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Centenario de la muerte de Rubén Darío

En busca del cerebro perdido de Rubén Darío

Actualizado el 07 de febrero de 2016 a las 12:00 am

En un intento por estudiar la genialidad del poeta nicaragüense Rubén Darío, un grupo de eminencias médicas “secuestró”su cerebro tras su muerte. Lo que siguió fue una historia rocambolesca digna de una novela llena de trifulcas y horrores.

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La tumba de Darío, en Nicaragua. (Archivo.)

El 6 de febrero de 1916, a eso de las 10:16 de la noche, el joven residente de medicina Salvador Pérez Grijalba escuchó desde su casa el tañido fúnebre de las campanas de la Catedral de su León natal.

Salvador, quien muchos años después aceptaría ser mi padrino de confirmación, dominó los repentinos nervios y se dispuso a entrar, sin tener conciencia clara de ello, en la rocambolesca historia del cerebro de Rubén Darío, el más célebre poeta de su tiempo y de muchos tiempos más.

Conocí a mi padrino cuando él cifraba los 50 años. Era moreno, pulcro, bajito y regordete. Como metáfora de su prosperidad profesional y social, se había puesto un juego completo de dientes de oro puro que refulgían al sol de Filadelfia, Guanacaste, donde por razones que aún desconozco, vivió varios años prestando servicios médicos a la comunidad. En San José trabó amistad con el doctor Jorge Montes de Oca G., fundador de una clínica en la que usaba la técnica de fiebre artificial para atender pacientes de sífilis.

Ávido por saber lo que acontecía en el mundo, mi padrino estaba suscrito a Visión, una revista noticiosa, cuyos ejemplares me enviaba después para reforzar mi incipiente capacidad de lectura. Pienso que así nació mi pasión por el periodismo.

Cuando nos veíamos me recitaba Los motivos del lobo y me pedía que memorizara ese y otros poemas de su genial compatriota. Siento que así nació mi amor por la poesía.

RUMBO A LA HISTORIA

Ahora el aprovechado estudiante se dirige hacia la casa mortuoria (funeraria) donde asistirá al doctor Luis H. Debayle, apodado El Sabio, y a su colega Escolapio Lara, mentores suyos en la Facultad de Medicina de la Universidad de León.

Pérez Grijalba ha seguido de muy cerca la gravedad y la agonía de Darío y se apresta con ellos a hacer la autopsia y embalsamamiento del bardo rey. Debayle y Lara eran como uña y carne y se habían empeñado en renovar la medicina nicaragüense, inspirados en la experiencia científica francesa. Salvador estaba al tanto de sus preocupaciones y los admiraba como modelos para su futuro profesional.

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Darío (1867-1916) y Debayle (1865-1938) se conocían desde la infancia. Fueron condiscípulos en un centro educativo jesuita y se escriben o frecuentan a través de los años. Darío acepta a regañadientes ponerse en manos de su amigo entrañable en un último e inútil intento por parar el profundo deterioro de su salud debido al alcoholismo.

En ese momento tenía apenas 49 años pero, igual que su padre, había bebido como cosaco desde su juventud. Whisky, champán, vino, guaro, ajenjo, lo que se pusiera por delante. Sin embargo, su vasta e influyente obra literaria y periodística no se vieron afectadas por su adicción.

TÉCNICAS Y DIAGNÓSTICOS

Mientras camina, mi padrino va repasando mentalmente las técnicas de embalsamamiento y autopsia que aprendió con el Dr. Lara y que aplicarán al poeta. Igualmente está preparado para intervenir en la extracción de su cerebro si, como todo parece indicar, Debayle se decide finalmente a hacerlo.

Rubén Darío

Tiene además curiosidad por participar en la autopsia para saber a ciencia cierta cuál fue finalmente la causa del fallecimiento. Recuerda que en Guatemala le detectaron erróneamente tuberculosis pulmonar antes de que su esposa forzada, Rosario Murillo, lo alojara en Managua en la casa de su hermano, el general de pacotilla Andrés Murillo, quien había obligado al poeta a punta de pistola y whisky a casarse con ella en 1893.

Debayle le hace al poeta una exploración minuciosa, como era su estilo.

Salvador recuerda el fallido diagnóstico de Debayle, según el cual los padecimientos de Darío se debían más bien a un absceso hepático.

Para tratarlo, ya en León, Debayle lo había sometido a punciones, le extrajo del estómago 14 litros de líquido sin resultado positivo y decidió, contra la opinión de otros médicos allí presentes, que el hígado tenía pus y había que sacar ese humor de los tejidos inflamados.

Por dos veces, El Sabio Debayle había hundido un trócar (punzón de tres aristas provisto de una cánula) en el vientre del paciente y tirado del émbolo pero no salió pus.

Darío se desmayó y quedó en peor estado del que ya estaba, acelerando el viaje hacia el fin de su atormentada existencia.

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En este punto, se supo después que Darío, quien tenía horror de la muerte y se interesaba en el ocultismo, tuvo destellos visionarios, premoniciones macabras de lo que le esperaba.

