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Byron Salas: el impúdico lenguaje de ‘Mercurio en primavera’

Actualizado el 09 de septiembre de 2017 a las 11:17 pm

Byron Salas. Con 23 años y su primera novela, el autor plantea un juego entre erótico y violento con el lenguaje mismo

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Byron Salas: el impúdico lenguaje de ‘Mercurio en primavera’

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Byron Salas en Atenas, su ciudad natal. Actualmente, está trabajando en su segunda novela.

No hay placer sin sangre derramada en Mercurio en primavera , el debut novelístico de Byron Salas. Mientras un personaje se desvanece en éxtasis en su habitación, un perro lame gotitas de sangre del suelo. Cada orgasmo lleva a los jóvenes protagonistas del libro al borde de un abismo que, peligroso e indefinido, amenaza con devorarlos.

Salas, estudiante de filosofía, tiene 23 años y Mercurio en primavera es su primera publicación. Editorial Lanzallamas, que publica pocos y selectos títulos de clásicos, como Juan José Saer, y puntas de lanza contemporáneas, como Andrea Jeftanovic, apuesta por una voz inédita en esta publicación.

El libro está lleno de violencia y erotismo; el sexo es agresivo, y la agresión, orgásmica. Pero la fuerza de Mercurio en primavera no se agota en la provocación de sus pasajes más explícitos (que abundan), sino que se amplifica en el lenguaje.

Hay en las mejores oraciones de Salas elasticidad y tensión, y parte de la emoción de leerla es esperar a que el hilo se reviente. Aún cuando flaquea, esta historia de dos hermanos amantes y enfrentados bulle con la cualidad bella y mortífera del mercurio metálico.

En otras ocasiones, Salas ha escrito sobre su interés en literaturas como la de José Lezama Lima, Severo Sarduy y Reinaldo Arenas, entre otros: son autores que se deleitan en el lenguaje, sus límites, posibilidades y contradicciones.

Carlos y Lucas combaten la mediocridad que perciben en su entorno –Atenas de Alajuela– con una ferocidad tan rabiosa, tan autodestructiva, que casi parece ridícula. Su relación incestuosa atraviesa el libro como una flecha que hiere a su madre y a ellos mismos; los aparta y los acerca a Laura, una mujer perturbada que ronda su plácida casa provinciana.

Unas semanas después del lanzamiento de la novela, Byron Salas explicó en una entrevista el origen azaroso de Mercurio en primavera , sus dudas y desafíos como novel autor, y su visión del lenguaje como territorio vital. Este es un extracto de la conversación.

Byron Salas en la casa de su familia en Atenas. (Mayela López)

–¿Cómo surge la escritura de Mercurio en primavera?

–Diría que surge por azar. Diría que el libro, en un principio, surge de una imagen. Es una imagen bastante simple: es el hecho de detenerse a contemplar el cuadro de Botticelli titulado La primavera . Ese cuadro tiene, en uno de los márgenes, al dios Mercurio, que está reteniendo unas nubes para las Gracias. Quedé prendido de esa imagen . De ahí viene el título aunque nunca se mencione en la novela .

”Sabía que iba a contar la historia de un Mercurio-personaje que estaba de alguna manera enredado en la pornografía. La historia tomó otro rumbo, creo que los embrollos sobre el porno pasan a un segundo plano, y lo que se abre totalmente es lo que está detrás del personaje.

”Al final, eso es lo que construye el texto: el lugar donde vive, sus relaciones y, sobre todo, me interesaba un personaje que fuera un poco indeterminado, porque para narrar una novela de la forma que me interesa, solo puedo narrar desde una incertidumbre . Es decir, yo no puedo trabajar con un esquema. Esta novela nunca tuvo un esquema, cambió mucho mientras se escribía. Yo diría que lo único que se mantuvo de principio a fin fue la imagen de Mercurio ”.

