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Chunches para recordar lo olvidado

Actualizado el 28 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

Benvenuto Chavajay. El artista procura recuperar la identidad de los pueblos de Guatemala

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San Pedro La Laguna es uno de los pueblos situados a orillas del lago Atitlán, en Guatemala, y una relación directa con este lugar tiene la exposición de Benvenuto Chavajay: Chunches [Mololon tak nakun]”, abierta en la Sala 1 del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo.

Para nosotros, “chunche” es cualquier cosa; en la lengua maya tz’utujiil, a cualquier cosa se la llama ropo’y, tac sto’y.

Esa es una de las lenguas mayas mayoritarias en Guatemala y se habla en dos departamentos: Sololá y Suchitepéquez. Se conocen dos dialectos diferentes: el tzutujil oriental o del este, hablado en Santiago Atitlán; y el tzutujil occidental o del oeste, hablado en San Pedro La Laguna, San Juan La Laguna, Santa María Visitación, San Pablo la Laguna, San Lucas Tolimán y Cerro de Oro, en el departamento de Sololá; y en Chicacao y San Miguel Panam, incluidas sus aldeas, cantones y plantaciones, en el departamento de Suchitepéquez.

'Comalitos'. Barro y lupas de plástico 2014. MADC para LN
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'Comalitos'. Barro y lupas de plástico 2014. MADC para LN

Chunches llega a ser entonces el nombre de la exhibición que se plantea como una revisión de la obra de este artista, con el fin de repasar sus líneas de investigación más fuertes.

Dice Chavajay: “En los últimos años he venido trabajando y reflexionando sobre objetos-chunches que están en la memoria colectiva, objetos sin sentidos tirados en un lugar determinado, en una esquina de la casa, en un pavimento gris, en la carretera, en la chamusca infantil, o lo que se come o se pone diariamente. El papel del artista es reconocer esos chunches y dar otro valor hacia una transfiguración sagrado-estética”.

Nombre verdadero. Chavajay trabaja a partir de la fotografía, los objetos intervenidos y la instalación para hacer posible la elaboración de un discurso que se hace cada vez más amplio, pero que parte de reafirmar lo propio de una realidad cultural indígena maya.

Conceptos como modernidad/colonialidad son abarcados desde una perspectiva decolonial que pretende una confrontación y un desprendimiento del “patrón colonial del poder”, según el sociólogo Aníbal Quijano, o como el mismo artista menciona: “sanar la herida colonial” desde el arte en la América profunda.

Algunas de las obras que se exponen son acciones realizadas para reivindicar lo indígena, como la obra sobre Doroteo Guamuche Flores (1922-2011), el indígena guatemalteco ganador del Maratón de 1952 en Boston (Estados Unidos).

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En ese momento, un periodista no pudo pronunciar su nombre y lo simplificó escribiendo “Mateo Flores” en una nota de prensa; así quedó de manera errónea hasta la muerte de Guamuche. También fue el nombre con el que se renombró el estadio nacional después de haberse llamado “La Revolución”. La obra consistió en tatuarse, en la espalda, la cédula de Doroteo Guamuche Flores, donde aparece su verdadero nombre.

Con ese gesto se inicia un proyecto que pretende también proponer a las autoridades el cambiar el nombre del estadio “Mateo Flores” a “Doroteo Guamuche” para sanar una herida de los pueblos silenciados y excluidos.

Dentro de esta línea se encuentra también un performance que consistió en hacerse tatuar su verdadero apellido “Ch’ab’aq Jay”, que fue simplificado al español como “Chavajay”, al no poder ser pronunciado por otros. Tatuar “Ch’ab’aq” (lodo) y “Jay” (casa) es una forma de reconocer y retornar.

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Recobrar la voz. En el pensamiento maya, el pasado se encuentra delante y no detrás. Con esta pieza, el artista reivindica la lengua indígena y reafirma que “su pasado se lleva adelante”.

Muchas de las propuestas intentan ir “levantando las capas” que han obstruido el pasado indígena, como una forma de hacer visible la resistencia que la cultura maya ha sostenido a través de los siglos.

Otra obra que se acerca a ese planteamiento consta de cuatro biblias escritas en tz’utujiil, kakchiquel y q’uiche, con algunas traducciones al español.

El acto de pintar funciona aquí como una acción que borra, sana y cubre. El español es anulado con los colores de los cuatro tipos de maíz: rojo, amarillo, negro y blanco. El gesto sirve como una manera retornar y reconocer las prácticas milenarias.

Desde el desprendimiento de la retórica de la modernidad, en la que se legitiman modelos de pensamiento que se evidencian como equivalentes de la organización social y de su proceso histórico, se ha buscado la ruptura con esa “matriz del poder”, como menciona Walter Mignolo.

La reivindicación de un pasado cubierto por distintas implantaciones se hace evidente desde su complejidad y sincretismo, y ahora desde un lenguaje contemporáneo, como recurso para dar voz a lo que ha estado silenciado.

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