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Cena a ciegas despierta sentidos y genera conciencia

Actualizado el 04 de agosto de 2013 a las 12:00 am

Viva una experiencia culinaria a oscuras a través de los ojos de un periodista guiado por una persona no vidente. Cuando se apaga la luz, se encienden los sentidos.

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Una cena a oscuras (René Valenzuela)

Ruido, mucho ruido. Las conversaciones de quienes están en las mesas vecinas me impiden escuchar a quienes están en la mía.

En el salón hay 15 personas; lo sé porque las conté cuando estábamos esperando ingresar a la oscuridad, pero se oye como si fueran 50.

La música de fondo se pierde entre la bulla.

Hannia debe llamar a la calma: “¿Pueden bajar un poco la voz para que todos podamos escuchar a nuestros compañeros de mesa?… Gracias”. El escándalo baja de volumen.

Hannia Soto es la guía de mi mesa. Fue ella quien me recibió a la entrada del salón, antes de que una cortina negra se cerrara a mis espaldas. A partir de ese momento, perdí la vista y me volví dependiente de mi guía y de mis otros cuatro sentidos.

Camino detrás de Hannia; mi mano derecha reposa sobre su hombro, mientras que, con las yemas de los dedos de mi mano izquierda, voy sintiendo la pared. Así entramos todos los comensales: en fila india y sin poder ver nada.

Estoy en una cena a ciegas, a oscuras, una actividad que en Europa y Estados Unidos es sumamente popular, pero que aquí en Costa Rica apenas empieza. Esta es la tercera que se realiza.

Vicente Aguilera, chef español, fue el encargado de preparar los platillos. El postre lo flambeó a oscuras. Próximamente se harán más cenas, para más información llame al 2234-0840.  |  FOTOS CAPTURADAS DE VIDEO TOMADO CON LUZ INFRARROJA POR RENÉ VALENZUELA
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Vicente Aguilera, chef español, fue el encargado de preparar los platillos. El postre lo flambeó a oscuras. Próximamente se harán más cenas, para más información llame al 2234-0840. | FOTOS CAPTURADAS DE VIDEO TOMADO CON LUZ INFRARROJA POR RENÉ VALENZUELA

La organiza la Fundación Hellen Keller junto con el estudio gastronómico Mucho gusto, en cuya sede tuvo lugar la actividad, el martes pasado.

La cena tiene dos propósitos: vivir una experiencia culinaria sin el sentido de la vista (por lo cual se maximizan los otros sentidos), y crear conciencia entre las personas sobre lo que implica tener discapacidad visual en una sociedad excluyente y discriminatoria.

Ya sentado, escucho unos cascabeles que se acercan a mí. Es Janet, la mesera, quien me sirve una sangría: “La copa está ubicada a las 12 de su plato”, me indica.

Hannia se incorpora para aclararme que debo entender el plato como si fuera un reloj y añade que el tenedor está a la izquierda (“a las 9”) y el cuchillo a la derecha (“a las 3”). El secreto –me revela– es dejar todo siempre en el mismo lugar.

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Palpo el plato, la copa, los cubiertos; me cercioro de entender el mapa de la mesa.

Vuelven los cascabeles. Esta vez, Janet trae la entrada. Hay que comerla con la mano y confiar en la cuchara del chef. Aquí todo va directo a la boca sin pasar por el filtro del prejuicio visual.

Descifro que lo primero que estoy probando es una tortilla española; luego, una brocheta que sabe a queso. Pero no es queso Turrialba ni mozarella ; le doy vueltas a mi paladar tratando de recordar ese sabor porque ya lo he probado antes… ¡claro! es queso manchego.

La crema catalana   fue el postre de la velada; su aroma a caramelo fue uno de los protagonistas de la cena.  | FOTOS: EYLEEN VARGAS
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La crema catalana fue el postre de la velada; su aroma a caramelo fue uno de los protagonistas de la cena. | FOTOS: EYLEEN VARGAS

Como otra brocheta con aliolí y una más con tomate. Justo cuando pensaba que ya había acabado con la entrada, mis manos descubren un pan más. Sin mucho protocolo, le doy un bocado y su sabor asalta mis papilas gustativas… ¿habrá sido sardina?, ¿eran anchoas?... No sé.

De plato principal pido paella con pollo y carne de conejo con toda la intención de no poder diferenciar, al momento de ingerir el alimento, cuál es el pollo y cuál el conejo. Mas les adelanto que logré distinguir ambas carnes sin problema: la de conejo es mucho más salada.

Mientras Janet trae el segundo plato, entablo conversación con Hannia. Tanto ella como las otras meseras y el resto de guías en la actividad son personas con discapacidad visual e integrantes de la fundación Hellen Keller.

Eso explica el sonido de los cascabeles: las camareras los usan en los zapatos para escucharse entre ellas y así no chocar. Aparte de ese elemento sonoro, no utilizan ninguna otra “ayuda” para ubicarse y trasladarse en el salón. Se guían con ayuda de las paredes y contando pasos, como hacen los ciegos en sus vidas cotidianas.

Hannia tiene 41 años y se está quedando ciega. A medida que pasa el tiempo, va perdiendo funcionalidad en sus ojos y está cerca el día en que no podrá ver nada. La razón es que nació con retinosis como consecuencia de una rubeola sufrida por su madre durante el embarazo. Actualmente solo puede ver de día y con gran dificultad.

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–¿Ha pensando en lo que más va a extrañar ver?– le pregunto.

–Sí, los amaneceres– responde.

Pero Hannia dice no sentirse triste. Se ha preparado para afrontar su discapacidad, lee en braille y es una experta en el uso del bastón; además, agradece haber podido ver a sus cuatro hijos crecer. Ahora concentra sus fuerzas en promover la inclusión en la sociedad de las personas no videntes.

“Realmente, la discapacidad está en el medio. Si pudiésemos tener una sociedad acondicionada a nuestra situación, la limitación casi no existiría”, reflexiona.

Plato fuerte

Llega la paella a la mesa, y, una vez más, la guía me da un tip vital: empezar a comer de los bordes hacia el centro para evitar hacer regueros.

Lo intento, pero cada vez que el tenedor llega a mi boca, lo hace con apenas un par de granos de arroz.

No obstante, en un mundo donde nadie puede ver, las reglas de protocolo y etiqueta en la mesa resultan innecesarias. Se puede pecar sin que nadie se percate. Así que meto los dedos en el plato para ubicar dónde están los puños de paella y ayudar al tenedor a capturarlos.

Finalmente, llega el postre. El chef arriba al salón y empieza a flambear el plato, siempre en total oscuridad… Un olor a caramelo se adueña, imponente, del lugar y mi nariz se rinde ante el aroma. Es el anuncio de una crema catalana de muy buen sabor.

Terminó la cena, encendieron la luz y descubrí un salón común y corriente acondicionado con telas y cinta tape para evitar cualquier filtración de luz. Tan rápido como perdí la vista, la recuperé.

Me despedí de Hannia dándole la mano, agradecido por haberme abierto los ojos y por compartir conmigo su historia con sabor a esperanza; sus dedos abrazaron con tacto los míos. El salón quedó en silencio, todavía con olor a caramelo.

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