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Escuchar música como un ritual

Los vinilos: el arte de tocar la música

Actualizado el 24 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

¿Por qué coleccionarlos? Aficionados al acetato tienen razones de sobra para disfrutar más la música en ese formato que en cualquier otro

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Aramis Faellón posa junto a su inmensa colección de discos de vinilo: la gran mayoría de ellos de artistas de la época dorada del rock. En su casa, él tiene afiches y fotos de sus grupos favoritos. (Luis Navarro)

Entre la revolución digital, los discos compactos, los conciertos en video y la catarata de opciones que ofrece la industria musical para disfrutar de discos y canciones, un viejo amigo no ha claudicado.

El vinilo, también conocido como acetato, es el formato más longevo para escuchar música, y millones de aficionados alrededor del mundo lo defienden como el ideal para disfrutar de notas y melodías, por las tantísimas diferencias que guarda con todos los demás.

El vinilo comenzó su etapa de jubilación en la recta final de la década de los 80, desbancado por el sonido digital del disco compacto, que en ese momento era la gallina de los huevos de oro de las disqueras, quienes lo creían el medio que revolucionaría la música por siempre.

Los vinilos dejaron de vender tanto, o las disqueras dejaron de producirlos en masa, y con los años los CD fueron suplantados por el mp3, formato digital con el que la mayor porción de la humanidad simpatiza actualmente.

Pero los coleccionistas seguían ahí, contra todo pronóstico, escuchando tras sus doce pulgadas de felicidad, caminando por el mundo en busca de joyas difíciles de encontrar o de discos de artistas de los que jamás habían oído.

Ya sea por moda, melancolía o afinidad, está claro que los vinilos requieren mayor atención y cariño que cualquier otro formato, por lo que los coleccionistas se toman la labor muy en serio y dedican buen presupuesto a su caza.

Cual fetiche, los coleccionistas, aficionados y novatos compran regularmente sus discos en tiendas o en Internet, para luego despegarlos de sus envolturas, olerlos, colocarlos en el reproductor, poner la aguja y vivir el viejo arte de digerir un álbum de principio a fin.

Es común escuchar a los apegados al vinilo decir que su inclinación al formato parte, principalmente, de que es el ideal para disfrutar la música como se supone que fue hecha. Ponen en relieve la calidad analógica, lo rústico y lo natural de su transmisión.

Oficio. En Costa Rica existen decenas de coleccionistas, algunos con bodegas enteras llenas de vinilos. Uno de los más legendarios del país es Aramis Faellón, un caballero ya jubilado que trabajó la mayor parte de su vida en el Ministerio de Salud.

Desde que tenía 13 años, Aramis supo que su vicio serían los discos. En esos tiempos, un vinilo de larga duración costaba entre ¢20 y ¢30, y apenas le alcanzaba para llevarse a casa los que más le interesaban. “Yo no compraba ropa”, dice. “Traía lo de la música en la sangre”, agrega.

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Ahora, Aramis descuenta más de 3.000 vinilos de rock en su colección, y ninguno salió después de 1980, porque “ya no había nada para comprar”. Su colección es muy valuada por lo mismo: sus ediciones fueron las primeras en salir al mercado, y un disco así de los Beatles o de The Who puede venderse en unos cuantos miles de dólares.

Faellón es, y siempre ha sido, reconocido como una enciclopedia del rock : trabajó en varias discotecas poniendo música y ahora les envía discos a personas de todo el país que lo buscan para que les comparta obras difíciles de conseguir.

Otro coleccionista es Daniel Ortuño, tiene 28 años y cuenta con más de una década desde que empezó a congregar vinilos en estantes. Dice tener unos 1.000 discos y 500 sencillos de 45 pulgadas.

“En la casa de mis abuelos siempre hubo tornamesa y era entretenido ponerme a escuchar discos”, recuerda. “A los 16 años, un tío me regaló discos y un tocadiscos, y ahí empecé a interesarme más; un par de años después, empecé a buscar dónde comprar discos”, añade.

Él cuenta que ha escuchado todos sus vinilos y que periódicamente los pone a dar vueltas en su reproductor. “Me gusta mucho la música y descubrir grupos nuevos que, aunque sean viejos para mí, me llaman la atención. A veces son cosas que no están en Internet”, dice.

Con 26 años, Marco Baltodano –otro aficionado– tiene más de cuatro años de haberle dado vida a su colección, y calcula que tiene unos 650 discos. “Yo siempre sigo comprando. Los acumulo y los ordeno, pero no los cuento”, alega.

