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Taller con estudiantes y exposición en el MADC

Daniel Barroca, artista residente del IIARTE, dibuja en la sombra de la historia

Actualizado el 29 de junio de 2017 a las 04:30 pm

El portugués, artista residente del Instituto de Investigaciones en Arte por dos meses, explora el pasado colonial de su país y su memoria íntima

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Daniel Barroca, artista residente del IIARTE, dibuja en la sombra de la historia

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Daniel Barroca se formó en la Escuela Superior de Artes y Diseño de Caldas da Rainha. Trabaja con fotografía, dibujo y texto; actualmente, también cursa una maestría en Antropología. Mayela López.

“No tiene sentido para mí pensar el dibujo separado del texto”, dice Daniel Barroca de su obra. En sus piezas, difíciles de clasificar como solo una cosa o la otra, pendula otro peso mayor: la historia y sus entresijos, la memoria y sus agujeros.

El artista portugués realiza una residencia de dos meses en el Instituto de Investigaciones en Arte de la Universidad de Costa Rica , que ha incluido investigación, charlas, un taller con estudiantes y una exposición en el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo que abrirá el 6 de julio. “Se trabaja desde el concepto, desde la investigación, lo que lo hace más enriquecedor: donde fluyen esos saberes se rompen fronteras”, recalca la directora de la institución, Patricia Fumero.

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Barroca, formado como artista, ha hurgado en el pasado colonial de su país, Portugal, y especialmente en las últimas guerras que libraron en las colonias personas como su padre, en Guinea-Bissau. Pero al acercarse a África, ha empezado a conectar su trabajo con la antropología. Dibujo, texto y etnografía terminan emparentados en una obra que enfatiza el proceso y la investigación.

¿En qué consiste la investigación que está desarrollando durante la residencia?

Estoy leyendo a autores de antropología que están interesados en el papel del arte en la antropología y la etnografía. Me interesa cruzar métodos, traer métodos artísticos al trabajo más etnográfico. Trabajo entre el dibujo y el texto, y cómo los dos son lenguajes complementarios que dialogan entre ellos. Hay temas muy relacionados con la historia de Portugal y cómo me relaciono, propiamente con la historia colonial. Trabajo mucho con unas imágenes que son una colección de mi padre, que fue soldado en la guerra colonial entre Portugal y Guinea Bissau (1961-1974).

”Esa generación y todo ese contexto histórico generaron una cultura visual muy fuerte para las siguientes generaciones; vengo trabajando con ese material desde hace muchos años. Esa fue mi puerta de entrada a la antropología y por eso me interesó ir a Guinea Bissau y hacer trabajo de campo allí. Todo esto está dialogando, en conversación.

¿En qué consiste ese trabajo antropológico?

Es un trabajo que empezó el año pasado pero desarrollaré mucho más porque estoy en primer año del doctorado de Antropología. Lo que pasó en Guinea Bissau fue que mi esposa, Catarina Laranjeiro, quien es antropóloga, empezó a hacer una película en el sur, enfocada en las prácticas de los curanderos que fueron soldados en la guerra también. Hace muchos años quería ir; me fui con ella porque ya conocía muy bien el idioma, la cultura, y me fui de asistente para captar sonido e imágenes. Me involucré mucho en el proyecto y ya es mío también. Me interesó mucho lo que trabajan esos curanderos con dibujos; es una tradición muy compleja que quiero entender mejor.

Que tiene que ver con tu trabajo en general, de cómo identificar las marcas de la memoria, de la historia.

La historia siempre es una negociación muy compleja. Hablo de una historia desde un punto de vista muy privado, hablo de las cosas que encuentro en mi círculo familiar, la historia de mi papá y sus memorias de la guerra, y de cómo eso se extiende a toda una generación y después a las siguientes. Se convierte en una dinámica cultural: un momento histórico genera toda una ola que afecta a muchos que no estuvieron en la guerra.

Como en su pieza Circular Body  (un círculo giratorio, con Barroca de bebé de un lado y una fotografía de un hombre asesinado brutalmente del otro).

Esas son fotos mías, de mi padre. Es una foto de un guerrillero que está en el álbum de mi padre, es un guerrillero muerto. La tengo desde pequeño. Es una foto muy enigmática y condicionó mucho mi relación con mis papás; no la encontré en un archivo, sino en el álbum privado de mi padre. Es algo muy importante para mí personal y profesionalmente: es como si todo estuviera concentrado en esa foto. Esa obra es una foto mía de niño antes de ver la foto del guerrillero.

”Estaba tratando de pensar cómo hay una circularidad en las imágenes, qué pasa cuando vemos las imágenes, qué efecto tienen, porque nos cambian mucho. Cuando uno mira una imagen como esa ya no es el mismo.

Menciona el asunto de pasar del individuo a una generación. ¿Cuánto y cómo circulan esas imágenes del conflicto en las generaciones portuguesas de ahora?

