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El Batman que reclutó a Robin en un hospital

Actualizado el 27 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

Los verdaderos superhéroes son hombres comunes como Allan Garro, un abogado que tejió una entrañable amistad con un niño de 8 años al que la fantasía lo empuja hacia la vida

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En un bolso, Willy (Robin) carga los líquidos de los que depende para sobrevivir. | FOTO: ALBERT MARÍN

“Un héroe puede ser cualquiera, incluso un hombre que haga algo tan simple y reconfortante como poner una capa alrededor de los hombros de un niño para hacerle saber que el mundo no se ha acabado”, dijo Batman al detective Jim Gordon cuando le preguntó por qué no revelaba su verdadera identidad a quienes había salvado.

Es una buena frase de la película El Caballero de la Noche asciende, sí; pero es una capaz de erizarle la piel a quien escribe estas líneas cuando se percata de que las palabras que salieron de la boca del actor Christian Bale fueron una especie de presagio. Ese hombre sencillo, común, existe.

Tres meses atrás, sin embargo, Allan Garro jamás se hubiera imaginado a sí mismo en los zapatos de un superhéroe de carne y hueso.

Su afición por el hombre murciélago comenzó a sus 15 años cuando vio la película Batman , del director Tim Burton, en el cine Magaly.

Han transcurrido 26 años desde entonces, y aquel sublime momento de su juventud nunca llegó a quedar en el pasado. De hecho, a algunos clientes les causa gracia cuando entran por primera vez a su despacho de servicios jurídicos, repleto de figuras de acción, no solo de Batman, sino también de Star Wars.

Pero entre la colección de este abogado hacía falta una pieza. Hace tres años vio en Internet la fotografía de una motocicleta Can-Am Spyder, peculiar por sus tres llantas y su estética similar a la de un jet sky . La imprimió y puso la imagen sobre su escritorio para verla todos los días. Necesitaba una en color negro, que hiciera juego con los logos amarillos del Murciélago.

“La ilusión que siempre tuve era ser el Caballero de la Noche”, confiesa Garro , un fanático de la trilogía filmográfica de Christopher Nolan y, por supuesto, de la Batpod que conduce Wayne.

“Willy me hace entender cuáles son las cosas importantes de la vida. Me hace ver que él es el superhéroe en esta relación, porque de las cosas médicas que él tiene que soportar, yo no soportaría ni una décima”, dice Garro.

Cuando por fin tuvo la motocicleta en su cochera, compró un traje de Batman por Internet para completar el atuendo. El cosplay se había convertido en el más geek de sus hobbies , pero distaba mucho de encarnar a un verdadero superhéroe.

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En uno de los eventos de disfraces, alguien le comentó sobre un niño con una condición delicada, que estaba internado en el Hospital de Niños y que estaba pronto a cumplir 8 años. Ver a Batman llegar en su moto a la fiesta que le organizaba su mamá sería un verdadero lujo para cualquier niño, y más aun para uno que pocas veces ha salido de las puertas de ese hospital.

Es en este punto donde la fantasía sobrepasa la pantalla de plata y se convierte en realidad.

El sábado 27 de junio, el lobby del hospital hizo las de salón de fiestas. Los altoparlantes comenzaron a reproducir un soundtrack de El Caballero de la Noche y fue entonces cuando un hombre enmascarado, ataviado con una negra capa que le llegaba hasta el piso, se acercó a la silla en la que aguardaba el homenajeado.

“Willy, ¿cómo estás? Soy Batman y vine desde Ciudad Gótica a visitarte”.

Ante los ojos incrédulos del pequeño William Cordero estaba uno de sus superhéroes favoritos, con una bolsa de regalo entre sus manos.

Cualquier niño se hubiera apresurado a averiguar qué había dentro de la bolsa –era una figura de Batman–, pero Willy no. Sin siquiera abrir el presente, se fundió en un abrazo con ese hombre misterioso al que ahora llama “amigo”.

Garro no entiende cómo ni por qué –y tampoco intenta cuestionárselo–, pero en aquel momento ocurrió algo que los hizo inseparables. “Sentí simplemente como si fuera una especie de alma gemela”, dice el abogado.

Allan Garro, de 41 años, no combate el crimen por las noches; su misión es elevar el espíritu y el ánimo de un niño que no puede salir del hospital. (Albert Marín)

Pocos días después, Willy tendría que someterse a una delicada cirugía para extraerle la vesícula. Batman le prometió que si la superaba, vendría a jugar videojuegos con él y que lo pasearía en su motocicleta.

El niño salió despierto de una intervención nueve horas en el quirófano. Aún bajo los efectos de la sedación, cuando llegó al cuarto, lo primero que hizo fue pedirle a su mamá que le avisara a Batman que estaba bien, que había cumplido.

La tarde fue inolvidable para Willy quien, consciente de lo despacio que iban, jugaba a imaginar que viajaban a toda velocidad y que el viento le rozaba la cara.

