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Crítica acerca de ‘La reina infiel’: Amor furtivo

Actualizado el 10 de julio de 2013 a las 12:00 am

Drama histórico El rey está loco

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Crítica acerca de ‘La reina infiel’: Amor furtivo

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Reparto. Mads Mikkelsen, Mikkel Boe Følsgaard y Alicia Vikander Cine Magaly para La Nación.

Con el ingrato y machista título de La reina infiel (2012), el Festival de Cine Europeo, que transcurre en el cine Magaly, se pone una flor en el ojal. Es esta una película danesa dirigida con mesura y talento por Nicolaj Arcel, seguidor del grupo Dogma. Se trata de un drama histórico, aunque su guión se basa en la novela escrita por Bodil Steensen- Leth.

El filme se expresa desde un triángulo amoroso y logra un estudio sutil de la Dinamarca del siglo dieciocho, con un feudalismo explotador y clerical que se resistía a desaparecer ante el empuje de las ideas de la Ilustración y de las fuerzas productivas de entonces. Todos los acontecimientos se retratan desde los laberintos emocionales de la monarquía en sus castillos.

La historia la conocemos por medio de la retrospección narrativa de la reina Carolina Matilde, joven de origen inglés, quien repasa los sucesos que son el núcleo narrativo del filme, desde su matrimonio arreglado con el bipolar y ciclotímico rey Cristian VII de Dinamarca.

Cuando a la corte llega el doctor Struensee, como médico personal del rey, las ideas progresistas de entonces y el pensamiento de Voltaire o de Rousseau, entre otros, prenden en el país escandinavo. También prende el amor socialmente prohibido entre la inteligente reina y el médico revolucionario.

Con elegancia escénica y con interioridad sentida, el filme examina muy bien, paso a paso, las causas y consecuencias de los distintos sucesos históricos, donde el amor se mezcla con la política y las ideas sociales con las palabras dichas en el escondrijo de una alcoba.

Para ser más exactos, los conceptos del filme emanan de un viejo estilo literario, el del “subjetivismo romántico, aquel que toma el drama de unos personajes (tres, en este caso) para reproducir el estado de una nación y analizar los hechos que la manifiestan. Así, se toma el dato y es trabajado entre la ficción y la historia (el gran antecedente literario es, sin duda, Walter Scott).

La reina infiel, el filme, ausculta en las contradicciones de la época, en el castillo real de Cristian VII, quien era capaz de nombrar a su perro como miembro honorario del Consejo de Estado hasta de humillar públicamente a su esposa reina. Struensee será el vendaval que agite nuevas ideas: eliminar la censura, incentivar el pensamiento libre, combatir la corrupción, abolir privilegios de la nobleza y el clero, extender medidas de salud a todos los habitantes y estimular las ideas ilustradas de la época.

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El filme se muestra correctamente académico, pero es intenso con las expresiones del amor furtivo y habilidoso para mostrar tanto las locuras del rey como la corrupción social gobernante. A la hábil dirección artística se suma la prolijidad del relato (como estructura narrativa).

La música y la fotografía son agudas glosas del mundo narrado. Las actuaciones son estupendas; destaca Alicia Vikander como la reina cuya belleza física se conjuga con su inteligencia, con su sed de conocimiento y con su deseo de amar y de ser amada: su tragedia.

De manera brillante, Mikkel Boe Følsgaard logra involucrarnos con las confusiones mentales de su personaje el rey. Más parco, Mads Mikkelsen establece el contrapunto necesario como el médico víctima de las condiciones que él mismo ha creado en la corte danesa.

Lo mejor es la tensión del filme durante su desarrollo (el cómo narra su historia) y le sigue la pasión de sus elementos cinematográficos (el entramado del relato), según el arte del cine de autor. Parece que la película se quedará en cartelera unos días más. Ojalá y así suceda.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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