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Crítica de teatro: Sin agrado ni provecho

Actualizado el 13 de octubre de 2012 a las 12:00 am

Incredulidad. La obra no induce al espectador a creer en el argumento

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Crítica de teatro: Sin agrado ni provecho

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                         En la  pieza teatral Pentadrama, que se presenta en el teatro Vargas Calvo,  cuando despierta Inés (Moy Arburola), se presentan cambios en las vidas de los personajes. (En primer plano, Beatriz Rojas y Pablo Morales; al fondo, Leonardo Sandoval y Tania Álvarez).    Archivo.Coma.
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En la pieza teatral Pentadrama, que se presenta en el teatro Vargas Calvo, cuando despierta Inés (Moy Arburola), se presentan cambios en las vidas de los personajes. (En primer plano, Beatriz Rojas y Pablo Morales; al fondo, Leonardo Sandoval y Tania Álvarez). Archivo.Coma.

Con Pentadrama , pieza teatral de Claudia Barrionuevo y Wálter Fernández, estrenada a fines de setiembre en el teatro Vargas Calvo, en montaje de María Bonilla, los autores al parecer intentaron establecer una relación inherente entre la conducta personal de los cinco personajes involucrados en la trama, conducta presentada como deshonesta o censurable, y los delitos de corrupción política y económica que Costa Rica ha conocido en los últimos años.

No es impensable que la descomposición del cuerpo social de una nación sea consecuencia del cúmulo de los actos privados reprobables en que incurrimos los seres humanos, en uno u otro momento de nuestras vidas. Religión aparte, el mito bíblico del pecado original no apunta a otra cosa, y la dicotomía entre el individuo y la sociedad quizá sea solo aparente, porque ambos formarían una unidad inseparable.

De modo que no disputo o, al menos, estoy dispuesto a aceptar como hipótesis, lo que me ha parecido la premisa ética de la obra en el plano intelectual. Pero sí tengo objeciones a Pentadrama como experiencia teatral, debido a deficiencias dramatúrgicas y al tratamiento de las situaciones planteado por la dirección de Bonilla.

Credibilidad. El primer reto que deben superar aquellas obras escénicas que se proponen examinar problemas de la realidad cotidiana está en traspasar la barrera de la incredulidad inicial del público, es decir, situaciones y circunstancias deben inclinar a los espectadores a creerse el cuento.

Dicho de otro modo, para que la ilusión teatral funcione y la obra convenza, la verosimilitud y la probabilidad de los hechos son imprescindibles. A menudo, ese no es el caso en Pentadrama .

Por ejemplo (trataré de no revelar demasiado), al inicio, Inés (Moy Arburola) se encuentra en coma en la sala de cuidados intensivos de un hospital, por causa de un accidente automovilístico, atendida por Alma (Tania Álvarez), la enfermera, y Úrsula (Beatriz Rojas), psiquiatra y amiga de Inés.

Cuando vuelve en sí, después de un tiempo indefinido –más tarde nos enteramos de que fue prolongado–, Alma y Úrsula acceden a mantener secreto el despertar de la paciente por intimación de Enrique (Pablo Morales), marido de Inés. No quedó claro, pero, si no malentendí, ellas ocultaron el hecho, aunque tal cosa sería por completo imposible en un hospital.

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Tampoco concordó de manera verosímil con la descripción que se hizo del lugar y las circunstancias que el accidente haya podido ocurrir como se narró en la pieza.

En ambos casos, no se trataba de detalles sin importancia, eran cuestiones obligatorias para la coherencia del argumento.

Desarrollo. Contrario a lo que exige la dramaturgia persuasiva en este tipo de obra, hechos fundamentales para el desenvolvimiento de las situaciones no se revelaron de modo orgánico dentro de la trama, más bien fueron expuestos en monólogos apartados, a guisa de añadidos.

Asimismo, a falta de un problema central cuya solución amarrara los hilos sueltos del asunto, Pentadrama presentó varios conflictos difusos que, en el fondo, se reducían a instancias de infidelidad conyugal, un tema demasiado común y trillado para correlacionar como equivalente con la gravedad de los actos de corrupción política y económica a los que la obra alude.

Además, sentí los personajes acartonados y predecibles y el tono compungido de las actuaciones no les prestó suficiente vitalidad y médula, lo que redujo mi interés por la suerte que corren. Al final, Pentadrama presentó un desenlace sentimental y anodino, sin significación congruente con lo que había transcurrido hasta entonces.

Dirección y más. Como directora, María Bonilla no evitó o quizá propició momentos de comicidad involuntaria, fuera de lugar en una obra con ínfulas de seriedad, y se mostró complaciente u optó por pasar por alto las contradicciones e incoherencias notables en el argumento.

La ambientación se vio esquemática y las luces (Jody Steiger) y el vestuario (Ana María Barrionuevo) cumplieron con sus objetivos de alumbrar y vestir, sin desentonar, pero sin distinción. La música incidental (Luis Diego Solórzano) me sonó cursi.

Si el lector ha llegado hasta aquí, habrá entendido que no recomiendo Pentadrama , pieza teatral de Claudia Barrionuevo y Wálter Fernández, como entretenimiento agradable o provechoso.

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