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Actividad realizada en Puntarenas del 20 al 24 de febrero

Festival Envision: el secreto mejor guardado de la costa

Actualizado el 25 de febrero de 2014 a las 12:00 am

Una multitud de extranjeros y una minoría de costarricenses respiraron arte, libertad y espiritualidad durante cuatro días, en Bahía Ballena.

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Festival Envision: el secreto mejor guardado de la costa

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La agenda del más reciente fin de semana estaba colmada de opciones: los Carnavales de Puntarenas, el concierto de Paul van Dyk, el Tope de Liberia, la presentación de Malpaís... En medio de todo eso, surgía una alternativa rimbombante: el festival Envision, en Uvita, Puntarenas.

El Envision es un experimento social que deja un saldo positivo: cientos de turistas arriban a Bahía Ballena y se mezclan con una minoría local, disfrutan de amplias opciones de arte y entretenimiento, y de una libertad inaudita que les permite hacer lo que les venga en gana, con la satisfactoria conclusión de que no existen altercados.

Promocionado como un festival de transformación al que los asistentes ingresan con una cosmovisión distinta a la que tienen cuando se van, la actividad vende una deontología ambiental y humanista que genera expectativas de comunidad y compasión, a la cual los asistentes deciden si responden de manera superficial o profunda.

En su mayoría, los extranjeros (principalmente europeos, suramericanos y estadounidenses) ven al Envision como una fiesta infinita, en la que nadie les va a decir nada por su forma de vestir, sus movimientos de baile y lo que sea que consuman para pasarla bomba.

Esta casa de tres pisos, hecha con bambú, fue una de las principales atracciones del festival. Fotografía: Eyleen Vargas.
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Esta casa de tres pisos, hecha con bambú, fue una de las principales atracciones del festival. Fotografía: Eyleen Vargas.

Los costarricenses que experimentan el festival por primera vez quedan perplejos ante el paraíso de espontaneidad que observan; rápidamente, se sumergen en el ambiente y descubren, cuales nómadas, un nuevo mundo al que pueden pertenecer sin mucho esfuerzo.

En la entrada del rancho La Merced (donde se celebró el festival), decenas de personas organizaban la entrada y el parqueo de asistentes, artistas y colaboradores, mientras dos camiones ganaderos facilitaban el ingreso y egreso de la finca en la que explotó la magia durante más de cuatro días.

Desde el jueves 20 y hasta tempranas horas del lunes 24 de febrero, decenas de cientos de peregrinos se apropiaron del gran terreno costero y forestal, refugio de un viaje corporal, mental y espiritual impulsado por la convivencia campal, las charlas y la música que se derrochaba desde los escenarios.

Además de los lugares para proyección artística (todos con diseños espeluznantes), el Envision incluyó casas de bambú de gran altitud, talleres, hamacas, murales para pintar y centros de juegos.

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Estos elementos, conjugados con los demás, presentaban al festival como un gran playground para adultos, un parque de diversiones confeccionado a punta de creatividad e ingenio humano.

Impresión. Mucho sucede simultáneamente en el festival. Recorrer el lugar durante una hora (a las 5 p. m. del viernes, por ejemplo) arroja un mundo de posibilidades.

En la playa, decenas de cantos y danzas colectivas despiden el Sol antes de que se esconda en el horizonte, mientras un estadounidense toca la trompeta desde una estructura de bambú frente al mar.

Un círculo de tambores lo secunda en la arena. En medio del panorama, una holandesa se maquilla y una austriaca se paraliza al observar a una gran telaraña y su dueña.

Sonámbulo se adueñó de la tarima Sol y de los corazones y cuerpos de los presentes. A la banda costarricense de música psicotropical la esperaban ansiosos cientos de turistas en el Envision. Fotografía: Eyleen Vargas.
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Sonámbulo se adueñó de la tarima Sol y de los corazones y cuerpos de los presentes. A la banda costarricense de música psicotropical la esperaban ansiosos cientos de turistas en el Envision. Fotografía: Eyleen Vargas.