–¿Qué lo atrapaba de esa imagen de Botticelli?

–Supongo que es una cuestión bastante sexual. Digámoslo así, muy francamente: supongo que me excita el dibujo. Por eso lo ligué inmediatamente con la temática que quería para la novela. Fuera de ahí, no me interesa hacer un trabajo de interpretación artística ni mucho menos; simplemente es esa relación erótica con una imagen.

”Recuerdo cuando Severo Sarduy decía que él empezaba a narrar, a veces, no necesariamente por tener clara una historia, sino por tener clara una imagen que, de alguna manera, lo obliga a uno a sentarse a escribir. Diría que para mí, si se puede decir así, sería la forma ideal de escribir: tener una imagen.

”Desconfío demasiado de la trama. Sé que la trama no puede desaparecer, en teoría, pero no me interesa escribir una novela cuyo fuerte sea contar una historia. Me parece artificioso encerrar un fragmento de la vida, que es lo menos lineal que existe, entre las tapas de un libro; es mentira que la trama se completa. Uno podría aplicarlo a la inversa: podría decir, sí, la trama no desaparece, pero al mismo tiempo la trama nunca se completa, la trama nunca es cierta”.

”Es una ilusión: se la cree quien lo escribe y se la cree quien lo lee. Por eso desconfío del realismo que calca, del realismo que pretende ser lo que los periódicos dicen. No me interesa. Creo que hay otras formas de narrar y creo que hay otras formas de hacer que quien lee intuya “algo nuevo”, entre comillas, detrás de un texto, que es la experiencia que yo he tenido con ciertos autores”.

–Me parece de lo más rico de la novela, que uno siente que va surgiendo o creciendo casi por impulsos, choques eléctricos. Hay una imagen inicial fuerte y de ahí se empieza a disparar como si fueran chispazos. Se va acumulando una energía que termina por destruir a los propios personajes, en cierto modo, moral y físicamente.

– Más que chispazos, diría que es una dinámica de fuerzas. Todo el lenguaje, si uno recuerda, por ejemplo, la forma en que lo concibe Nietzsche, es una dinámica de fuerzas.

”Esa pugna que es el lenguaje es lo que debería mantener viva la forma de hacer una novela. Esas fuerzas, la única manera que habría de captarlas es intentando no caer en ciertas fórmulas de narrar que ya están anquilosadas. Creo que un escritor debería intentar dislocar un poco esas formas que ya se conocen bastante. Debería ser capaz, incluso él mismo, como si fuera un acto fisiológico, de prolongar esa fuerza que es el lenguaje, que al final termina siendo eso, al igual que la lectura.

”Ahora que te lo digo, me parece así, fue algo totalmente inconsciente, y que si la novela se desarrolla así, pues bien, si se nota en la lectura, pues bien, y sería algo que me place bastante si esa naturaleza del lenguaje tan conflictiva es lo que permite que la novela vaya avanzando o vaya acumulándose.

– Eso fue parte de lo que sentí: la forma que toma esa pugna, me parece, surgía de las mismas palabras, de la textualidad. Era como si los personajes fueran –son– textualidad, esta aglomeración de palabras, y son ellas las que van generando el paso siguiente y, por lo tanto, nunca va a ser un paso lógico, lineal, predeterminado, sino que las mismas palabras están en pugna con lo que están intentando narrar.

–Como vos decís, los personajes son esa textualidad, pero la textualidad termina por ser el mundo, en el sentido de que no hay nada más fisiológico que el lenguaje. Siguiendo esa línea, no habría nada más supervivencial que la escritura. Entonces, creería que solo se puede escribir, o llegar a cierta fuerza al hacerlo, cuando se asume esa cuestión, un poco dramática, de que el lenguaje es el mundo.

