se metió a Internet, se nombró Camilo, se tomó fotografías sensuales, escribió algunas de sus fantasías y empezó a recibir clientes. Supuso que si quería escribir sobre prostitución tenía que hacerlo desde dentro.

Su curso cambió en enero de 2013, cuando el medio digital chileno The Clinic le hizo una entrevista. No solo era un puto chileno dando la cara en un país donde el comercio sexual da vergüenza; era también elocuente, abocado a teorizar la prostitución en lugar de generar lástima.

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Dejó claro que se prostituye no por necesidad, sino por gusto. Quiere reivindicar al gremio y destapar la hipocresía que lo circunda. Un par de meses después lo entrevistaron en televisión y se convirtió en figura pública.

Desde que se dio a conocer, Chile reconoció las uniones del mismo sexo (algo que para Josecarlo da igual; preferiría educación gratuita para todos), su clientela ha aumentado y finalmente publicó su libro #SoyPuto, una colección de ensayos.

Con el libro –editado en abril de este año–, Henríquez busca que su obra se difunda fuera de Chile. El primer país al que llegó fue Costa Rica, unas semanas atrás, donde presentó #SoyPuto en Gráfica Génesis, en San José, y participó en actividades con activistas locales (forma parte del Colectivo Utópico de Disidencia Sexual, en Chile).

Durante una tarde noche de viernes, en el Parque Nacional –donde la prostitución masculina es la norma–, Josecarlo conversó con Revista Dominical sobre el sexo, el amor, el activismo y el trabajo que le da de comer.

Josecarlo ha trabajado en proyectos de posporno en Chile. (Cortesía de Josecarlo Henríquez.)

Dicen que hay que trabajar en lo que nos apasiona. ¿Representa la prostitución eso?

Claro. Implica también una autonomía física, porque la mía no es una prostitución con proxeneta, con patrón; es emancipada y autónoma; el propio cuerpo es el factor fundamental y en eso uno puede hacer el tiempo a favor de uno. Cuando uno es pobre, obrero, el tiempo es lo que más escasea; hay que tener tiempo para escribir, leer o hacer algún activismo, y el trabajo te absorbe. La prostitución autóno-ma a mí me dio eso de poder tener el dinero que se necesita, porque cualquier persona necesita dinero para sobrevivir en este sistema, pero a la vez tener tiempo para lo que deseo, que es escribir.

¿Ha pagado por sexo?

No, pero quiero experimentarlo. Me parece que al reivindicar la prostitución hay que reivindicar el derecho de pagar por sexo, para dejar de estigmatizar al cliente como el enemigo. Creo que los lazos que se generan entre prostituto y cliente pueden ser más cálidos que los de un prostituto con su novio o la familia.

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¿Todavía tiene novio?

No, ya no. Se nos enseña el amor romántico de una forma muy sufriente y ante eso se piensa que la prostitución sería el espacio realmente sufriente y el amor como la relación. Pero en mi experiencia y la de mis colegas se ha sufrido más por amor. Es folclor en Chile y en Latinoamérica que las mujeres mueren en manos de sus esposos. He tenido colegas mujeres que han llegado a la prostitución para salvarse de la mano castradora del esposo. Está el estigma de que la prosti-tución es el lugar del sufrimiento, pero todo lugar podría tener sufrimiento inherente. Me parece que el amor romántico y esas relaciones gratuitas de afecto, e impuestas, son mucho más violentas, y así se ve: niñas violadas por sus padres, mujeres agredidas por sus esposos...

En la presentación del libro dijo que la política y el afecto no son antónimos.

Se nos ha enseñado desde la política tradicional masculina que son antónimos, pero desde el feminismo he aprendido que es necesaria una política afectiva, porque ya hemos visto cómo está el mundo por culpa de esa otra política fría, militante y disciplinada, sin afecto.

¿Lo que escribe es autobiográfico, o también hay ficción?

