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Independencia en Centroamérica: del grito al abrazo

Actualizado el 14 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

Historia común. La independencia de Centroamérica se vinculó con la de México

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Independencia en Centroamérica: del grito al abrazo

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'Abrazo de Acatempan'. Óleo sobre tela de 1870, pintado por Román Sagredo. Museo Nacional de Historia, México.

La Independencia de la Nueva España, o América Septentrional –los dos nombres de una vasta realidad geográfica, política, económica y cultural que hace dos siglos se partió en ocho Estados-nación–, comenzó con un grito y terminó por un abrazo. En México, al norte de esa realidad, se festeja ruidosamente el grito; en Costa Rica, su extremo sur, se celebra el abrazo.

En la noche entre el 15 y el 16 de septiembre de 1810, el cura Miguel Hidalgo prorrumpió el Grito de Dolores, dando inicio a una serie de guerras civiles que se extendieron demasiado.

En el Abrazo de Acatempan se fundieron los antiguos archirrivales Agustín de Iturbide, general realista, y Vicente Guerrero, comandante insurgente, en febrero de 1821. Algunos meses después, el 27 de septiembre de 1821, tras mucha destrucción y muerte, nació, como nacen las grandes esperanzas, la América Septentrional.

En aquel entonces, Costa Rica era la frontera meridional donde se diluía en una la selva la Nueva España, que se extendía más o menos desde Oregon hasta más o menos Talamanca.

Costa Rica formaba parte de la relativamente reciente Capitanía General de Guatemala, entidad que, en lo político, había dependido, durante la época de los Habsburgo, del virrey de la Nueva España, aunque siempre gozando de autonomía en lo militar y lo judicial pues era sede de una Audiencia.

Los mexicanos recuerdan el comienzo de la guerra de Independencia; los centroamericanos, su término. Lo que empezó a gritos terminó con dos que se abrazaron, en un abrazo que ocurrió más o menos así: al saberse en la Nueva España que había triunfado en la metrópoli la revolución que tenía como fin restablecer la vigencia de la Constitución de Cádiz, se tramó, desde la ciudad de México, una conspiración para impedir que el rey Fernando VII firmara la constitución.

Concordia. Los conjurados lograron que Agustín de Iturbide fuera nombrado jefe de la Comandancia del Sur. Iturbide era un militar que había combatido a los insurgentes de 1810: al cura Miguel Hidalgo primero, después a Morelos, y, al final, arrinconado en la sierra, a Vicente Guerrero.

Iturbide había combatido a los insurgentes con tal éxito que, para 1818, la primitiva explosión desatada por Hidalgo era un rescoldo confinado en los cerros. A Iturbide se le otorgó el mando con la idea de dispersar las últimas guerrillas y que los insurgentes aceptaran el indulto, a lo cual, con enorme sentido de la dignidad, estos se negaban pues aceptarlo hubiera sido tanto como aceptar que eran reos de lesa majestad.

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Esa era la misión evidente de Agustín de Iturbide; la oculta, en vista de los acontecimientos de Madrid, era consumar la independencia del virreinato, desde Talamanca hasta Oregon. En palabras de Iturbide, se trataba de “desatar el nudo sin romperlo”. Para conseguirlo, se acercó a Vicente Guerrero por carta.

Con visión de hombres de Estado, Iturbide propuso a Guerrero unirse por la causa común, y Guerrero no se negó. Ambos negocian, dialogan, razonan y se perdonan. Guerrero acepta adherirse al plan de Iturbide, entregando sus tropas bajo el mando de su antiguo rival.

Al final del intercambio epistolar, ambos –dejando las mutuas desconfianzas a las que tenían todo derecho, pero creyendo cada uno que el otro era un hombre de honor– se encuentran en un poblacho llamado Acatempan. Ahí se abrazaron.

Lo que siguió fue una lección magistral en política: al unir sus ejércitos, Iturbide y Guerrero se convirtieron en una fuerza militar formidable, que nunca usaron para matar, sino solamente para persuadir a los indecisos que no acababan de aceptar la Independencia.

Como la fuerza bruta no bastaba para lograrla, con el prestigio que los dos habían conquistado fueron sumando aliados entre realistas y guerrilleros. Sus constantes llamados a la concordia y el ejemplo de unidad que daban les consiguieron el respaldo de las autoridades eclesiásticas.

Hacia el sur... Iturbide y Guerrero separaron el concepto de independencia del concepto de guerra civil. Con esa distinción, consiguieron que el movimiento aprovechara todo el entusiasmo popular desperdiciado desde 1810, pues la sociedad novohispana quería ser independiente por lo menos desde esa afrenta del rey Carlos III contra el pueblo que fue la expulsión de los jesuitas, pero solamente ciertas élites ilustradas pensaban que medios adecuados para obtener ese fin eran la revolución violenta, el motín descontrolado y la lucha intestina.

Ya con el apoyo de ejército y obispos, uno a uno los ayuntamientos de la Nueva España se fueron uniendo al Plan de Iguala – concebido por Iturbide–, que sostenía tres “garantías”: religión, unión e independencia, bajo una “monarquía moderada” cuyo “emperador” sería “el señor don Fernando VII”.

Al sur de la Nueva España, Oaxaca fue la primera ciudad en aprobar el Plan de Iguala. El 3 de septiembre, Chiapas hizo lo propio. El 15 de septiembre, el Ayuntamiento de Guatemala se reunió en cabildo para decidirse por la Independencia, “mientras se aclaran los nublados del día”. Esa decisión fue serpenteando más al sur todavía, hasta que llegó a Cartago el 13 de octubre.

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Así fue que Iglesia, ejército, gremios y ayuntamientos, los grandes cuerpos de la sociedad de aquella época, se encontraron en unanimidad. Cuando el nuevo virrey, don Juan de O’Donojú, llegó al puerto de Veracruz, se encontró, de norte a sur y de este a oeste, ante un hecho consumado.

Con claro sentido del realismo, O’Donojú reconoció la situación mediante los Tratados de Córdoba, en un acto de patriotismo que su soberano jamás le reconoció. A fin de cuentas, Fernando VII era el Rey Felón, y, desde entonces, la civilización hispánica quedó dislocada.

A veces hay que gritar. Para iniciar la independencia de lo que llegarían a ser México y las repúblicas de Centroamérica, Miguel Hidalgo tuvo que dar el grito en Dolores; pero tras el grito siempre hay que dar lugar al abrazo, y el recuerdo de dos soldados-estadistas que se abrazaron está vivo en el 15 de septiembre, tal como se recuerda en Costa Rica.

El autor es director del Instituto de México en Costa Rica.

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