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Historias de lectores: La glaciología literaria básica de un universitario

Actualizado el 10 de abril de 2016 a las 12:00 am

Andrés Zumbadoacaba de cumplir 18 años y su interés por leer trasciende la simple pasión. Este universitario cuenta su camino por la lectura desde un libro de Ernest Hemingway

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"Siempre me pregunto por qué leo, por qué gasto lo que era para el almuerzo en libros" Andrés Zumbado. (JOHN DURAN)

A hora debe estar amarillento. Con un olor que , por alguna razón, relacionamos con lo viejo , pero solo eso huele así cuando envejece . E n aquel e ntonces, nunca me imaginé que estaría así: con las puntas dobladas, los bordes manchados, invadido por el polvo, leído. Ese libro, el primero que por alguna razón quise terminar, me enseñó dos cosas: que Hemingway puede contar en 600 páginas cómo se vuela un puente y que los libros pueden envejecer tanto como nosotros, pero más lento. Si uno quiere, tienden a ser fieles. Claro que esto último, con el tiempo, me lo terminan contando todos.

Desde que leí ese libro de Hemingway, Por quién doblan las campanas , han pasado seis años. Entrando al colegio uno no sabe mucho ni sobre leer ni sobre guerrillas. Uno solo sabe que la gente se anda matando. De pronto, uno se da cuenta de que hay menganos que escriben sobre eso. De pronto entendía. Quizás sea eso lo que me ha movido tanto a leer: cierta noción de que tal vez, en medio de todo ese desorden, se encuentra un acomode, un sentido oculto detrás de todo.

Con el tiempo he buscado más de eso en lo que leo. Esa clase de manejo casi omnipotente. Una posición más sabia que Dios. Samantha Schwemblin, Marcelo Cohen, Carver, Fabián Casas, Andrés Neuman. Sobre todo, Carver; él es otra cosa. Pareciera como si, más que escribir, supiera manejar el aire, danzar en él, gritar en él, matar en él, sin provocar la más mínima brisa. Escribiendo como si nada necesitase decirse, pero qué más da, que se diga algo tan leve que en ello pueda tambalearse un matrimonio o la vida de un bebé. Entonces parece que escriben porque sí y que yo leo porque sí. Porque hay una mecánica popular que me hace falta por entender. A fin de cuentas eso viene siendo la ficción: sopa de realidad hirviendo con tres cubos de hielo adentro.

Siempre me pregunto por qué leo, por qué gasto lo que era para el almuerzo en libros, por qué decidí estudiar filología española. Por qué , de pronto, parezco más un caso compulsivo que un simple lector. Ciertamente, no es tan sencillo como una pasión. Está más allá.

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La respuesta podría estar en los libros de Kapuscinski. Como corresponsal polaco en el extranjero cubrió, desde los años 50 hasta los 80, gran parte de los conflictos que tomaron lugar en regiones como África, América Latina, Asia, etc. Todo con el mejor pulso narrativo, en zonas donde no parece haber lugar para lo meditado. Por ejemplo, cuando describe lo que el calor de los trópicos significa para un europeo: “El aire pegajoso y sofocante llena la habitación. Ni siquiera es aire, sino algodón húmedo. Respirar equivale a tragar bolas de algodón empapado en agua caliente”. O cuando habla sobre una manifestación a la que acude Kwame Nkrumah, conocido como “el liberador de Ghana": “La policía dispara algunos tiros; dos personas caen muertas. Hoy, hermosas flores cubren el lugar”. Cuando leo a Kapu me doy cuenta de que en cada página tengo que subrayar alguna frase porque residen, de forma casi atómica, las imágenes en las que se concentra la vida. Para Kapu, su trabajo periodístico no era una forma de reclamar cierta justicia; no era más que un sencillo compromiso con esas imágenes, una clase de obligación con el conflicto, una clase de humanidad que intenta explicar a como se pueda lo real. Es posible que, de igual forma, sienta yo comprometido con la literatura. Que sienta un compromiso para que esas imágenes sean leídas, independientemente de quién sea e l autor.

Hay en la literatura un privilegio que consiste en una cercanía , no tanto con quien la escribe, sino con los ojos que optaron por cierto ángulo, cierto estilo. Hay una realidad que no termina de comprenderse y que con la ficción parece dejar de ser una máquina de humo y se vuelve más bien un lienzo con trazos reconocibles.

Con el tiempo todo esto se torna más personal. Cuando rayo o le hago apuntes a algún texto, básicamente todo se vuelve más íntimo: el lápiz que uso (sigo sin atreverme a usar ningún tipo de tinta), el intento de no pasarle por encima a las palabras, cierto remordimiento al dañar las esquinas, el profundo egoísmo a la hora de dudar mucho si querer prestar o no un libro, etc.

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Me gusta comparar la literatura con la glaciología, ciencia que, básicamente, estudia el hielo. Con solo una extracción de la capa glaciar, pueden determinar los sucesivos cambios que ha sufrido la Tierra, pero, sobre todo, la actual situación del planeta. Entonces, son esos textos (poemas, cuentos, ensayos, novelas, etc.), la glaciología hecha literatura, el espejo que , con agresividad o desde un punto neutral, puede explicarnos en unas cuantas palabras el silencio que conservan las imágenes.

Releo todo esto, sin certeza de haber dicho algo que valiera la pena decirse; sin embargo, pareciera que la mejor decisión que he tomado, ha sido esperarme 600 páginas para que Hemingway terminara de hacer volar un puente.

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