“He visto mi cuerpo destrozado y se disputaban mis vísceras”, les comenta, casi agónico, a unas damas que ayudan a atenderlo.

Rubén Darío cuando era embajador en España.

MANOS A LA OBRA

Llegado que fue a la funeraria, Pérez Grijalba preparó todos los utensilios y sustancias destinados al embalsamamiento y autopsia.

Después de inyectarle una solución para contener la putrefacción en los siguientes días, los médicos extrajeron las vísceras y en su lugar pusieron algodón impregnado con una mezcla de bálsamo del Perú, incienso y mirra. Eran las 5:30 de la madrugada del 7 de febrero cuando suturaron las heridas cutáneas y hubo distribución de vísceras.

Un riñón sería para la Universidad de León. Debayle pidió quedarse con el corazón. El resto fue sepultado posteriormente en el cementerio de Guadalupe. La masa blanquecina y dura del hígado confirmó que la causa de la penosa muerte de Darío era una cirrosis atrófica del hígado.

Eso es exactamente lo que dirá la partida de defunción No. 76 del registro civil de la Ciudad de León del año 1916, folio 116, donde se le describe como “el Rey de la Literatura Hispanoamericana, raro y eximio poeta Rubén Darío, de cuarentinueve años (sic) y veinte días”.

Rubén Darío

Descuartizados, los restos de Darío tendrían que soportar una prueba más: la extracción del cerebro y disputas por su propiedad, lo cual daría paso a persistentes leyendas urbanas, matizadas de proliferación de masas encefálicas pseudodarianas, venta del cerebro en el extranjero, ubicación debajo de la cama de su viuda o robado a esta, en poder de una descendiente suya del mismo nombre, o propiedad de los herederos de Debayle, y aberraciones varias en una saga alucinante.

A esas leyendas Pérez Grijalba trató de ponerles fin en 1962 con un opúsculo en el que se basan algunas partes de esta viñeta. Sin embargo, las leyendas siguen tan campantes.

ATAQUE AL CEREBRO

Veinticuatro horas después de haber entregado los despojos de Rubén a sus familiares para la vela, vestido de smoking, el cadáver, o lo que quedaba de él, fue devuelto a la funeraria.

Ahí lo esperaba el Dr. Debayle junto a su equipo para cumplir uno de sus sueños más preciados: estudiar el cerebro de Darío con el fin de saber si, siguiendo las ideas del italiano Lombroso, era equivalente al de Víctor Hugo, el torrencial escritor francés que ambos nicaragüenses habían admirado tanto, o quizás al de Stendhal, también escritor francés y presunto pariente de Debayle.

Repuesto de la extenuante trasnochada anterior y asistido por Escolapio Lara y Pérez Grijalba, Debayle comienza a extirpar el apetecido cerebro a las dos de la mañana del 8 de febrero.

Pérez Grijalba le extiende un trócar fino que introduce por la nariz y de un golpe suave y firme rompe el hueso etmoides, lo que le permite ingresar a la cavidad craneana e inyectarle una solución de picro-formol.

Con esto, Debayle buscaba endurecer el cerebro de Darío para que pudiera conservar su forma fuera de la cavidad.

Seguidamente, los médicos hacen incisiones en el cuero cabelludo de Darío, disecan, cortan el cráneo para levantar la bóveda y logran extraer delicadamente el cerebro, al filo de las cinco de la madrugada.

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Debayle, de acuerdo con Edelberto Torres en La dramática vida de Rubén Darío, sostiene extasiado en sus manos la monumental masa encefálica y exclama: “¡Aquí está el depósito sagrado!”.

Pérez Grijalba, en su poco conocido documento de 1962, narra así lo que ocurrió seguidamente:

“Momento solemne fue el contemplar el cerebro recién salido de la caja craneana, colocar el casquete y suturar, cuando vino lo inesperado: Andrés Murillo –el intruso- penetró furtivamente al recinto y con garra felina las (sic) clava en la noble y delicada víscera saliendo precipitadamente; corre tras él el Dr. Debayle con las manos enguantadas para rescatar la preciosa presa. Se entabla la lucha. ¡Qué horror! Ya en la calle se oyen las voces de varios vecinos y transeúntes sobresaliendo la de Debayle sonora y lapidaria: ¡suéltalo! ¡bárbaro!”.

En ese momento interviene un joven gendarme que les decomisa el cerebro y, según la versión de Pérez Grijalba, lo colocó en un azafate. El cerebro quedó en evidente mal estado a raíz de la trifulca.

“Bastaron diez minutos para deformarlo”, cuenta Pérez Grijalba, “ahora parecía una gorra de los cadetes de Saint-Cyr. Al romperse las ligaduras y desgarrar la masa y los vasos, todo el líquido se escapó. Debayle tenía el delantal manchado por la solución inyectada”. De acuerdo con el relato de Pérez Grijalba, el gendarme se lleva el cerebro a la Dirección de Policía donde estuvo más de dos horas (¡el cerebro preso!) mientras los actores del zafarrancho esperaban órdenes de Managua. Finalmente se lo entregan a Murillo, de quien la leyenda dice que ya lo había negociado con un comprador en Argentina, donde Darío era inmensamente popular.

