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Crítica de cine: ‘Capitán Phillips’

Actualizado el 24 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

Nuevos piratas Se pasa de metraje

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Crítica de cine: ‘Capitán Phillips’

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Si algo tiene la película Capitán Phillips (2013) es nervio para su metraje de más de dos horas, esto gracias a la habilidad de su director inglés Paul Greengrass para narrar con imágenes y con ese juego libre que lo caracteriza, donde la ficción semeja lo real y lo real deviene ficción.

Dicho realizador, nacido en 1955, es punto alto con el estilo del nuevo cine de acción a lo Hollywood, de donde salen películas en serie, porque Greengrass consigue darle a cada uno de sus filmes un interesante sello de autoría; por eso, logra propuestas valiosas e interesantes por encima de lo común.

Eso se demuestra no solo con sus dos películas sobre la saga Bourne; sino, ante todo, con ese veraz y excelente filme suyo que es La ciudad de las tormentas (2010), por su dinámica formulación con el manejo de cámaras (esto lo repite ahora en Capitán Phillips ) y por su contenido: las mentiras tejidas por el gobierno de Estados Unidos para luego invadir Iraq.

Con Capitán Phillips, narra la historia real de Richard Phillips, capitán del carguero norteamericano Maersk Alabama, que fue asaltado en el 2009 por piratas somalíes. Esto se narra con gran tensión y con la firmeza propia de un buen thriller , sobre todo en su primera mitad (la presencia de los piratas al ataque).

Luego de específicas secuencias de suspenso a bordo del barco y de las contradicciones planteadas entre los marineros del Alabama, Richard Phillips fue tomado como rehén, metido en un bote salvavidas cerrado (no es la lancha tradicional) y obligado a pasar ahí días realmente difíciles.

La otra mitad de la película nos muestra la liberación de dicho capitán por parte de fuerzas militares de Estados Unidos, con mucho más poderío que el de los piratas. Esta parte está filmada –casi toda– a mar abierto, lo que acrecienta los méritos formales para darnos un bien logrado espectáculo visual, un adecuado suspenso y una gran emoción (muy buen montaje, sin duda).

La película no tiene concesiones lacrimógenas, aunque pasa por momentos de calidez anímica de los personajes en medio de la dureza de los acontecimientos. Aquí, los hechos van al borde mismo de lo más emocionante. Sin embargo, el filme no desdeña algunas oportunidades para hacer apuntes sociológicos.

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Sin justificar el método de la piratería, entendemos que los trabajadores pesqueros de Somalia se ven obligados a cambiar su labor ante el empuje inescrupuloso de las grandes compañías, porque les arrebatan terrenos de mar para la pesca. Luego aparecen mafias que los organizan para convertirlos en piratas, a los que les toca el trabajo duro por poca paga.

Eso lo dice el guion con diálogos y Paul Greengrass resulta brillante para mostrar la condición social y marginal de los somalíes. Lo hace con acertados retratos de ellos en distintos momentos de la película. La desesperación de los piratas ante el poderío militar de los barcos estadounidenses es más que elocuente.

Todas las virtudes visuales y las del discreto contenido (audaz, eso sí) habría sido vanas si el personaje del capitán Phillips, omnipresente durante el metraje, no hubiese tenido un buen actor para tan buen diseño.

Por dicha, Tom Hanks vuelve a la altura de sus mejores momentos histriónicos (esta vez, memorable en el epílogo) para darle cuerpo escénico y sustento a esta propuesta de Greengrass.

Así, con valiosos paralelismos y oposiciones entre un primer mundo opulento y otro empobrecido, mostrados en el mar, tenemos un filme no solo bueno, sino igualmente emocionante que, con menos duración, habría sido mejor. Queda recomendado.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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