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De Jules Florencio a Julio Cortázar

Actualizado el 24 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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De Jules Florencio a Julio Cortázar

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Julio Cortázar comenzó llamándose “Jules Florencio Cortázar”, según consta en el acta de nacimiento del escritor, quien, por entonces, carecía del arte de la palabra y, más aún, de personería jurídica ya que, para exigir el cambio de nombres, Jules Florencio debería presentarse con estos apelativos, que ningún juez tomaría en serio, de modo que el juez aprobaría el acta en el acto, y Jules Florencio habría debido trocar su vocación literaria (que no tenía) por el ejercicio del comercio de las flores: oficio noble si los hay, pero algo alejado del mundo de las letras, dentro del cual el comerciante Jules Florencio apenas hubiera logrado menciones terceras de poesía asonetada en juegos florales.

El inferimiento –o como se diga mejor– de aquellos nombres contra un niño indefenso es lo que nos hace reflexionar sobre la importancia de contar con libros de nombres para niños para padres para bautizos para evitar graves problemas al infante cuando deba usar puños en la escuela cada vez que pasen lista.

Con nombres como esos, los chicos resultan poetas, barbudos, incómodos; o sea, contestatarios; es decir, esa gente que contesta las preguntas que nadie quiere hacer.

Aquella conjunción de “Jules Florencio” sugiere, en los padres, cierto hibridismo transpirenaico (Francia-España) con aires de contrabando transfronterizo a medianoche sobre mula sigilosa. No importa pues los padres estamos dispuestos a hacer cualquier cosa por nuestros hijos, incluso trabajar.

Retrato de Julio Cortázar
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Retrato de Julio Cortázar (Archivo)

Publicar libros como “Jules Florencio” habría sido una vía rápida con knockout hacia el olvido pues el autor, aunque con nombres, sería innombrable; id est , sería más desconocido que Per Abbat, el anónimo autor del Poema del mío Cid.

Por dicha para la literatura, Jules Florencio tradujo su nombre a Julio (sin segundo apellido pues los argentinos carecen legalmente de él), y como tal ha quedado en el arte y en las listas de las bibliografías, el chisme mejor organizado.

Años después, quizá añorante de su viejo apelativo, Julio Cortázar tramó La vuelta al día en ochenta mundos, libro de felicidades que parodia un título de Jules Verne. De tal modo, mágicamente, Cortázar y Verne trocaron títulos y nombres.

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Cortázar fue un viaje a la claridad, a la liberación de manierismos que obscurecían la literatura en la Ciudad Luz; fue un adiós a una obsesión atormentada y hermética como cueva existencialista de junto al Sena. Tocar sus libros es hacer sonar el cristal de la literatura.

Colegas de Julio notaron la tentación de claridad que brinda el gran esfuerzo de Cortázar. Lo notó Jorge Luis Borges: “El estilo no parece cuidado, pero cada palabra ha sido elegida” ( Biblioteca personal ); lo celebró Augusto Monterroso: “Detrás de la aparente facilidad de la escritura de Cortázar había años de ejercicio literario” ( Pájaros de Hispanoamérica ); lo resaltó Mario Vargas Llosa: “La lengua de Cortázar es tan eficaz que parecía natural ” (prólogo de Cuentos completos de Cortázar). Hay que pensar mucho para escribir sencillamente “su repetida sorpresa” (“ Las puertas del cielo” , del libro Bestiario ).

La claridad –la perspicuitas de los viejos rétores– es un manifiesto democrático: la confesión de que todos estamos llamados a gozar el arte que hacen unos pocos.

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