A diferencia de Ortuño y Faellón, que tienen colecciones enfocadas principalmente en el rock , Baltodano ha armado un conjunto de vinilos que se especializa en música latina, reggae , trova, brasileña, jazz , clásica e infantil, además de narraciones de literatura o manuales militares nicaragüenses.

“Difícilmente los escucho todos. Por tiempo, y por la delicadeza que hay que tenerles, uno no los pone tanto. Hay algunos que he escuchado 20 o 30 veces. Según lo que me dicen coleccionistas más viejos, un disco tiene 100 reproducciones en su vida útil, pero también depende del cuidado y de la aguja”, dice.

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Los coleccionistas pueden recorrer decenas de filas de discos en busca de aquella gema que anduvieron rastreando por tanto tiempo.
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Los coleccionistas pueden recorrer decenas de filas de discos en busca de aquella gema que anduvieron rastreando por tanto tiempo. (Gesline Anrango)

Élite. Es común escuchar a los apegados al vinilo decir que su inclinación al formato parte, principalmente, de que es el ideal para disfrutar la música como se supone que fue hecha. Ponen en relieve la calidad analógica, lo rústico y lo natural de su transmisión.

“Técnicamente, un vinilo puede tener mayor rango de frecuencias de sonido, porque es un medio análogo”, dice al respecto Ortuño. “Pero en la práctica hay que hacer una inversión muy grande para notar la diferencia con el CD”, agrega.

La inversión requiere tener una muy buena tornamesa, con una aguja de igual calidad, un excelente equipo de amplificación y que los vinilos haya sido muy bien cuidados. “Si alguien compra un disco de Led Zeppelin de segunda mano y lo reproduce en cualquier tornamesa, no va a sonar mejor que en la computadora”, afirma Ortuño.

Aramis defiende el vinilo a toda costa: “Los CD suenan latosos, por el material del que están hechos, plástico. Los vinilos no. Los CD se rayan, se agujerean, hay hongos. Habrá algunos que suenen bien, pero nada como el long play ”, dice.

Baltodano se suma a la lista de defensores: “Digitalmente se pierde información de frecuencias y también hay ruido digital; el vinil tiene ruido de vinil, es como una fogata de fondo, no es muy molesto, pero en lo digital a veces sí le quita gracia la pérdida de calidad”.

“Con el vinilo se siente profundidad en el sonido, también por el hecho de que uno está viendo la aguja pasar por el disco y eso a nivel mental es más fácil de entenderlo. Si uno baja un disco no siente nada en la mano, es vacío”, comenta.

Para Baltodano, con cualquier formato que no sea vinilo “no se puede ver un disco, la aguja, el proceso de fricción cuando pasa por un disco; lo digital no es tangible; en cambio el vinilo tiene cierto atractivo sensorial más que la música”.

Rarezas. Una parte del atractivo del coleccionismo es la oportunidad de tener en las manos ediciones legendarias o discos exageradamente difíciles de conseguir.

Aramis Faellón es un nombre común para los coleccionistas porque es una de las pocas personas en el país que conservan ediciones originales de discos de los Beatles, los Rolling Stones, The Who, Rush, Yes y Jethro Tull, así como obras de radio pasadas a vinilo y discos de rock costarricense.

Marco Baltodano maneja muchos géneros, y entre sus discos más preciados se encuentra un documental en audio de Parmenio Medina sobre la Revolución sandinista, narraciones de Joaquín Gutiérrez, discos de música indígena costarricense y el primer disco de ska de la historia. “Me gusta coleccionar cosas raras”, dice.

Por su parte, a Daniel Ortuño le brillan los ojos con algunos hallazgos importantes que ha hecho, como el único disco de los Ghetto Brothers, una pandilla neoyorquina de los años 70, o álbumes de Los Gatos, Los Rufos y Los Pókers, clásicos del rock costarricense.

“Lo de coleccionar vinilos nunca ha desaparecido, pero este resurgimiento es una reacción a la desaparición de la música en formato físico”, comenta Ortuño. “Hay como cierta nostalgia o noción de pureza al escuchar música en vinilo. Es tuanis porque es gente que ve la música con otros ojos… con otros oídos, mejor dicho”, agrega.

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Alessandro Solís Lerici

alessandro.solis@nacion.com

Periodista de Entretenimiento y cultura

Periodista de la Revista Dominical de La Nación. Bachiller en Periodismo de la Universidad Latina de Costa Rica. Escribe sobre temas sociales, internacionales, generaciones jóvenes, crónicas, problemáticas culturales.

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