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Centro de Eventos Pedregal, en San Antonio de Belén

Life in Color: un viaje sensorial hacia una colorida cadencia

Actualizado el 09 de febrero de 2014 a las 12:00 am

Pintura y DJ El festival de música electrónica y colores fue una fiesta de grandes proporciones en la que todo mundo gozó

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Life in Color: un viaje sensorial hacia una colorida cadencia

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El Centro de Eventos Pedregal, en San Antonio de Belén, vibró durante la jornada del sábado. En parte fue por la potencia de las mezclas que DJ de distintas nacionalidades ofrecieron desde el entarimado, y en parte por la euforia de un público que quiso respirar la fiesta a todo color en el primer festival Life in Color que se realizó en Costa Rica.

Life in Color es una franquicia estadounidense que comenzó a ofrecer fiestas masivas bajo el concepto de unir la música electrónica con grandes reservas de pinturas de colores neón, las cuales empapan a una pequeña porción del público mediante disparos inofensivos desde mangueras colocadas en el escenario.

Festival Life in Color en Costa Rica (Roberto Acuña A.)

Calma, pueblo: las pinturas no son tóxicas ni manchan la ropa; el público gustoso se llena de una tinta pasajera.

Además de las mangueras que expulsan pinturas y los artistas que muestran ritmos como house y trance , el festival también ofrece espectáculos cuasi circenses, con acróbatas y malabaristas que –movimientos aerodinámicos mediante– inspiran a la audiencia a intentar mayor flexibilidad en sus cuerpos. Y son muchos los que lo logran.

La energía es una clave en este tipo de actividades, en las que termina siendo el público el responsable directo del balance cualitativo de la jornada.

Costa Rica, sin duda, cumplió: 10.000 personas se adueñaron de la explanada de Pedregal, generando un movimiento progresivo de pies, caderas y manos, condimentado con el consumo de bebidas etílicas y con la compañía de grandes grupos de amigos.

Acróbatas hicieron alarde de sus talentos cada vez que se acercaba el momento de lanzar pinturas. Fotografía: Pablo Montiel.
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Acróbatas hicieron alarde de sus talentos cada vez que se acercaba el momento de lanzar pinturas. Fotografía: Pablo Montiel.

Bifurcado. Había dos posibilidades para disfrutar del Life in Color desde la perspectiva del público. Los interesados podían comprar sus entradas al precio de ¢20.000, y adquirir sus bebidas y comida en el recinto.

La otra opción era comprar entrada con el concepto Jogo, una promotora de eventos que ofrecía cupos a ¢30.000, incluyendo transporte y barra libre de bebidas.

Los jóvenes que acudieron al festival vía Jogo tenían acceso a dos grandes toldos ubicados frente al escenario, y algunos de ellos ni siquiera tuvieron la necesidad de salir de ahí. Jogo apela a un público de clase media alta, principalmente universitario, que es quizá el que más disfrutó de la actividad.

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De hecho, estar en Life in Color con más de 25 años era un asunto extraordinario; la mayoría de los presentes oscilaban entre los 18 y 22 años.

Ambiente similar se vivió en el festival Holi One Costa Rica del 2013, que guarda pocas diferencias con Life in Color: las pinturas en el primero eran polvorientas y era el mismo público el que las lanzaba, mientras que en Life in Color la pintura era líquida e incluía acrobacias. Salvo eso, se podría decir que ambos festejos sensoriales son idénticos, y en ambos la presencia de Jogo es ineludible.

De todas formas, no importaba el tipo de entrada con el que usted ingresara al festival, dado que la diversión era la misma en casi todo tipo de personas: existía en el aire una sensación de que esta era una fiesta eterna, de que el mundo podría acabarse mañana y de que más vale no desperdiciar la vida en un estado de aburrimiento.

En Life in Color, todos se sentían infinitos, y fue esa cosmovisión el ingrediente principal de una fiesta que abrió el portillo a miles de recuerdos que serán eternos.

En tarima. El festival ofreció un espectáculo de primer mundo, basado en un sonido impecable, en el que cada golpe electrónico apuntaba al corazón de los presentes, que respondían con baile a la pegajosa música desde cualquier frente en el que se encontraran.

La primera presentación musical fue la de Ale Mora, un DJ costarricense radicado en Estados Unidos, quien recibió su mayor aclamación cuando izó y ondeó la bandera de Costa Rica con un ímpetu encomiable.

Mora fue el único costarricense que logró presentarse en el festival, a pesar de que había más ticos anunciados. Sucede que la organización canceló las demás propuestas locales por falta de tiempo.

Mora culminó su set dando a conocer H.A.M. , una canción que recién estrenó, en la que colabora con el dúo belga WolfPack, el cual tomó el escenario tras su presentación.

El primer lanzamiento de pinturas se efectuó a las 8 p. m., acabando con la expectativa que tenía una gran parte del público por quedar cubierto con pinturas neón.

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David Solano debutó en el país acto seguido. A partir de ese momento, aquello era un movimiento colectivo de trance , en una de las muestras de baile masivo más impresionantes que se hayan visto en el Centro de Eventos Pedregal.

Rebbeca & Fiona, provenientes de Suiza, fueron las encargadas de mantener al público enérgico, con la función extra de recibir cientos de piropos y chiflidos debido a su buen ver.

Después de ellas, Dimitri Vegas & Like Mike tenían la tarea de clausurar el espectáculo.

Al cierre de esta edición, el dúo suizo iba apenas en el medio de su presentación, pero el público mantenía viva la llama en la que se montó para disfrutar el sábado, que dicta que no importa el mañana si hoy tenemos la oportunidad de vivir espléndidamente.

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Alessandro Solís Lerici

alessandro.solis@nacion.com

Periodista de Entretenimiento y cultura

Periodista de la Revista Dominical de La Nación. Bachiller en Periodismo de la Universidad Latina de Costa Rica. Escribe sobre temas sociales, internacionales, generaciones jóvenes, crónicas, problemáticas culturales.

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