”Es decir: mentira que lo que vos leés no tiene una relación directa con tu forma de vida. De ahí viene esa cuestión tan difícil de los gustos, de las decisiones literarias, por cierto tipo de literatura u otro. Creería que esa sensación que provoca la literatura en general, la que a uno lo convoca, tiene que ver con eso, tiene que ver justamente con que uno no podría vivir si no lee lo que está leyendo. Puedo hablar en mi caso de que eso es lo que pasa con los autores que a mí me gustan.

”No puedo leer una novela, un poema o, incluso, un ensayo que no se plantee, antes que un tema, antes que un ‘mensaje’ o una trama, el cómo voy a escribir las cosas, el cómo diantres voy a sentarme a lidiar con esa relación dramática que se tiene con la lengua, porque la lengua es insuficiente aunque prolifere en las páginas.

”Un ejemplo: pienso en un autor que es bastante amplio en la cantidad de material léxico que utiliza, Juan José Saer. Es un torrente prosístico pero, al mismo tiempo, ese torrente da cuenta de que no podés abarcar las cosas realmente. Siempre lo que predomina es lo que no se dice o la duda enorme de no saber lo que se está diciendo, a pesar de que se utilice una cantidad enorme de palabras. Ese tipo de escritores y ese tipo de literatura, que es la que a mí me gusta, trabaja desde ese lado. Yo espero mantenerme de ese lado también”.

–Desde ese lado, ¿quiere decir el plantearse el ejercicio de narrar como un problema esencialmente lingüístico?

–No creo que sea lingüístico. Decir que es puramente lingüístico sería reducirlo. Me parece que sería un problema más bien vivencial. ¿Cómo diantres voy a escribir? Ese es todo el tema de la literatura de Clarice Lispector, por ejemplo. Lispector siempre está pensando: cómo voy a escribir, cómo voy a escribir lo que no se puede escribir. En ese sentido, uno podría recordar la frase de Derrida donde dice que lo que no se puede decir tiene que escribirse. Ahí está lo vivencial. Si no puedo decirlo, tengo que escribirlo, pero al hacerlo tampoco lo estoy logrando: lo estoy rodeando. Ahí es donde se mantiene la fuerza de la literatura en general, diría yo.

–Menciona varios autores y sé de su afinidad por Sarduy, por ejemplo. Quisiera que me cuente de esas fuentes, del origen de ese interés como lector y como autor.

–Pues el interés es un poco por azar. Bueno, no: es totalmente por azar. Pasa porque en determinado momento cae en mis manos un libro de Reinaldo Arenas, Otra vez el mar, quedo fascinado con él y me ocupo en buscar más autores y llego al que yo considero que es un autor esencial en mi vida, que es José Lezama Lima. Me parece que es un autor del que no se ha dicho absolutamente nada. Hay trabajos valiosísimos de Sarduy, hay muchos trabajos valiosos, pero me parece que nunca, tal vez nunca, uno sepa lo que está detrás de Lezama y lo que logró. No me refiero solo al pensar desde América, o que sea un conquista. Pienso de otra manera a Lezama; no sé si podría decirlo ahorita pero lo pienso de una manera más… más necesariamente vital.

”Después me metí con otro tipo de literatura y autores que ahora son como referentes para mí y que no necesariamente se inscriben en el neobarroco cubano. Ahora leo muchísima literatura argentina, como Sergio Chejfec, Saer, Ricardo Piglia… curiosamente, aunque pueda negarse superficialmente, tienen mucho que ver con este tipo de literatura. Pienso en Lispector, en Joao Guimaraes Rosa, en Felisberto Hernández, en Julio Ramón Ribeyro, y pienso incluso en un autor español que tal vez esté bastante olvidado pero que para mí ha sido una revelación muy interesante, que es Juan Benet. Lo he estado leyendo en los últimos meses y va por ese lado”

