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Especial 70 años de deportes: Los Ángeles 84’ enseñó que sí se puede

Actualizado el 23 de septiembre de 2017 a las 10:00 pm

La Nacional llegó ya eliminada a uno de los triunfos más icónicos en la historia. Tras dos derrotas y siete goles en contra, ¿quién habría creído que se le podía ganar a Italia?

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El potente remate de Enrique Rivers venció al portero Wálter Zenga. En la acción se observa al delantero nacional Evaristo Coronado. El juego se realizó en el Rose Bowl, en Pasadena.

Se enciende el pebetero de los Juegos Olímpicos Los Ángeles 1984 en el Coliseo. Los jugadores de la Selección Nacional tenían el pecho inflado. Era una vitrina enorme. Ni por la mente les pasó la clase de triunfo que conseguirían.

Esas justas llegaron a demostrar que se puede aspirar a más, que aunque el escenario asuste e intimide puede salir a relucir el pundonor costarricense.

Luego de fracasar en los juegos de Moscú 80 y en la eliminatoria de España 82, esta competición se volvió inmortal y tiene un lugar distinguido en la historia.

La Tricolor cayó goleada 0-3 ante Estados Unidos en el debut. Posteriormente, sufrió una goleada 4-1 contra Egipto. Ya sin opciones de avanzar a la siguiente ronda solo quedaba evitar un ridículo frente a la poderosa e intimidante Italia, pero eso no sucedió. Todo lo contrario.

Debido a los dos juegos anteriores, el ambiente con la afición y prensa no era el mejor. Los medios de comunicación eran críticos y La Nación no fue la excepción.

Titulares como “Atraso en nuestro fútbol es la causa del fracaso” e “Incierto el futuro de la Selección” acapararon la sección deportiva de aquel entonces, en los días previos a la inesperada victoria.

“Contra todos los pronósticos y practicando un fútbol sin relación alguna con el resto de los anteriores encuentros, la Selección Nacional venció anoche a la de Italia 1-0”, reseñaría la crónica de la victoria en el tercer partido, 1 a 0, ante Italia.

El periodista Manuel Fernández Cuesta, enviado de La Nación, plasmó el cambio rotundo.

“El esfuerzo en conjunto del equipo nacional realizado ante los europeos, equipo muy superior técnicamente al nuestro, es digno de reconocer, puesto que no se puede destacar un solo jugador sino a todos”, escribió Fernández en el diario del viernes 3 de agosto de 1984.

Rivers, ante la barrida de Antonio Sábato. Tras el juego, el tico le pidió intercambiar camisetas y el 10 italiano se negó.

El protagonista

Enrique Rivers, gran figura de ese encuentro, recuerda hoy anécdotas detrás del triunfo histórico de 1-0.

Confiesa que a la Sele le hacían mofa en la previa, por la cantidad de goles que los europeos les iban a encajar, pues eran coleros del grupo D, sin puntos y con siete tantos en contra y solo uno concretado. Dicho sea de paso, Evaristo Coronado fue quien lo concretó ante Egipto.

Rivers reveló que antes de ese crucial partido por fin llegó la ropa deportiva que debían usar desde el primer compromiso, pero no tenía el escudo, por lo que no la pudieron utilizar. Solo quedó para el recuerdo.

Ese 2 de agosto de 1984 aún está en la retina de Rivers ¿y cómo no?

Dice haber marcado el gol más importante de su carrera deportiva.

Una acción al minuto 33 desató la euforia en el vestuario patrio y en toda la afición. Es que no era para menos. Era la poderosa Italia la que estaba tendida.

Rivers realizó una jugada de pared con Carlos Toppings, se fue al frente, intentó enviar un centro rastrero a Evaristo Coronado, pero se interpuso el defensor Pietro Vierchowood. En ese momento aprovechó el rebote para empalmar el balón de manera potente de pierna derecha. El resultado final: todo un frenesí.

Rivers cuenta que no iba a celebrar el gol, pues pensó: “Ahora sí se van a enojar estos italianos”, pero al ver a sus compañeros correr hacía él se le desbordó la alegría.

También externó que al finalizar el partido quiso intercambiar la camiseta con el jugador Antonio Sábato, el 10 de Italia y del Inter de Milán, pero el jugador se negó.

“Ante su negativa, me dirigí al camerino y el técnico Enzo Bearzot me agarró del brazo y me llevó al vestuario de ellos. Llamó a Sábato, lo puso al frente mío y le pegó una fuerte regañada”.

“ Me dio pena ajena. Quise salirme del camerino, cuando Enzo vio de reojo que me estaba retirando del vestuario, les dijo hasta de lo que se iban a morir. Lo único que medio entendí es que se trataba de humildad”, rememoró Rivers entre risas.

El exjugador dijo que, acto seguido, Sabato se quitó su camiseta, le dio un apretón de manos y la intercambió con él: “Yo le entregué la mía, quién sabe qué la hizo”.

Más de 33 años después, la estrella de esa icónica victoria asegura que esa camiseta se quedó en Los Ángeles, durante una visita a un amigo un año después del juego.

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Daniel Jiménez

daniel.jimenez@nacion.com

Periodista de Deportes

Periodista en la sección de Deportes de La Nación. Bachiller en Periodismo en la Universidad Latina. Escribe sobre el Deportivo Saprissa.

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