Hay guiños de desnudez, y existe la necesidad de que los presentes se sacudan de todos sus prejuicios antes de ingresar al lugar.

En la finca, cuatro escenarios disponen de música desde la tarde y hasta que amanezca. La tarima Sol está dedicada a bandas locales e internacionales, mientras que Luna es el hogar de asombrosos espectáculos de música electrónica.

En Village Stage, artistas emergentes proyectan sus obras y se arman improvisaciones musicales, mientras que en la tarima Lotus se realizan fiestas electrónicas de menor magnitud que las de Luna.

Además, el festival cuenta con una hermosa galería artística y con diseños artísticos in situ , una amplia zona de comidas saludables, espacios para la improvisación, y salas para charlas y talleres.

Ondas. La noche del viernes, la banda costarricense Sonámbulo alzó polvo con temas como Agua, La maraca y Hermanos Smith, y el baile del público hacía ver a la masa como arena movediza.

A Sonámbulo lo esperaban varios turistas, que comentaban con emoción la expectativa que tenían del grupo en vivo. Al contar con tanto público internacional, el talento local aprovecha el festival cual ventana de exposición.

Bandas como Fuerza Dread, Passiflora, Cocofunka, Patterns y Florian Droids introdujeron a cientos de extraños en sus obras gracias al Envision, pues durante sus presentaciones muchos preguntaban por los nombres de los grupos mientras bailaban canciones que hasta ese momento desconocían.

De igual manera, la oferta musical extranjera causó excelente impresión. Nahko and Medicine for the People ofreció un concierto que más bien parecía una plegaria musical que llegaba hasta las entrañas, mientras que Papadosio puso las neuronas a flotar y los ojos a brillar con un set de casi dos horas.

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Otros presentes en la tarima Sol fueron Human Revolution, Rising Appalachia, Incus, Dogon Lights, Fungineers y Fire Groove.

The Polish Ambassador ofreció un show en la tarima Luna. Fotografía: Eyleen Vargas.
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The Polish Ambassador ofreció un show en la tarima Luna. Fotografía: Eyleen Vargas.

En Lotus reinó la electrónica del tipo glitch-hop (una música densa y lenta con texturas sucias, pesadas y envolventes), pero las propuestas de DJ locales como Mario Miranda, Melissa O y Javier Portilla le sentaron gloriosas al público.

En Luna, los DJ tocaron en una estructura con forma de pájaro, frente a miles de personas que se esforzaban en recordar los raves de los años 90 con sus movimientos. Allí tocaron artistas como The Polish Ambassador, Goosebumpz y Tipper (cabeza de cartel del festival).

Las energías parecían inagotables: las horas pasaban y la gente bailaba y bailaba, y no paraba de bailar. Caía una duda al ver las miradas perdidas de quienes nunca hacían contacto visual: ¿Era esta una conexión inclusiva entre seres humanos con la naturaleza y sus pares, o es tan solo una ceremonia de alienación compartida?

Se movían, cantaban, besaban, brillaban en sonrisas y caían de espaldas al césped; celebraban que estaban vivos, y eso es lo que importa. Cuando salía el Sol, antes de las 6 a. m., los brazos se izaban al cielo y la luz de un nuevo día brindaba un final apoteósico a cada jornada.

Eran miles de caritas felices flotando en el cosmos y tratando de comprender su existencia en el universo a través de ritmos, melodías y colores, hasta que los vacíos existenciales encontraban una contraparte: la realidad de que nunca está de más bailar, y bailar, y bailar.

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Alessandro Solís Lerici

alessandro.solis@nacion.com

Periodista de Entretenimiento y cultura

Periodista de la Revista Dominical de La Nación. Bachiller en Periodismo de la Universidad Latina de Costa Rica. Escribe sobre temas sociales, internacionales, generaciones jóvenes, crónicas, problemáticas culturales.

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