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Crítica de cine: Más titanes…

Actualizado el 15 de julio de 2013 a las 12:00 am

Otro apocalipsis El mundo se acaba

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Crítica de cine: Más titanes…

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Monstruos. Las peleas entre bichos enormes en una película futurista más bien perecen arrancarse del imaginario prehistórico de luchas entre animales de gran tamaño. DISCINE PARA LA NACIÓN.

Calificación

Título original: Pacific Rim

Reino Unido, 2013

Género: Fantástico

Dirección: Guillermo del Toro

Elenco: Charlie Hunnam, Rinko Kikuchi, Idris Elba, Charlie Day, Ron Perlman

Duración: 131 minutos

Cines: CCM, Cine Magaly

Se dice que el director mexicano Guillermo del Toro, con su película Titanes del Pacífico (2013), ha querido hacer un homenaje a las viejas y muy queridas películas japonesas, a aquellas de monstruos gigantescos y destructores, donde todo sucede a gran escala.

Lo nuevo que hace Guillermo del Toro es cambiar las arcaicas maquetas, los muñecos mecánicos (monstruos) y a los actores envueltos en trajes de goma por toda la parafernalia tecnológica actual. Don Guillermo lo ha hecho sin medida ni indiferencia; así, el exceso es la nota dominante de su propuesta visual, en contra del relato: mucho que ver, poco en qué pensar.

En Titanes del Pacífico asistimos a la enésima invasión de extraterrestres que nos ofrece el actual cine de Hollywood; esta vez, han creado su base de operaciones en el mar. Desde ahí atacan y destruyen a los humanos, a la vez que se procrean y viven como abejas en panal. Son enormes.

Reciben el nombre de “kaijús” y el primero ataca en California. Por cierto, desde el cine japonés, supimos que “kaijú” significa monstruo. Precisamente, “kaijú eiga” es cine de monstruos, tan gustado en mi infancia, al igual que el cine mexicano con sus héroes no olvidados de la lucha libre.

Es imposible olvidar a Gojira (Godzilla), Mosura (Mothra) o a Ultramán (Uratoroman), entre tantos. Un poco de todos ellos son los extraterrestres que aparecen ahora en Titanes del Pacífico . Son tan grandes, que los humanos para defenderse han creado unos titanes mecánicos bien macucos, a los que llaman “jaegers”, palabra sugerida por el alemán: cazadores.

Los “jaegers” son manejados por una pareja humana desde adentro, cada uno, y estos humanos deben estar unidos neuronalmente. Así de compleja es la cuestión esta. Ya a los dos minutos del filme tenemos a “jaegers” y “kaijús” chocando entre sí y es lo que vemos durante toda la película [anuncian una segunda parte].

El cine es narración y representación, pero eso es lo que menos importa aquí. La película tiene un débil hilo como argumento para unificar sus peleas mastodónticas y las actuaciones pueden ser buenas o malas (son malas), pero esto no le importa al filme: estamos ante saturados efectos visuales con el golpeteo inclemente de una música incesante, cansada y aturdidora.

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La película es futurista, pero mantiene conceptos que, espero, hayan desaparecido para tal futuro, tales como el plano secundario de la mujer y la presencia de una supuesta voluntad de Dios, como se estila hoy. Ejemplo: en una escena, un personaje le dice a otro que cómo le va con una mujer (novia de otro), y este le contesta que a la mujer bien pero al novio mal, que él solo hace lo que todo hombre sabe hacer (¡tamaña perla machista!).

En la cinta los planos se apelotan, el encuadre desaparece, no hay diseño de personajes, las situaciones son idénticas peleas a cada rato, los decorados están del todo atiborrados con su neobarroquismo futurista, los diálogos no son valiosos (a la larga ni útiles) y hay holgura de medios técnicos, pero no talento. Su acción es convencional en lo violenta que se muestra.

Por supuesto que la película tiene guiños cinéfilos para entrampar a los críticos y a los fans del cine japonés mencionado. Se habla de “homenaje”, pero ¿por qué no hablar de plagio? En todo caso, sin pulso narrativo, lo que queda es un filme de puro cáscara que no me atrevo a recomendar.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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