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Crítica de cine: ‘Dos vidas’

Actualizado el 04 de agosto de 2014 a las 12:00 am

Filme valioso. Del amor y el engaño

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Crítica de cine: ‘Dos vidas’

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Tráiler de la película ‘Dos vidas’.

He aquí un filme de suspenso emotivo, con tensión abonada por el seguimiento de la huella hacia el pasado de sus distintos personajes. De ahí la importancia narrativa de sus retrospecciones o “flash-backs”. Se titula Dos vidas (2012) y viene dirigido a cuatro manos: las de Georg Maas y Judith Kaufmann.

Igual, tanto Maass como Kaufmann aparecen entre los guionistas, con la suma de los nombres de Christoph Tölle y Stale Stein Berg. El refrán dice que entre más cocineros, más rala sale la sopa, pero no creo que este sea el caso. Hay demasiada información histórica para exponer en este filme de apenas 97 minutos.

Como siempre, en su larga trayectoria histriónica, Liv Ullmann depara  actuación eximia en filme intenso entre el drama y el thriller psicológico bien valorado por la crítica.
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Como siempre, en su larga trayectoria histriónica, Liv Ullmann depara actuación eximia en filme intenso entre el drama y el thriller psicológico bien valorado por la crítica.

Como película, Dos vidas recoge uno de los tantos momentos dolorosos que les tocó vivir a distintos ciudadanos europeos luego del período traumático de la Segunda Guerra Mundial, asunto –en específico– llevado a la literatura por Hannelore Hippe: el del mesianismo racial alemán.

El tratamiento logrado por la película es el del llamado “thriller psicológico”: la acción se conjunta con la tirantez emocional de los personajes, esto es, con lo que ellos sienten de manera agónica, lo que al fin marca la fuerza dramática del relato. Así se llega pronto al drama: choque profundo entre lo que se desea (realidad subjetiva) y lo que en verdad sucede (realidad objetiva).

Un poco de historia. Para contextualizar la película, su trama sucede cuando la Alemania nazi dio lugar al programa Lebensborn, diseñado para mantener el dominio y pureza de la raza aria (los países escandinavos entraban como tal). Entonces, los hijos de soldados alemanes con escandinavos (noruegos, en el caso del filme) les eran quitados a las familias para ser llevados a centros de “germanización”.

A los niños y niñas se les cambiaban todos sus datos y después se daban en adopción a familias alemanas muy escogidas. Al terminar la guerra, a tales infantes se les llamó “hijos de la vergüenza”, porque era imposible recomponerles su pasado y devolverlos a sus familias originales.

En la etapa de la Guerra Fría, la República Democrática Alemana (Alemania Oriental) envió espías a otros países haciéndolos pasar por personas que venían de todo ese entramado. Muchas madres de otros países recibieron como hijos a sujetos que, en realidad, eran espías de la Stasi alemana.

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Vuelta al filme. Con esos datos, tenemos una película densa y tensa, que nos atrapa pronto y hace crecer en el espectador el suspenso vehemente muy bien manejado gracias a su buen ritmo, siempre creciente hacia un clímax con rigor dramático.

Aparte de la lograda caracterización de época, se debe señalar la intensidad actoral de su elenco, sobre todo el de sus actrices (madre e hija en la trama). Ellas son Juliane  Köhler, penetrante como la hija obligada a vivir la más injusta bipolaridad social. La otra es Liv Ullmann.

La señora Ullmann acierta con una composición magnífica de su personaje de madre, gran solidez, ¡qué bárbara!, todo su cuerpo, hasta el mínimo detalle, está al servicio de su enorme trabajo.

Hay que señalar la gran dirección fotográfica: de los primeros planos a las panorámicas. Pese a algunas flaquezas melodramáticas, se trata de un filme valioso que toda persona debe ver. Es estudio de lo inhumano en el espionaje político, donde la cicatriz vivencial es su contraparte. Cine recomendado.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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