Es autobiográfico pero también entiendo la biografía y la vida misma como una ficción, porque al entender el género como una construcción cultural hay una ficción que se inventó por un grupo de humanos blancos, masculinos, patriarcales, occidentales y cristianos, entonces como ellos se dieron la libertad de inventar géneros, eso sería ficción. Ficción vuelta realidad. Y la autobiografía es ficción en ese caso, entendida la ficción políticamente, no como la ficción teatral.

Ha dicho que ya ni los prostitutos de Santiago lo quieren. ¿Lo exiliaron?

La sociedad entera constantemente es despolitizada por los gobiernos de turno y sus políticas institucionales para desinformar. Entonces, desde la posición de un hombre cómodo ejerciendo la prostitución en su apartamento, en el centro de la ciudad, no se siente un conflicto para querer organizarse; solo desea ganar dinero y listo. Se enseña en el sistema que solo es importante adquirir dinero y ya; da lo mismo la queja mundial de cualquier problema que haya.

Que un prostituto se reivindique desde una publicidad excesiva en un país donde la prostitución existe mucho pero es vergonzosa, y por ende tiene que practicarse discretamente, genera espanto y devela que los mismos que se prostituyen son víctimas de esa vergüenza que significa ser prostituto y prefieren espantanrse y aislarse del sujeto más público porque para ellos es una forma de denigrar y de faltarle el profesionalismo a la labor.

¿Pero hay otra parte del gremio que le agradece?

Sujetos travestis, mujeres o prostitutos inmigrantes en situación de ilegalidad, o periféricos jóvenes, porque son cuerpos abyectos para la sociedad hegemónica. Son sujetos muy minoritarios con los que logro esa alianza, que están inmiscuidos también en el activismo. No están en el mundo de la prostitución, porque es un mundo demasiado frívolo y hostil, porque hay competitividad y es dificultoso. Ni siquiera es en el mundo LGTB, sino en el feminismo donde se generan articulaciones cuando uno es exiliado de la prostitución.

Es una voz underground, podría decirse.

Más que sentirme una voz importante me he dado cuenta de dónde mi supuesta voz podría importar, y es en espacios donde se piensa en la prostitución más allá de la explota-ción obvia del cuerpo que se da en cualquier trabajo. En grupos como los de la diversidad sexual y el movimiento homosexual he sido una voz que ha interrumpido el estado. Para ellos es la denigración. Según el cabecilla de la diversidad sexual chilena yo soy una apología a la drogadicción del gay y a hacer entender a los heterosexuales que todos los homosexuales somos prostitutos.

Mi voz está presente pero se deslegitima. Eso pasa con todos estos cuerpos que parecieran ensuciar esa blancura de solo querer casarse, formar familia y tener una vida perfecta como homosexual; yo vendría a atentar contra eso, desde la lógica de ellos. Yo creo lo contrario: debería unirse porque habría mucha más fuerza y hablaría de la variedad del sujeto no heterosexual, que no todos queremos casarnos o tener hijos.

Josecarlo Henríquez en el Parque Nacional, donde suele haber prostitución masculina en las noches. (Mayela López.)

¿Validarlo sería mostrar la verdadera diversidad?

Claro, porque la misma diversidad se traiciona.

¿Cuál es la filosofía detrás del arte de incomodar?

Tiene que ver con el activismo de la disidencia sexual; es un antagonismo de la diversidad sexual que cree en la disidencia, en no estar de acuerdo, en que el desacuerdo es la riqueza de poder trabajar en algo. A partir de la disidencia sexual a mí me brota también este deseo de estar constantemente en choque y también desde herencias como Pedro Lemebel (escritor chileno, referente de la literatura gay), que tenía estrategias de espantar o provocar, más que gustar.

Pero también ha criticado a Pedro Lemebel.

