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Crítica de cine: Espejismo

Actualizado el 16 de noviembre de 2014 a las 12:00 am

“El otro yo” Filme pausado

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Crítica de cine: Espejismo

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Se dice que el surrealismo está agotado para el cine; sin embargo, vale aún como recurso para narrar historias que tienen su propia subtrama de manera parasitaria, donde esta se manifiesta como un proceso inconsciente.

A lo surreal echa mano el joven director costarricense José Miguel González para sacar la trama de su película Espejismo (2014), donde un joven pintor debe enfrentarse a su pasado, que le llega desde las sombras de la infancia y desde las cavernas del dolor, sin que haya nada platónico en ello.

En un momento de su sufrimiento, más que de su vida, Daniel (así se llama el joven) se ve contrastado por una especie de “otro yo”, quien viene a espolear y exprimir su lado subconsciente, almacén de la llamada inconsciencia.

Varios sucesos establecen las coordenadas del proceso mental de Daniel: su infancia traumatizada por la muerte de sus padres, la enfermedad y muerte de la abuela amada que lo cuidó de niño, su propio crecimiento físico más que emocional y las presencias activas de sus amigos Andrés y Liz.

Dentro del ámbito de emociones como el dolor, la amistad, he aquí una película que se distingue por el sentido plástico de su fotografía junto al de la música.
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Dentro del ámbito de emociones como el dolor, la amistad, he aquí una película que se distingue por el sentido plástico de su fotografía junto al de la música.

Sin adelantar más acontecimientos de la trama, este filme tenía o tiene las condiciones para adentrarse en el drama psicológico; empero, por la razón que sea, ha caído donde no debía: en los pantanos del melodrama, fórmula evocadora de los sentimientos, donde se pierde la tragedia interior de los personajes.

Así, esto le acaece a Espejismo : pierde densidad vitamínica y sentido de lo “interior trágico” conforme transcurre, y le sucede desde muy temprano de su metraje. Poco a poco y no tan poco a poco, lo folletinesco se apodera de los acontecimientos narrados y el filme se acerca a un relato telenovelero.

Le sucede con su fábula e igual se acrecienta con sus actuaciones deficitarias, por inexpresivas y falsamente trágicas, donde el actor principal Abelardo Vladich debió haber sido cambiado a las primeras de tanteo. ¡Qué mal, qué mal!

Por ahí anda el asunto histriónico, con descuido total del director o mal manejo, vaya usted a saberlo.

Si el filme logra sostenerse con su ánimo es gracias a dos elementos realmente salvadores: la buena fotografía de Luis Salas, quien sí entendió bien el caminar de la procesión, y la articulada música de Edín Salas (lo mejor).

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El final feliz está metido con calzador o sacado con fórceps: para el caso sirven las dos imágenes, porque hay momentos donde el guion se pierde en sus propios dédalos y se alarga con sobrado ritmo solemne. Es posible que, por eso mismo, el tono del filme resulte hueco al perder el cálculo de los tiempos.

Interesante: pese a las malas actuaciones, en Espejismo hay fortuna conceptual en el manejo de los primeros planos: casi nunca son gratuitos y corresponden bien a las condiciones psicológicas o dramáticas del filme.

Por último, la película no entra a divagar entre lo consciente y lo inconsciente. Habría sido interesante, aunque no le es obligatorio. Plantea lo suyo, y listo, como el propio Freud cuando escribió: “Es innecesario discutir a qué llamamos conciencia”. Total, el filme ya había dado lo mejor de sí con resultados medianos o anodinos.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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