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‘Transformers’: Cine decadente

Actualizado el 07 de julio de 2014 a las 12:00 am

Transformers Cine decacente

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‘Transformers’: Cine decadente

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Batiburrillo. Suena bien esa palabra. Me gusta. No solo eso. Igual me resulta muy descriptiva para sintetizar lo que es la película Transformers: La era de la extinción (2014), dirigida por el explosivo Michael Bay. Batiburrillo: mezcla de cosas inconexas y que no vienen a propósito de nada.

De verdad que esta película, también conocida con el título de Transformers 4 , es un legítimo arroz con mango como expresión verbal de algo sin sentido, descabellado, ilógico, incongruente y demás adjetivos que ustedes quieran desempolvar o quieran desenfundar.

El guion de Transformers 4 , convertido en tremendo lío narrativo por sí solo, termina por llamar más a la confusión que al desarrollo coherente de un relato ficcional. Eso no es fantaciencia ni nada que se le parezca. Eso es un inaudito y paranoico juego visual y, además, un sádico bullicio para agredir los sentidos del espectador, donde el montaje (edición) tan solo atropella su propio ritmo.

No, no es la era de extinción de los Transformers (con más vidas que un gato), que no. Esta película es parte de la época de extinción del buen cine, donde el director Michael Bay lleva los logros tecnológicos al punto donde el sétimo arte reniega de su naturaleza. Así, Transformers 4 es cine espurio.

En esta ocasión ni siquiera tenemos la agradable presencia de Megan Fox. Ahora, el soporte femenino le corresponde a Nicola Peltz (como Tessa), quien no pasa de poner cara de “yo no fui” o de “yo no sé” con su actuación magra, seca, bobalicona e inexpresiva.

En cuanto al actor Mark Wahlberg (como Cade), quien encarna al héroe humano en lugar del acostumbrado Shia LaBeouf, les juro que actúa mejor cualquier bicho metálico de esos en cualquier estado que se muestre. Del actor Stanley Tucci, a quien uno admira, ni hablemos: da pena ajena.

La verdad, puedo o no hablarles del argumento. Este sucede cuatro años después del incidente de Chicago, cuando se supone que los Autobots y los Decepticons ya no están en la Tierra, como no están Inglaterra ni Italia en el Mundial.

Entonces, por razones cada vez más enredadas, de corte político, hay diseñadores humanos que buscan fabricar robots mucho más avanzados como instrumentos de poder. Sin embargo, ni esto se exprime con la trama.

Es cuando aparece el querido Optimus Prime y cuando aparecen bichos mecánicos de todo tipo y linaje, hasta en Hong Kong, donde los buenos y malos librarán una batalla más (el filme las tiene a montones: aburren). El enredijo narrativo es tal que pasa a ser confusión visual y escándalo sonoro.

No hay cuidado de nada: ni en el ritmo, ni en planos, ni en encuadres, ni en música (¡apáguenla, por favor!), ni en definición de personajes, ni en dirección actoral, ni en planteamiento de situaciones, ni en desarrollo de diálogos. Lo escénico es casi siempre gran cantidad de chunches transformada en chatarra.

Sin ninguna estructura conceptual, Transformers: La era de la extinción es cine de consumo instantáneo, película más larga de lo debido y más tonta que las gallinas de noche, donde uno sale como aturdido (peor en 3D), con el cerebro más golpeado que rodilla de zapatero. La verdad, es una de las peores películas que he visto en mi vida.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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