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Crítica de cine: Cazadores de Sombras: Ciudad de Hueso

Actualizado el 02 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

Otra saga moza Bach y los demonios

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Crítica de cine: Cazadores de Sombras: Ciudad de Hueso

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Tráiler de la película Cazadores de Sombras: Ciudad de Hueso.

Lo que más atenta contra la película Cazadores de Sombras: Ciudad de Hueso (2013) no es el largo título que lleva, sino el estirado metraje que ofrece; aunque no hay duda que las “fans” de la novela, origen del filme, se han de sentir muy contentas con esos 130 minutos para mostrarnos lo que se pudo decir en media hora.

Sombras nada más.  La actriz Lily Collins no convence.  Cortesía de Romaly
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Sombras nada más. La actriz Lily Collins no convence. Cortesía de Romaly

La noticia es conocida: Cazadores de Sombras: Ciudad de Hueso es la primera película de una serie que ha de llevar al cine la saga literaria escrita por Cassandra Clare.

Si por la víspera se saca el día, dichos filmes serán éxito de taquilla y, por otra parte, aguda tortura para los críticos de cine. De nuevo tenemos la disensión clásica entre el crítico serio y el público rendido de antemano.

La trama es popular entre quienes han leído el libro. Sucede en Nueva York, ¿dónde si no? El filme nos presenta a Clary Fray, adolescente que descubre descender de una línea de Cazadores de Sombras. Estos tramperos están conformados por un grupo secreto de guerreros en arcaica batalla para proteger a los humanos de los temidos demonios. Nadie los ve, pero ahí están.

De ahí en adelante, la trama resulta un picadillo del que hacían nuestras abuelas al día siguiente de una olla de carne, o sea, con todas las verduras que quedaban. La trama no solo va a marchas forzadas con ocurrencias delirantes; también es galería que invoca a lo existente en la literatura o en el cine de terror: demonios, brujos, vampiros, hombres lobo, ángeles y otras criaturas.

Dentro de esa textura mítica, lo que tenemos es una especie de arca de Noé llena de monstruos, sociópatas, endriagos y cuanto bicho raro sea posible. Lo otro es ponerlos a pelear entre ellos por cualquier asunto y llenar la pantalla de cuanta truculencia permita la tecnología actual.

Los diálogos son tan inútiles como sonrojantes. La música cansa tanto como un necio reloj despertador. El montaje de las distintas secuencias parece de principiantes, sin serlo. Las actuaciones son tan superficiales que se agotan a la primera mirada entre los personajes. La fotografía cede ante los nutridos efectos visuales y el ritmo de la película se pierde dentro de tanto cacareo narrativo.

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En todo ese embrollo cargado de excesos (visuales y narrativos), no hay manera de encontrar la autoría del director Harald Zwart, holandés criado en Noruega.

Por lo visto, este director quiere triunfar entre los aplausos generosos del público adolescente, pero con poco esfuerzo de su parte.

La cinta deja una “perla” enciclopédica (risas) y afirma que el compositor Johann Sebastian Bach, cumbre de la música barroca, desde 1700, era enemigo de demonios y con los acordes de su música los obligaba a mostrar sus garras, de ahí la emotividad armónica.

En fin, la cinta tan gustada por cualquier “club-fan” de la escritora Cassandra Clare es, aparte de eso, un filme menor del llamado género fantástico. Es lo que algunos llaman “cine prefabricado”, donde lo sobrenatural se exhibe de modo absurdo, incluido el adolescente triángulo amoroso del caso, que lo hay, como pueden suponerlo. Ahí les queda, pues, esta inútil muestra de teen-movies : ¡puro hueso!

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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