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Frankenstein, el monstruo humano

Actualizado el 01 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

Novela moral. El mal y la amenaza no están en la criatura, sino en el creador

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La ficción novelesca de Mary Shelley parece indicarnos que ciertos actos humanos producen monstruos. Frankenstein, que fascina por su monstruosidad, llega al mundo gracias a un joven científico poseído por la arrogancia de crear vida. Veamos más de cerca los orígenes del personaje.

Frankenstein es hijo de su época: 1818, año de la edición original. No debe olvidarse que el impulso inmediato para escribir la historia tuvo lugar junto al lago de Ginebra, cuando Lord Byron, John Polidori, Percy y Mary Shelley deciden, cada cual por su cuenta, escribir un relato de fantasmas (también llamado “novela gótica” o “de terror”, que se caracteriza porque en el ambiente de la vida cotidiana irrumpen factores extranaturales imprevistos y malignos).

  Portada  de la edición de  Frankenstein, libro de Mary Shelley, publicada por la  Editorial Germinal y el Centro Cultural Británico.
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Portada de la edición de Frankenstein, libro de Mary Shelley, publicada por la Editorial Germinal y el Centro Cultural Británico.

Como antecedente más complejo, que alimenta incluso el acuerdo de escribir los relatos, reinaba un ambiente cultural propicio. Un hecho decisivo fue la ilusión científica, con carta de ciudadanía en aquellos tiempos optimistas, de que, dominando el principio de la vida, sería posible crear seres vivos a partir de materia inanimada.

Si hacemos un pequeño esfuerzo, nos imaginaremos la impresión que la electricidad recién descubierta y manipulable dejaba en las mentes de la época. Gracias a ella, Luigi Galvani –y, con él, Erasmus Darwin– pensó que era posible insuflar vida en cuerpos sin vida. Un tal Andrew Crosse aplicó estos principios y pretendió producir pequeños seres animados utilizando impulsos eléctricos.

Así mismo, la revolución industrial creaba la fantasía del gran alcance de las máquinas y del nuevo poder humano sobre fenómenos naturales, aunque luego la naturaleza cobrara su precio.

“Padre” e “hijo”. Si a esos factores se agrega la relectura de Esquilo, nos encontramos con que había condiciones culturales para que el ingenio de la autora llegara a forjarse un personaje así. Prometeo encadenado es un intertexto fundacional. El resto consistía en la nada fácil tarea de construir una historia verosímil. Mary Shelley alude a sus antecedentes en el prólogo a la edición retocada de 1832.

El título de la novela Frankenstein o el moderno Prometeo es un acierto: el personaje trágico –es decir, la criatura consciente de la trampa de su existencia– se enfrenta a su creador.

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Una parte de la acción se centra en el proceso mental que lleva a Víctor a crear el monstruo, y luego en las desventuras que marcan las vidas de “padre” e “hijo”: el arrepentimiento de aquel y la venganza de este, acusándolo por haberlo traído a un mundo en el cual toda inserción es trágica. Cada vez que la criatura se expone a los ojos de alguien, desata una reacción de pánico inmediato y, peor aún, de violencia. Solo un ciego se salva frente a esa visión irresistible.

He ahí el monstruo. Frankenstein es un cuerpo excepcional en el mundo, cuya actitud moral, sin embargo, evoca a la de los mortales –obra humana, en fin, a cargo de su autor, el desventurado Victor Frankenstein–.

Por lo general, el monstruo es una figura deforme con respecto al hombre, medida ideológica de todas las cosas y de los demás seres vivos, pero cercano a cierta malignidad de origen humano. A lo largo de las civilizaciones, las bestias han cumplido funciones importantes.

También el monstruo expresa a la divinidad, con resultados ominosos pues llega a ser instrumento del castigo divino, casi independiente de su creador: así Lucifer es el monstruo perfecto en la tradición cristiana, al igual que otros monstruos que dejan de pertenecer a quien representan.

Elusión de la culpa. El monstruo alivia tensiones o las crea. No es siempre malvado. La criatura de Frankenstein también conoce una base de bondad moral: quiere comunicarse, quiere ser reconocida, valer como sujeto, pero su deformación física se lo impide y más bien desata agresión cuando irrumpe entre seres humanos.

