Mauricio Sanders mauricio.sanders@gmail.com
G abriel García Márquez llegó a México a principios de los años 60. Era un hombre de 35 años que venía con Mercedes, su esposa, y un primogénito recién nacido. Había estado trabajando en Nueva York para la agencia de noticias cubana Prensa Latina . Allí habitaba con su familia en un hotelito de Manhattan.
En la primavera de 1961 hubo reacomodos en el gobierno cubano tras la frustrada invasión de Bahía de Cochinos. Funcionarios prosoviéticos pasaron a ocupar importantes cargos sustituyendo a revolucionarios moderados. En estas circunstancias, el director de Prensa Latina renunció a su encargo y el joven progenitor-periodista renunció con él, en un arrebato de solidaridad.
Así fue que Gabriel García Márquez, Mercedes y el bebé Rodrigo se encontraron subidos en un autobús con rumbo al río Mississippi pues Gabriel, que ya había publicado La hojarasca y El coronel no tiene quien le escriba en su natal Colombia, quería aprovechar la vacación forzada para adentrarse en el universo expresado por William Faulkner .
Cuando el Mississippi desembocó en Nueva Orleáns, al intrépido desempleado, la esposa enamorada y el lactante feliz se les había acabado el dinero. Un amigo les mandó ciento veinte dólares por giro telegráfico, que le sirvieron a García Márquez para llegar con todo y mujer e hijo hasta la ciudad de México, de donde su corazón ya nunca se fue.
Un anticipo fabuloso. Aunque el DeFe le sentó bien, a García Márquez nunca se le quitó el frío que se siente en esa ciudad de altiplano. Incluso en el comedor de su casa, García Márquez se arropaba cuanto podía porque su piel, carne y huesos estaban hechos a las Antillas continentales de negros y cumbias de su Artacataca natal.
En el aspecto económico, las cosas no marchaban bien. El proyecto de escribir guiones para el cine no despegaba. La casa del escritor tenía por mobiliario dos sillas y un colchón en el suelo. Entonces, Á lvaro Mutis , otro colombiano, invitó a la familia de García Márquez a pasar una temporada en Veracruz para que el escritor por lo menos dejara de extrañar el mar.
Por azar o providencia, la visita abrió el surco para que el corazón de García Márquez echara raíz en México, el país que le abría oportunidades. Aconsejada por Mutis, la editorial de la Universidad Veracruzana recibió el manuscrito de Los funerales de la Mamá Grande y pagó mil pesos de anticipo. El dinero cayó en el momento justo para darle un respiro a García Márquez, que pagó deudas y compró muebles.
Enrachado, García Márquez encontró trabajo en la agencia de publicidad de James Stanton. Esta agencia era una modesta planta termoeléctrica de genio latinoamericano, donde García Márquez, Mutis y Fernando del Paso escribían comerciales que filmaba Arturo Ripstein , todos bajo el mando del director creativo Jomi García Ascot, a quien está dedicada Cien años de soledad .
Por esos días, en el número 19 de la calle La Loma, a las afueras del pueblo de San Ángel, al sur de la Ciudad de México, García Márquez comenzó a escribir, en una pequeña pieza de su casa, Cien años de soledad , mecanografiando sólo con los dedos índices un texto que originalmente tuvo 2.000 cuartillas.
Ya entonces, García Márquez tenía la manía de escribir, en una vieja máquina, páginas sin borrones ni tachaduras. Cuando se equivocaba, sacaba la página y la volvía a copiar completa hasta que saliera sin error. También había adquirido el hábito de escribir de corrido en horario fijo, de 10 de la mañana a 2 de la tarde.
A las oficinas de la agencia Stanton, García Márquez llevaba capítulos de lo que estaba escribiendo y los leía a sus colegas, quienes lo conminaban a seguir. Dicen que Gabriel ardía como una llamarada de fe. Se la jugó como los meros machos, renunció a la chamba y se puso a escribir de tiempo completo.
Mercedes también ardía con su esposo y con ellos muchos vecinos del pueblo de San Ángel pues se cuenta que en la pulpería le fiaban los cigarros y en la carnicería los bisteces a la “la esposa del escritor ése, el que está escribiendo una novela".
