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Crítica de cine: Wolverine Inmortal

Actualizado el 20 de agosto de 2013 a las 12:00 am

Dilemas de héroe. Wolverine afila garras

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Crítica de cine: Wolverine Inmortal

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Tráiler de la película Wolverine inmortal (2013)

No está mal la película Wolverine inmortal (2013), dirigida de manera irregular por James Mangold, quien prefiere dejar las mejores secuencias a los responsables del trucaje digital y a los garantes de las peleas coreografiadas, que para esto hay samuráis modernos.

En efecto, James Mangold no se mete a darle personalidad de autor a esta película, excepto al principio con dos buenas situaciones. Una es la condición de ermitaño del héroe (Guepardo, Lobezno, Wolverine, sea como sea que se llame según la tradición del cómic), quien sufre solito sus angustias y dilemas, las que pasan por sentimientos de culpa muy fuertes.

Wolverine siente que sus propias garras se le clavan en el cerebro y lo apretujan en su ánimo, por el recuerdo de Jean Grey, de quien fue su verdugo en película anterior, los “fans” lo saben mejor que cualquiera. Hay más. Sus zozobras se relacionan con su condición de ser “otro” frente al resto de los humanos y de ser inmortal.

 Adamantium  . Vuelve Hugh Jackman como Wolverine y se repite a sí mismo, lo que es de alguna manera bastante lógico, pero al filme le faltan garras, sin ser mala película.  Discine para La Nación
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Adamantium . Vuelve Hugh Jackman como Wolverine y se repite a sí mismo, lo que es de alguna manera bastante lógico, pero al filme le faltan garras, sin ser mala película. Discine para La Nación

El otro buen momento del filme es cuando se muestra el bombardeo sobre Nagasaki, cuando la humanidad fue humillada con la bomba atómica. El director Mangold logra darle emotividad a la película con esta secuencia en retrospectiva.

De ahí en adelante, el filme sale del lugar escénico común (Estados Unidos) para ubicarse en Japón; sin embargo, se empantana con un relato de acción harto frecuente y con un tratamiento también usual (poco creativo), excepto por una larga secuencia en el techo de un tren-bala realmente formidable (¡inolvidable!), no solo conceptualmente como cine de acción, sino también por sus resultados visuales.

De hecho, sobre esa secuencia del tren, mejor no informarse sobre cómo fue hecha y, así, vivir y vivir el engaño mágico que el cine logra producir en nosotros con imágenes de este alto calibre.

De lo que sigue hay poco que destacar. No obstante, por ahí se filtra el asunto de que la eternidad en una persona es también una condena. Este apunte se desaprovecha entre peleas y más peleas, donde las garras retráctiles de Wolverine, de adamantium, son el arma exacta para poner las cosas en orden.

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Está claro que esas garras son más valiosas que cualquier colmillo de elefante o cuerno de rinoceronte. Eso ha quedado demostrado desde que Wolverine apareció en un cómic, allá por 1974. Las garras son lo que mejor muestra el actor Hugh Jackman, lo que mejor actúa en él...; ¡ah, y también sus cejas, con las que frunce el ceño! Por lo demás, parece un actor aburrido con su papel: menos expresivo que la piedra de Aserrí.

En general, las actuaciones son malas, por lo que el filme pierde consistencia narrativa; la propia fotografía es vacua (sin creatividad visual), y la música de Marco Beltrami se dedica a estar ahí, sin aportar subrayados importantes a las imágenes.

Al final, si uno se queda hasta los créditos, tendremos “la sorpresa esperada”, estilo Marvel, para enlazar con la siguiente película de los X-Men, titulada Días de un futuro olvidado , señal de que estos héroes mutados se sostienen como franquicia de boleterías ante el agotamiento cinematográfico.

Como estrategia comercial, ahora este largometraje se nos llena de samuráis encapuchados de negro y hemos de lamentar, entonces, que Quentin Tarantino no sea el director.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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