Ya que la bondad espontánea de Frankenstein es incapaz de desplegarse pues se lo impiden los demás, el monstruo reacciona y mata y en cierta forma elige hacer el mal para vengar la catástrofe de su vida. A quien más daño hace es a su “padre”, del que se siente hijo abandonado y por eso mismo vengativo.

  Retrato  de la escritora Mary Shelley elaborado por Richard Rothwell. La pintura  se presentó en la británica  Real Academia de las Artes en 1840.
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Retrato de la escritora Mary Shelley elaborado por Richard Rothwell. La pintura se presentó en la británica Real Academia de las Artes en 1840.

Las bestias gozan de un gran prestigio gracias a la mitología, a las artes, a las religiones y también a la literatura. En la Odisea , las sirenas –mitad ave, mitad mujer– tratan de destruir a Ulises. Las sirenas germánicas –mitad mujer, mitad pez– son bellas y temibles.

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Los mitos platónicos también conocen monstruos; los gigantes pueblan los delirios de don Quijote; existen con formas grotescas en la escultura sintoísta y en las culturas precolombinas. Gracias a la pantalla, los tiempos actuales han visto nacer nuevos monstruos que invaden el imaginario social. Pienso en seres resultantes de las aplicaciones técnicas más refinadas, error y horror de la ciencia.

El monstruo parece mostrar que el ser humano necesita atribuir a otros el origen del mal, ya sea a otra cultura, a la religión ajena, o a seres simbólicos como las bestias ficcionales: es ilimitada esta proliferación de posibilidades dirigida a rechazar la responsabilidad del mal.

Lo interesante en Victor es que, en cierto momento, asume su culpa por haber fabricado un ser que se vuelve perverso, pero esta toma de conciencia no es el impulso espontáneo de la realidad humana –para usar una expresión del filósofo Jean-Paul Sartre–.

El hombre no asume las culpas, sino que las repliega en los demás, en lo otro, así como la religión inventó al demonio para cargarlo con las causas del mal.

Como un espejo. El lago de Ginebra ocupa un lugar importante en la historia de la literatura gótica: junto al monstruo de Frankenstein vio nacer también al vampiro. Durante la famosa la reunión de amigos también se gestó o maduró El vampiro (1819), novela de Polidori. Medio siglo más tarde, Drácula (1897), de Bram Stoker, acabará consolidando al personaje. Tal vez el cine, más de un siglo después, haya contribuido a engrandecer el prestigio de estos dos monstruos en las fantasías colectivas.

Ambas figuras retoman el estereotipo de que el monstruo es algo lejano; que viene de otras tierras, de otra parte, y nos invade en nuestro espacio habitual. Para darle caza, es preciso buscarlo en su geografía, en su lugar de reposo o en los espacios malignos de su origen.

Frankenstein es cercano y lejano a la vez: nace de un pecado humano: la pretensión de crear vida. En la novela de Shelley, el orgullo, la hybris , merece un castigo, igual que en la tragedia mítica: los dioses encadenaron a Prometeo a una roca y enviaron un cuervo a comerle el hígado: su falta fue regalar el fuego a la humanidad. El padre de Frankenstein es víctima de la criatura, como castigo: su falta fue haberle dado existencia.

Quisiera terminar estas líneas con una anécdota: durante la clase de literatura en un liceo, el profesor les propuso a los estudiantes dibujar a Frankenstein tal y como cada cual se lo imaginaba. La respuesta de uno de ellos dio en el punto: dibujó un espejo.

Al contrario de los mitos, el monstruo no está lejos, ni viene de horizontes lejanos, ni hay que ir a buscarlo en otros mundos; más bien está en nosotros. El monstruo es la identidad humana fragmentada; simboliza lo que no queremos aceptar de nosotros mismos y replegamos en figuras extrañas. Si hay un ser que siembre el mal en el mundo, es el hombre. Victor Frankenstein es un ejemplo sin redención.

(Palabras preliminares al texto de Mary Shelley editado en la versión original [1818] por la Editorial Germinal y el Centro Cultural Británico).

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