Todos a una. Así, Cien años de soledad es fruto de una fe contagiada que, como una gripe, cundió por un barrio de la capital mexicana. Amigos de Gabriel y Mercedes llegaban a la casa de La Loma por la noche con el pretexto de hablar de revistas o libros, y olvidaban canastas con cuartos de pollo y latas de atún y verduras de todos los colores del mercado.
En marzo de 1966, cuando Gabriel debía tres meses de renta, la brava Mercedes contestó el teléfono. Era el casero, Luis Coudurier, quien fungía como oficial mayor en el ayuntamiento de México.
“Perdone, señora, ¿se da cuenta de que ya me debe una suma enorme?”, preguntó el casero. “Y le vamos a deber todavía más”, respondió Mercedes con entereza. “Mi marido está escribiendo un libro. Cuando lo termine, le vamos a pagar”.
Al licenciado Coudurier tampoco le tembló la voz para contestar: “Muy bien, señora, con su palabra me basta. La espero el 7 de septiembre con los seis meses que me debe de renta”.
El casero no tuvo que esperar tanto. García Márquez terminó la obra antes y él y su esposa llevaron la secadora y el calentador a la casa de empeño. Con lo que les prestaron, enviaron una mitad de la obra (no les alcanzó para mandar las dos mitades) a la Editorial Sudamericana, casa argentina que pronto les hizo llegar el dinero del anticipo, con el cual saldaron la deuda con Coudurier.
Si bien el boom latinoamericano ya estaba en marcha con las obras de Julio Cortázar , Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa , parece como que Sudamericana presentía que algo especial iba a pasar con ese manuscrito pues hizo un primer tiro de 8.000 ejemplares, cuadruplicando el tiraje habitual. Sudamericana ganó la apuesta. En unas semanas se agotaron el tiro y dos reimpresiones más. En casi cincuenta años, el libro ha sido traducido a una treintena idiomas y ha vendido treinta millones de ejemplares.
Famoso como quizá solamente lo sea el Quijote , Cien años de soledad es una obra maestra que desdeñó los experimentos narrativos de las vanguardias literarias de la época. Parece que el público lo agradeció. Esto, en cuanto a la forma; en cuanto al fondo, es una obra que incorpora con elegancia el canon occidental.
Una cosmogonía. En las fuentes de Cien años de soledad están Juan Rulfo y su invención Comala, el pueblo habitado por fantasmas muy tristes, muy pobres; Borges, el de los laberintos y espejos literarios; Carpentier, que inventó el realismo mágico al escribir cuentos con la historia iberoamericana; Neruda, el de la épica continental del Canto general ; el fatalista rural Faulkner.
A través de estos modernos, García Márquez se interna, de forma imperceptible para el lector, en la tradición de Occidente. En su libro están Cervantes, el ironista que creó al Caballero del Alma que no se rinde ante la Materia; Dante, Homero y la tragedia griega, fuente en la que García Márquez abreva especialmente.
Además, en la novela prodigiosa del colombiano desemboca un denso acervo de tradiciones y leyendas populares, con un espesor histórico que viene engordando desde hace milenios con las múltiples herencias de la cultura iberoamericana: africanas, indígenas, la herencia mora, judía, goda y latina. Esta vertiente mítica puede ser otra de las razones para que Cien años de soledad haya encarnado tan pronto y tan hondo en el gusto universal, como si el inconsciente colectivo hubiera tenido hambre de una cosmogonía, como se tiene hambre del libro del Génesis .
Cien años de soledad fue escrita en el auge del estructuralismo, cuando fue encumbrado el antropólogo francés Claude Lévi-Straus s, cuyo pensamiento Octavio Paz aclimató al español facilitando el acceso a una obra que prometía revelar los secretos de los sistemas simbólicos.
Lo que más interesó a Paz del estructuralismo, que quedó sedimentado en su ensayo “Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo”, fueron el concepto del mito, la estructura del relato, la idea de cultura como una vasta combinación congruente y completa de signos.
De manera diferente a como impactó en Paz, el estructuralismo también golpeó a García Márquez como el badajo golpea a una campana de bronce. En Macondo y los Buendía queda implícita una idea de la cultura un sistema solar donde los hombres, sus fiestas y ritos, sus clanes y tribus giran como planetas atraídos por una ley más grave que la gravedad: el incesto, maldición edípica que rige desde el bulbo raquídeo a las organizaciones humanas.