“Tengo muchos amigos de mi generación cuyos padres tienen las mismas imágenes. Tenemos una generación de soldados que coleccionaron esas imágenes, y cuyos hijos tienen una relación muy privada con esas imágenes, en un país donde hasta hace poco tiempo no circularon en el espacio público. Nosotros no hablábamos de ellas entre nosotros. La guerra terminó en el 74. Empecé a trabajar con eso estaba ya en la universidad, a finales de los años 90”.

“Un día me puse a hablar con mis amigos sobre eso y nos dimos cuenta de que nunca lo habíamos hecho, aunque todos teníamos el mismo tipo de imágenes en casa y teníamos una relación muy íntima con ellas, pero nunca lo habíamos compartido con nadie. Nuestros padres fueron muy silenciosos con respecto a eso, no querían hablar del pasado. Ahora, es interesante que ya están hablando mucho. Mi padre habla mucho sobre eso; no es que le encante”.

Me imagino que tiene que ver con la mayor circulación actual de las imágenes.

Hoy es muy fácil hacer imágenes, pero en los 70 poca gente tenía cámaras fotográficas, menos gente todavía sabía cómo revelarlas. Mi padre me contó que había uno o dos que él conocía en su batallón que tenían cámaras. Las utilizaban como forma de hacer algún dinero: hacían fotos de los demás y las vendían. Hay algunas fotos, como esa del guerrillero, que encontré en otros lugares, como en blogs. Había fotos impresionantes de las que hacían muchas postales, como pornografía de guerra. Cuando los soldados más jóvenes llegaban a la guerra había una especie de iniciación en el grupo; esas imágenes ya estaban integradas, uno tenía que comprarlas o verlas para ser parte del grupo, como un cómplice de una dinámica colectiva.

En su práctica, ¿qué papel juega la intervención, las marcas sobre las imágenes?

Durante muchos años, tenía las imágenes y mi padre nunca me prohibió hacer algo con ellas, pero no hablábamos sobre ellas. El pasado colonial, en el mundo académico, no se debatía casi nada; era algo que se hablaba en círculos de historiadores, de gente de ciencias políticas, estaba muy encerrado en esos círculos. Para mí era difícil era tener ese debate de qué era el colonialismo, qué fue eso de la guerra colonial, qué tipo de experiencia es esa de la guerra… trabajar con esas imágenes tenía que ver con ese silencio, más que un enigma, un misterio, algo que no entendía de dónde venía, qué había pasado. Esa imagen de la violencia fue muy fuerte en contraposición con una narración muy simplista que teníamos en la escuela del colonialismo portugués.

Como un proceso cerrado, algo que pasó hace mucho tiempo.

Algo que pasó hace mucho tiempo, algo que ya no somos, que no nos interesa mucho… Es un problema muy grande en el sistema educativo portugués que creo ya está cambiando. Nunca hablamos, por ejemplo, del comercio de esclavos. Había ese mito del portugués bueno que va a otras partes del mundo y se interesa por otras culturas y se mezcla, y nunca se hablaba de la violencia, del lado oscuro. Todo ese lado oscuro venía de esas fotos. Si tú eres tan bueno, ¿qué está haciendo tu padre en estas fotos? Mi trabajo artístico se desarrolló en torno a preguntarse qué son.

'Map of complicities #1', obra del 2011 (inkjet print, 100 x 140), una pieza de Daniel Barroca. (Cortesía de Daniel Barroca)

Al verlas intervenidas, rayadas, dañadas, hablan de cómo esas memorias se preservaron alteradas, degradadas.

Sí, y es un poco también ese gesto iconoclasta de reinventar algo. Es una mezcla de estar en negación con una imagen y al mismo tiempo decir que quiero ser otra cosa.

Entre negarla y reconocer que es una materialidad que no podés eliminar.

Después de este tiempo, en tu infancia, que vas a la escuela y te cuentan este cuento muy positivo de la historia, en el transcurso de la vida, encontré mucha gente que está trabajando estos temas y ya se genera un debate muy fuerte. Se genera un debate que ya está basado en lo descubierto, lo que te da un sentido de culpa muy fuerte. Entras en un proceso de rebelarte contra eso, pero es la historia, no puedes hacer nada. El proceso artístico que va hacia la historia y está mezclando cosas de la psicología, de cómo uno está relacionándose con un pasado que no puede cambiar, pero que quiere encontrar perspectivas y formas de entender mejor qué ha pasado.

“Ese diálogo con mi padre es una cosa de décadas. Empecé a hacer preguntas cuando era adolescente. Ahora conozco a muchos de sus colegas. Mi padre no fue un militar profesional, toda esa generación fue enviada a la guerra. Había una dictadura en Portugal, no se podía escapar, te metían a la cárcel. Era gente muy pobre, campesinos; la gente que tenía algo de dinero enviaba a sus hijos al extranjero. En Francia había muchos refugiados hablando contra el régimen, pero había muchos que no podían escapar así que fueron a la guerra”.

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Fernando Chaves Espinach

fernando.chaves@nacion.com

Periodista de Entretenimiento y cultura

Coeditor del suplemento Viva de La Nación. Productor audiovisual y periodista graduado por la Universidad de Costa Rica. Escribe sobre literatura, artes visuales, cine y música.

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