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Entre cuatro paredes

Willy padece un síndrome de pseudobstrucción intestinal, una enfermedad que afecta el movimiento del intestino y que no le permite hacer la digestión, ganar peso o crecer, explica el gastroenterólogo Alfredo Mora.

Para poder alimentarse, tiene un catéter central que le suministra nutrición parenteral por vía intravenosa y una sonda que va a la zona inicial del intestino delgado. También tiene otra sonda para poder drenarle el estómago todos los días, y otro orificio para extraer la materia fecal.

“De lo que él tiene de vida, la mayor parte ha estado aquí. Casi no ha salido al mundo”, menciona con voz pausada su madre, Ileana Gutiérrez, mientras cuenta que el niño ha pasado internado hasta dos años y medio, que regresó al hospital desde el 24 de diciembre y que fue hasta este año que pudo ir al cine por primera vez, pues le dieron un permiso especial.

Ella lo acompaña noche y día de cada semana y duerme a su lado en una silla, con la esperanza de nunca volver a escuchar las palabras: “Ya no hay nada más que hacer”.

“Mi esposo y yo hemos tenido que juntar el corazón del piso muchas veces”. A doña Ileana se le quiebra la voz de nuevo y le corren lágrimas por la tez.

Allan Garro conoce esa frustración en carne propia. Uno de sus dos hijos, Alejandro, padece de autismo y epilepsia y, 11 años atrás, era él quien estaba en una cama del mismo hospital. Por eso no deja de ser el Batman que Willy necesita, porque le parece una forma de retribución.

Es por eso también que su corazón se ha contraído como un puño en las dos ocasiones en que ha recorrido todos los salones del hospital como superhéroe. “Es que uno también es papá”, dice.

El dúo dinámico

A la 1 p. m. del martes, Garro parqueaba la moto con sigilo para que Willy no pudiera divisarlo desde su ventana.

Con su traje en un bulto y una camiseta con el logo de Batman, como la de cualquier otro fan, se preparaba a enfundarse en el traje que lo hace perder dos o tres libras de agua cada vez que visita a Willy.

En el camino, lo intercepta una mujer que lleva de su mano a un niño pequeño con uniforme de preescolar y le dice que el chico necesita hacerle una pregunta: “¿Usted es Batman?”, le cuestiona con tierna voz. Se fue creyendo que era verdad.

Esa es la reacción que siempre genera cuando acude al centro médico. Garro siente una responsabilidad enorme sobre sus hombros.

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Mientras tanto, a Willy comienzan a desconectarlo de las máquinas para, después de mucho tiempo, poder ir un rato a la sala de juegos.

“Ahorita mi mejor amigo  es Willy. Así me lo dicta el corazón”, dice Allan Garro. | FOTO: ALBERT MARÍN
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“Ahorita mi mejor amigo es Willy. Así me lo dicta el corazón”, dice Allan Garro. | FOTO: ALBERT MARÍN

Venía asustado, pues no sabía hacia dónde iba. El semblante del niño es uno con su ropita de hospital y otro cuando le ponen el traje de Robin que Garro le regaló.

Luego, de forma espontánea, le confesará a su héroe que le da mucho miedo entrar a cuidados intensivos y al quirófano. “A veces tengo frío, algunas veces tengo nervios”, explica. “Sueño que me caigo de un edificio, que me golpeo, pero sobrevivo”. Batman lo interrumpe para decirle que no tema, y que la próxima vez se agarre de la baticuerda especial.

Willy dice que él no es Willy, que se llama Robin. Tampoco sabe quién es Allan Garro, nunca le ha visto el rostro y hasta doña Ileana se refiere a él como Batman.

Juntos, se sumergen en las pantallas de los videojuegos, una pasión que comparten. De hecho, el Día del Niño, Garro le trajo una consola que le donó uno de sus clientes. Cuando una enfermera vio el obsequio, le preguntó si luego podía prestársela a otro paciente. “No, es que ese otro niño es libre; en cambio yo me tengo que quedar aquí”, respondió Willy.

Batman convence al niño del antifaz de que sí tiene un superpoder: la supervalentía. El rato se hace corto, pero le hace prometer que va a estar bien, que va a ser fuerte en su próxima cirugía. Lo convence de que mantener la mente enfocada en lo que se quiere es la clave para convertirse en un verdadero superhéroe.

Saben que volverán a verse pronto, porque cuando la Batiseñal iluminababa el cielo, Ciudad Gótica mantenía viva la esperanza en su héroe; pero en la vida real, cuando la batimoto se parquea frente al hospital y el enmascarado camina a través de sus puertas a la búsqueda de Robin, prevalece la fe en la humanidad.

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Gloriana Corrales

gloriana.corrales@nacion.com

Periodista de Revista Dominical

Periodista en la Revista Dominical de La Nación. Es graduada de Ciencias de la Comunicación Colectiva con énfasis en Periodismo de la UCR. 

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