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El Museo Judío de Costa Rica, la casa de nuestros ‘polacos’

Actualizado el 01 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

De pueblo a pueblo. El Museo Judío nos cuenta historias de angustias, trabajo y amistad

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El Museo Judío de Costa Rica, la casa de nuestros ‘polacos’

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Museo lo invita a conocer la historia judía-costarricense (Gabriel Marín)

“Ya verás qué interesante es la cara del mar. Se ven cosas muy lindas”, escribe un hombre llamado Abraham a su novia, quien del mar tal vez solo haya visto fotos en las que los fugitivos tonos del azul se resignan a ser gris y negro. Así habla una carta de 1933: una invitación a una vida nueva en un país que habita en una curva lejana del mundo. Como otros judíos polacos, Abraham había arribado a Costa Rica en busca oportunidades que le negaba su país natal por la pobreza o por la segregación religiosa.

“Los primeros judíos polacos llegaron en 1929, y arribaron más, poco a poco, en los años siguientes”, explica Vilma Faingezicht, directora del Museo de la Comunidad Judía de Costa Rica. En una vitrina aparece la carta de Abraham.

Aron Hakodesh,  arca donde se guarda la Torá.
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Aron Hakodesh, arca donde se guarda la Torá.

El Museo se sitúa en Pavas (San José) y es una institución cultural –no política ni religiosa– adscrita al Centro Israelita Sionista de Costa Rica, en cuya sede se ubica.

Provistas de modernas técnicas de exposición, sus salas albergan objetos religiosos y civiles, documentos, libros, revistas y fotografías, y ofrecen películas documentales sobre la historia del pueblo judío en el mundo y en Costa Rica.

Gran aceptación. Hace algunos años, dirigentes de la comunidad judía empezaron a dar forma a la idea de crear un museo, y este se concretó en el 2005, dentro del Centro Israelita, que también incluye la mayor sinagoga de nuestro país.

“Llega todo tipo de personas, pero en particular estudiantes de secundaria y de universidad. En el séptimo año de colegio se lee la historia de Ana Frank, y, en el décimo y el undécimo, la tragedia del Holocausto”, indica la directora.

“Nos han visitado más de 30.000 personas. Muchas llegan de lugares remotos de Costa Rica; hacen colectas y alquilan buses para viajar”, describe Vilma Faingezicht.

Añade que los primeros judíos llegaron a Costa Rica poco después del arribo de Colón, y que también hubo inmigrantes a fines del siglo XIX, como las familias Sasso y Maduro, de origen sefardita.

En el decenio de 1930 arribaron judíos de Polonia, y algunos de Europa central, todos de tradición askenazí.

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Los diez mandamientos escritos en hebreo. Fotografía: Pablo Montiel.
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Los diez mandamientos escritos en hebreo. Fotografía: Pablo Montiel.

“Muchas eran personas sencillas, de poca educación”, precisa Faingezicht. En aquellos tiempos, las leyes marginaban a los judíos de las escuelas en algunos países de Europa oriental.

Los primeros judíos polacos llegaron a Costa Rica casi por casualidad. Algunos deseaban arribar a la Argentina o al Brasil, pero se quedaban en Limón por algún motivo o eran abandonados por los barcos.

Los primeros inmigrantes eran hombres que deseaban traer luego a sus familiares. Los pioneros arribaban hablando yídish o polaco, con poco dinero. Pasado un tiempo, se las ingeniaban para convencer a comerciantes de que les diesen mercancías –como telas y cobijas– para venderlas de casa en casa. De aquí deriva el significado de “polaco” como vendedor a plazos.

Los mandamientos. En la primera sala del Museo se exponen elementos de la cultura judía, como los diez mandamientos. Un panel los exhibe en hebreo y traducidos al español. La palabra castellana “Dios” aparece como “Di-s” porque, para los judíos, el verdadero nombre de la divinidad no es conocido. Dos mandamientos no coinciden con los de la tradición cristiana: el segundo hebreo ordena no hacer esculturas ni pinturas de Dios; el cuarto, descansar los sábados.

Desde la sinagoga que había en el paseo Colón se trajo un panel que simboliza las doce tribus de Israel. Al frente se ven dos puertas de madera llamadas “Aron Hakodesh” (Arca Sagrada), con tallas artísticas, un candelabro y una corona (“kéter”). Tras las puertas se guardan dos rollos que imitan a la Torá (los cinco primeros libros del Antiguo Testamento cristiano).

