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Crítica de la película "La jaula de oro" (2013)

Actualizado el 19 de mayo de 2014 a las 12:00 am

Dolor migrante Un viaje al Norte

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Crítica de la película "La jaula de oro" (2013)

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Migrantes que sueñan con salir de sus pobrezas, viajan en los techos de los trenes para llegar a Estados Unidos. Foto: Romaly/LN

No sabemos si el director español Diego Quemada-Díez, burgalés por más señas, nacido en 1969, se haya sorprendido ante los muchos premios ganados por su primera película titulada La jaula de oro (2013), o si, por lo contrario, los esperaba.

Director español, su película tiene nacionalidad mexicana y ha sido filmada casi toda en Guatemala con realismo lacerante, cercano al determinismo naturalista. Desde El Norte (1983), del director Gregory Nava, el tema de la migración de centroamericanos pobres a Estados Unidos no se veía con tanta solidaridad en cine.

El filme comienza con una afectiva secuencia: una jovencita, Sara, apenas adolescente, se corta su pelo largo y se aprieta sus pechos de señorita con un trapo para ocultar su condición de mujer.

Ella, con dos muchachitos de su edad, jóvenes de barrios menesterosos de Guatemala, viajará a Estados Unidos en busca de una mejor vida. En el camino, cuando van por territorio a través de México conocen a Chauk, quien es un indígena de la sierra de Chiapas que no habla castellano.

Con diálogos oportunos y los necesarios, La jaula de oro se permite narrar una aventura desventurada, donde la crudeza predomina y el dolor humano nos golpea en la cara. Lo hace fundamentalmente con el ojo acucioso de la cámara sobre los personajes y sobre el paisaje abrumador o cruel.

Sin duda, ello es mérito de esta película y, al hacerlo, lo hace muy bien. Esto se palpa, por ejemplo, cuando los oportunistas vulgares se aprovechan de las necesidades de los migrantes por razones espurias y los hunden en llagas sociales como la trata de mujeres, verbigracia.

La película no da tregua: nunca simplifica su argumento ni lo vuelve comercialmente más digerible. El director Quemada-Díez está muy consciente de que lo suyo no es crear simplezas (menos con un tema tan complejo): eso es falta de respeto para el público, como lo dijo alguna vez el director brasileño Glauber Rocha.

Por eso, Diego Quemada-Díez le pone tanta atención a la dirección de actores, para que estos logren sobrecogernos con sus personajes, por cierto muy bien diseñados. Igual le pone atención a “enormes detalles”, como esos vagones cargados en sus techos por hombres y mujeres, quienes sueñan con llegar al Norte para salir de sus miserias. Esta es película hecha para algo más importante que solo pasar el tiempo.

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Tampoco pretende el director ofendernos con su filme. El arte no ofende; aunque tal vez sí logre “rompernos” cierta virginidad ideológica sobre este tema de las migraciones humanas hacia Estados Unidos pasando por México. La jaula de oro , con su adeudo social, pretende sacarnos del inmovilismo político.

Lo bueno es que lo hace con calidad: buen planteo de situaciones, mejor desarrollo del relato, buena relación dialéctica entre personajes y actores, con una estética a favor del ser humano y en contra de la hipocresía política, esa, la de los discursos oficiales sobre el tema. Es cine más cuestionador que violento.

Es la primera película del mencionado joven director; ocasión para recordar una frase del semiólogo Christian Metz: “El cineasta nuevo no busca un tema de filme: es que tiene cosas que decir y las dice con un filme”; ojalá ustedes no se pierdan La jaula de oro .

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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