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Crítica de cine: Vuelve Thor

Actualizado el 04 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

Mundos oscuros El hombre del martillo

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Crítica de cine: Vuelve Thor

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Siguen los superhéroes engrosando pantallas de cine con películas, secuelas, precuelas y lo que sea. Con ellos, la mirada de la industria del cine está en las boleterías. Ellos nos dan entretenimiento fácil y –mientras tanto– consumimos nachos, palomitas, dulces y gaseosas.

Ahora nos llega la secuela titulada Thor: Un mundo oscuro (2013), dirigida por Alan Taylor, sujeto venido de la televisión, donde fue director de la serie Juego de tronos (2011), experiencia que parece haberle servido.

Esta nueva aventura del hombre del martillo endiosado, con el cual no hay mona que pegue tres brincos, nos dice al principio lo más “inteligente” del filme: antes de que la luz existiera, en el mundo dominaba la oscuridad. ¿Obvio, no?

No más ahí comienza lo que será hábitat predominante de la película. Todo es guerra, porque la guerra sirve para conseguir la paz, dice el padre de Thor. Esto me parece una frasecita bastante manoseada no solo en el cine, sino también en la realidad que nos toca vivir a la salida de una proyección.

Con el nombre de la paz, hoy se practica la guerra. Igual sucede en Thor: Un mundo oscuro . En el caso de la película son nueve reinos y solo un rey es justo. Se llama Odin, padre de Thor y del camaleónico Loki. Por eso Thor anda con su martillo solucionando “clavos” bélicos en novena militar: ¡nueve reinos!

La película juega con anacronismos muy forzados, sobre todo con el manejo del tiempo del relato. Así, el montaje hace maromas para mantener alguna coherencia mientras se estropea el mejor ritmo de la película. Es ritmo por momentos febril y empantanado por secuencias.

Los fans de superhéroes lo perdonan todo, no me cabe ninguna duda de ello; por eso, no les molesta que haya naves espaciales del todo futuristas mientras, igual, se combate con flechas y espadas. A veces, uno siente que se está ante un filme “péplum” de héroes grecorromanos; igual, semeja versión retro de cualquier guerra galáctica. Arroz con mango.

Como nota al margen: ¿qué será que esta industria del cine sustenta sus emociones en lo bélico, en guerras de nunca acabar? Ello podría hacerle creer al espectador menos crítico que la guerra es un estado natural de la condición humana. Ideológico el asunto.

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¿No les parece?

En ese mundo se mueve Thor; esta vez, tan lejos de la Tierra como en Londres. En ese tránsito, el relato lleva mochila cargada de incoherencias internas. Es una historia que va a marchas forzadas, sin importarle su propia lógica y que se sostiene –adrede– en la espectacularidad visual.

Dentro de eso marco, la banda sonora se pasa de bulliciosa; su núcleo argumental se estira y encoge, sin ton ni son; los diálogos carecen de contenido propio, como echar agua en un canasto; el diseño de personajes es débil ante una dirección artística más cuidada y sobresaliente; por último, las actuaciones resultan neutras.

La batalla final, en Londres, ya es repetitiva en este tipo de cine, pero está bien lograda.

Al final, entre los créditos, la película entremete dos secuencias distintas; aún así, en la sala donde yo estaba, prendieron las luces, entraron los muchachos del aseo de manera apresurada y el público se fue, salió antes. Ergo, la gente se pierde el final real de esta historia, Thor: Un mundo oscuro , reciclada y reciclable.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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