Sí, por eso digo que no hay que estar totalmente de acuerdo para poder reivindicar cosas. Yo creo que puedo reconocer que aprendí mucho de Lemebel, crecí de la mano de él escribiendo, fue un referente importante; si él no hubiese existido sujetos como yo seríamos deslegitimados de la escritura. Pero hay pliegues de Lemebel que podrían ser criticables desde la disidencia sexual, y lo son, pero eso no lo deslegitima.

No hay que ser como la política tradicional, burguesa y democrática, que cree que todo es negociable y que todo tiene que consensuarse y que hay que invisibilizar las diferencias. Se le tiene miedo al disenso. Es necesario habitarlo sin matar al otro, que es la otra lógica masculina: si estás en desacuerdo matas al otro.

¿Ser puto es un arte?

Entendiendo que la prostitución es una venta de imágenes y un performance sexual, yo lo veo como una especie de “transdisciplina”, por eso lo veo muy artístico. En mi caso tengo que hacerme páginas en Internet, inventarme un personaje, una edad, fantasías, contar relatos, preocuparme de la imagen, la estética. Creo que la sexualidad en sí es una creación artística entendiéndola como algo autónomo y que debe ser constantemente inventado, no quedarse en la definición. La sexualidad debe entenderse como un laboratorio de experimentación, no como un dogma ya dado.

¿Por qué en el libro dice que la web es tramposa?

Todo lo que entrega y provee este sistema va a ser una trampa en el tanto da una ilusión de que es para expresarse, para sentir plena libertad del yo. Obvio que genera placer saber que te pueden leer, que no siendo alguien con poder podés escribir en Facebook y eso te va a ayudar a publicar un libro. Es placentero y es lo que queremos: comunicarnos, no estar silenciados. Pero es tramposo porque también se entiende que el mercado de la información en un capitalismo informático donde el intelecto y el lenguaje tienen gran plusvalía siempre va a ser una trampa porque uno está generando expresiones pero eso está siendo controlado y esa información es vendida.

A la vez, nada de esto hubiera pasado sin Facebook.

Por eso: uno no está fuera del sistema, por eso uno tiene que funcionar como un virus. Somos una generación con ansiedad de publicidad y se nos ha educado eso y creo que escribir en redes sociales es una forma de escritura nueva donde se ensaya algo.

¿Cómo es la relación con sus padres?

Es muy buena. Son jóvenes, son inteligentes. Lograron abortar el cristianismo que nos estaba haciendo daño a todos en la casa. Fue necesario que yo les hiciera daño yéndome y diciéndoles muchas cosas que les dolieran para que no tengan los problemas que tuvieron conmigo con mi hermana menor. Han logrado mutar y se han dejado infectar por lo que yo pienso. Mis padres han experimentado con ellos mismos y está bien la relación, por suerte, porque por lo general las familias no quieren nada con hijos homosexuales, menos prostitutos y ateos.

¿Cree en la adicción al sexo?

Todo lo que provoque placer es adictivo. Ojalá la gente fuera más adicta al sexo. El problema es cuando ese sexo al que somos adictos el que nos proporciona el sistema, que es muy efímero, que solo tiene que ver con la imagen, con ciertos cánones de belleza, con lo que debe gustar o no, con patologizar ciertos deseos. Esa adicción al sexo es lo que promueve el sistema donde exhiben en la televisión abierta programas hipersexualizados donde la mujer es el objeto y el hombre siempre manda. En tanto la adicción al placer nos constituye hay que hacer algo para generar otras posibilidades, que otra pornografía sea posible, que otra sexualidad sea posible, otras adicciones no culposas sino placenteras y colectivas, no policiacas.

Por eso dice que no todo el que se prostituye necesariamente la pasa mal.

La prostitución en sí podría ser muy libertaria y hermosa si se intentase cambiar esa lógica. Hay que ir más allá de la lágrima: saber que vamos a sufrir, sí, pero solo los burgueses tienen tiempo de llorar toda la vida. El cristianismo nos ha enseñado a revolcarnos en el sufrimiento. Uno tiene que empoderarse porque el sufrimiento va a estar, ¡pero hagamos algo! La organización es importante.

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