Rubén Darío en su lecho de muerte. / Fotografía: WikiCommons

LA DANZA DE LOS CEREBROS

El día 8 por la tarde Debayle convoca a mi padrino a su casa y se encierran en la biblioteca. Su mentor está visiblemente “nervioso y emocionado”. Tiene una propuesta que hacerle pero le ruega que guarde discreción absoluta mientras Debayle esté con vida y le advierte que Andrés Murillo es capaz de todo.

“Debes actuar con rapidez”, le dice El Sabio. “Necesitamos un cerebro para hacer el cambio, no debemos permitir que el cerebro de Rubén nos lo arrebaten, es nuestro, de nuestra Universidad”.

Rubén Darío

Pérez Grijalba traga grueso, dice que sí y se comunica con el hospital San Vicente, donde le informan que una humilde costurera de unos 50 años de edad, proveniente de un lugar alejado, está a punto de morir.

En la mañana del 10 de febrero la costurera fallece de una hemorragia cerebral.

Al final de la tarde, Pérez Grijalba ingresa calladamente a la sala de disección del San Vicente y extirpa el cerebro de la mujer.

Debido al edema es un cerebro voluminoso, apropiado para el plan de cambiarlo por el de Darío. Adentrada la noche, se lo entrega a Debayle, quien lo confía al Dr. Escolapio Lara para que lo oculte en su clínica. Cómo, cuándo y dónde se produjo el cambalache de cerebros sigue siendo un misterio.

Dos días después, el 12 de febrero, Debayle se vuelve a encerrar con Pérez Grijalba en la biblioteca de su casa.

“Aquí te tengo esto, no preguntés nada, te he llamado para que tratemos de conservarlo cuando antes”, le dice Debayle refiriéndose a un cerebro, probablemente el de Darío, sin explicarle cómo lo había obtenido. “Está muy deteriorado”.

El Sabio y el practicante, sometido este a un intenso aprendizaje por las circunstancias, revisan el cerebro detenidamente. Pérez Grijalba toma profusas notas de las numerosas desgarraduras, destrucciones y pérdida de sustancia por la lucha entre Debayle y Murillo.

Encuentran también irregularidades en la forma externa y pérdida de volumen, que achacan al recipiente inadecuado en que lo habría puesto Murillo y la falta de líquido para conservarlo.

Posteriormente, el Dr. Lara trata de restaurarlo a su forma primitiva con una sustancia a base de cera y parafina pero no tiene éxito. El cerebro había perdido altura y efectivamente se parecía a una boina.

Es probable que en ese estado el cerebro de Darío no podía rendir la información precisa o mágica que Debayle buscaba. Entonces ordena que el reducido cerebro sea llevado a la alcoba de Monseñor Pereira y Castellón en el Seminario para ocultarlo momentáneamente.

Y MÁS CEREBROS

Las cosas no paran ahí. Después de los apoteósicos funerales, efectuados el 13 de febrero, el Dr. Lara convocó a Pérez Grijalba a una reunión y le dijo: “Necesitamos extraer otro cerebro, ayudame”.

Así lo hizo Pérez Grijalba cuando, poco después, a su atención llegó el cuerpo de un joven muerto en un accidente. El cerebro del joven, preparado con sumo cuidado, fue colocado en la Casa de Salud en un frasco de vidrio adornado con telas de colores llamativos, relata Pérez Grijalba, “mientras que el auténtico (sic) se dejó confundido entre las piezas del museo anatomopatológico de modo que no llamase la atención, pues el Dr. Debayle temía que se lo arrebataran”.

Pérez Grijalba subraya que, después de un tiempo, debido al mal aspecto del cerebro de Darío, Debayle consultó con Monseñor Pereira y Castellón, “quien ordenó sepultarlo calladamente en la tumba en Catedral”.

Añade Pérez Grijalba que el cerebro del joven anónimo permaneció en la Casa de Salud hasta que años después esta fue desmantelada. Unos peones lo encontraron y lo entregaron al alcalde de León, Manuel Icaza, quien a su vez lo entregó a la familia Debayle, cuyo patriarca ya había fallecido. Durante mucho tiempo creyeron que el cerebro del joven era el bueno y hasta se hacían veladas en las que se le exhibía.

Como único sobreviviente de aquellos días intranquilos de febrero de 1916, libre del silencio prometido pues el doctor Escolapio Lara también había pasado a mejor vida, Pérez Grijalba quiso poner la tapa a las especulaciones y que se supiera la verdad:

“El cerebro auténtico del Inmortal Panida nadie lo tiene. Está dónde debe estar, en la tumba bajo las arcadas de la Gran Basílica de la Muy Noble y Leal Ciudad de Santiago de León de los Caballeros”.

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