Con mapas, pasaportes y fotografías, una sala ilustra la migración llegada desde Polonia. Muchos nunca habían visto un mar hasta que se embarcaron.

“Viajaban en barcos cargueros y como en quinta clase”, afirma la directora. En un principio se instalaron en Cartago, mas pronto se pasaron a San José.

En el decenio de 1970 arribaron judíos de otros lugares, como de Chile, pero eran sefarditas, de origen turco. Los sefarditas fueron los judíos expulsados de España a fines del siglo XV, y hablaban ladino (latino), variante del castellano.

Unas fotos muestran a judíos en Polonia: modestos, a veces sin zapatos y con “kipá” (gorro de coronilla) o sombrero. Los hombres aparecen con barba, que generaciones siguientes dejaron de usar.

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Una sala incluye piezas de una imprenta que tiene los tipos en yídish, y hasta hay una máquina de escribir con letras en ese idioma. Se ven también revistas impresas en yídish en San José desde 1940.

Una foto retiene la casa en la que la inmigrante Ester Gudes daba clases de hebreo a niñas en 1934. Sin embargo, las niñas y los niños iban también a escuelas públicas.

Otras fotos retratan a los “kláper” o buhoneros, incluso a caballo: eran los “polacos” que iban de casa en casa vendiendo telas y cobijas.

“Kláper” es una onomatopeya yídish de los golpes dados sobre las puertas. Precisamente, una puerta antigua está a la par, junto con tarjetas en las que los kláper anotaban las ventas a plazos.

Vilma Faingezicht, directora del Museo de la Comunidad Judía. Fotografía: Pablo Montiel.
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Vilma Faingezicht, directora del Museo de la Comunidad Judía. Fotografía: Pablo Montiel.

Genocidio y hermandad. Algunos objetos recuerdan a Hermann Reifer, guía espiritual de la comunidad durante cuarenta años. Se ve un “shofar", cuerno de carnero empleado para llamar a las ceremonias religiosas. Un espacio guarda un equipo quirúrgico usado por el “moel” cuando realizaba la “brit milá” (circuncisión), ceremonia que representa la alianza con Dios.

En otras fotos aparecen ceremonias de “bar mitzvá”, en las que los jóvenes de 13 años acceden a la mayoría de edad: a partir de entonces son responsables de sus actos.

La pascua judía es el “pésaj”; coincide con la Semana Santa cristiana y se representa aquí con fotografías, pan ácimo y vino. El pésaj es la fiesta de siete días que recuerda la liberación de la cautividad hebrea de Egipto, hace tres mil años. En el pésaj se declara que “el ser humano es libre por naturaleza, y el ejercicio de la libertad implica responsabilidad”.

Una imitación del libro de la Torá se percibe enrollada en un Aron Hakodesh, el lugar más santo de las sinagogas. Cerca hay dos mesas sobre las que los rollos se extienden.

La sala siguiente se dedica a recordar la Shoah: el Holocausto, el genocidio perpetrado por el régimen nazi y los gobiernos pronazis durante la Segunda Guerra Mundial. Nos miran fotos de personas asesinadas, algunos de cuyos familiares residen en Costa Rica.

Un video explica la historia de ese genocidio, y un consejo nos advierte: “Vigilad cuidadosamente. No olvidéis las cosas que vieron vuestros ojos, aunque estas se alejen de vuestro corazón”.

La sala final ejemplifica la vida de las recientes generaciones de judíos costarricenses, ya integrados con todos los derechos y ejerciendo las más diversas profesiones; las primeras fueron la medicina y la ingeniería. Se aprecian también ejemplares de la revista Zellechov Bulletin , editada en Chicago.

“En las fiestas judías siempre se prenden velas como símbolos de vida”, asevera Vilma Faingezicht y añade: “En Costa Rica debería haber museos dedicados a inmigrantes de otros lugares, como Nicaragua, África o China. Así nos conoceríamos mejor”.

De la ignorancia nace el recelo; de este puede nacer el odio. Conocer que otros pueblos también han sufrido y han trabajado nos hace mirarlos como espejos.

...

Cómo llegar. El Museo de la Comunidad Judía de Costa Rica está contiguo al AyA de Rohrmoser (Pavas, San José). La entrada es gratuita. Horario: de lunes a jueves, de 9 a. m. a 6 p. m.; viernes, de 9 a. m. a 4 p. m.; domingos, de 10 a. m. a 4 p. m. Para concertar las visitas debe llamarse al 2520-1013, ext. 129.

Dirección electrónica: museo@centroisraelita.com

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