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Crítica de cine: Blancanieves

Actualizado el 22 de octubre de 2013 a las 12:00 am

Real y surreal Otra cara del cuento

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Se dice que la película española Blancanieves (2012), dirigida por Pablo Berger, se comenzó a filmar antes de la francesa El artista (2011), semejante en estilo o trato de la historia. Sin embargo, se estrenó después.

‘Blancanieves’ y su especial tropa de enanos se van a practicar el toreo a sus maneras en película que también narra a su manera. Foto: Cortesía de Romaly
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‘Blancanieves’ y su especial tropa de enanos se van a practicar el toreo a sus maneras en película que también narra a su manera. Foto: Cortesía de Romaly

No quita. Igual estamos ante una película capaz de seducir a quien la vea y a la cual se le reconoce su valor para narrar el cuento célebre de los hermanos Grimm con libertad y criterio, tanto con su contenido como en su expresión cinematográfica.

El director bilbaíno Pablo Berger (nacido en 1963) ya había dado muestras de buen arte cinematográfico con su anterior película titulada Torremolinos 73 (2003). Ha tardado nueve años para darnos su segunda película y sorprendernos otra vez, ahora con este juego de pasiones que es Blancanieves .

La película se narra a sí misma en blanco y negro, de manera silente y con ocasionales cartelitos para conceptualizar mejor algún diálogo o para resaltar algún estado emocional. En realidad, el hilo conductor de la trama es la música, ejercicio entre jazz , tango, flamenco y pasodobles (aunque hay momentos en que es necesario cerrar los oídos, para no sentir el exceso).

Los elementos sígnicos del cuento se manifiestan en distintas secuencias; pero, Pablo Berger (también guionista) no se limita al realismo tradicional, sino que igual recurre a elementos surreales y oníricos que, con constancia, nos hacen recordar el arte del gran cineasta español Luis Buñuel.

Gracias a esa influencia, Blancanieves logra adentrarse en los laberintos del enigma al enfatizar el tono de ciertas reacciones humanas, sobre todo las del personaje femenino ante su pasado, ante su madrastra y ante lo que le significa simbólico (el gallo Pepe, la tauromaquia, el baile flamenco y el amor por el padre que la abandonó).

Con el tratamiento visual escogido por Berger, no hay duda que su énfasis narrativo se nutre a partir del diseño de personajes (excelente) y, por tanto, de las caracterizaciones que de ellos logran los actores y, sobre todo, las actrices.

En ese plano, como alegoría o simple retrato de los humanos instintos destructores (su tánatos), Maribel Verdú está muy a la altura de su encomiable carrera histriónica. Su actuación es formidable. Igual podríamos hablar de Sofía Oria, quien encarna la tragedia de una niña inocente ante aquello que la apabulla.

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Sucede a tal punto que, con el crecimiento de Carmen o Blancanieves, y la aparición de la actriz Macarena García, el filme pierde intensidad o fuerza dramática. Amén de que el relato se diluye con la tropa de enanos que acompaña a la joven Blancanieves desde su anonimato hasta la fama. Punto débil.

En todo caso, el filme Blancanieves no debe ser pasado por alto por nadie, menos por quienes aman el buen cine o el cine fuera de las fórmulas tradicionales. Es película de gramática importante con sus bien alentados movimientos de cámara (tan cuidadosos que los aplaudiría el propio Stanley Kubrick). Vayan, esta película expresionista no puede ni debe ser ignorada.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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