”Todas estas preferencias, yo creo que es lo que todo el mundo que se sienta a escribir o a hacer cualquier actividad artística tiene necesidad de hacer, definirse en una zona literaria. Es mentira que uno lee con gusto todo lo que cae en sus manos. Mentira que las decisiones que uno toma por ciertos escritores y cierto tipo de escritura pueden echarse atrás. No es nada neutral. Es una posición yo diría que vital. Si lo que uno lee no lo cambia, si lo que uno lee no lo ayuda a vivir, no está haciendo nada. No quiero que suene como una estupidez de este tipo de que sería una misión de la literatura salvar a la gente. Supongo que se salva quien quiere, y los que no quieren, también. Al final, es una cuestión de tomar partido por algo y tomar partido es quedarse en ese lugar, mantener ese lugar, que define en cierto sentido lo que uno va a seguir haciendo, transformándolo, pensándolo, repensándolo, estando en desacuerdo con cosas que esos mismos autores dicen. No es una simple glorificación de todos: es como una guerra con ellos”.

–Un intercambio, de muchas maneras.

–Es un intercambio, sí, porque siempre hay que agregar algo a lo que ellos dicen y a lo que uno dice ellos terminan agregando algo aunque uno no los mencione

–Volviendo al libro, usted decía que el primer impulso fue el interés por lo pornográfico. Lo pornográfico está ‘al fondo’ de la novela. Es complejo: no sé si terminé de entender su posición al respecto...

–Yo tampoco. Diría que más allá de la posición que puede tener cualquier consumidor de pornografía, no puedo tener una posición exclusivamente teórica al respecto. Si tuviera que decir que tengo una posición con respecto a la pornografía, supongo que sería la de mucha gente, que es la del puro placer que depara verla.

”Sin embargo, es curioso que, al menos al escribirlo, se me plantea como algo morboso. Vas a escribir algo que toda la gente ve, pero al momento de pasar de un ámbito un poco privado a escribirlo, vos decís: ‘¿Me estaré pasando?’”.

– ¿Es por ese interés por problematizar lo pornográfico que llega al tema del incesto, o eso viene de otra fuente?

– Creo que el incesto fue una provocación. Se convirtió en una provocación central en el libro. Si lo pienso de esta manera, fuera del proceso de escritura, el libro es imposible sin ese incesto y ese incesto es, para los dos personajes que están implicados, algo casi de supervivencia: en el contexto en el que viven es casi lo único a lo que pueden aferrarse, el uno al otro.

”Al mismo tiempo, fue una especie de provocación para cierta moral sexual, para cierta posición que está muy anclada sobre todo en el lugar en el que viví toda mi vida, un pueblito de provincias donde ‘no pasa nada’ que sea ‘aberrante’, que no pasa nada fuera de lo común, en que la gente ‘no tiene este tipo de deseos’, cuando, en realidad, la vida y la existencia cotidiana dicen otra cosa. Ese incesto fue una especie de provocación a esa moral de ese lugar en específico y fue una especie de parodia, también, de esa forma de concebir las relaciones familiares”.

–De esa forma de pensarlas en un pueblo de provincia de un país católico, digamos.

–Sí, porque como se ha visto los comienzos de la literatura costarricense: la persona que viaja del campo a la ciudad y se pervierte en la ciudad.

Portada de la novela 'Mercurio en primavera', de Byron Salas. (Editorial Lanzallamas)

–Siempre el pecado emana de la ciudad, que por implicación, significa que viene de afuera.

–Babilonia, todo eso. Entonces, no existe un centro en el cual todo se pudra. Lo que existe es una generalidad donde todo se pudre. No hay un afuera.

–Una duda: para usted, ¿esa podredumbre ya la llevamos por dentro o es que el infierno son los otros?

–Es que quien escribe un libro, que puede tener este tipo de derivaciones en una conversación y uno llega a estas dudas: ¿vos estás denunciando una conducta moral que sucede fuera? No: el punto no es situarse fuera. Escribir esto es hacerse daño, un poco a uno mismo, porque uno también está podrido, uno también está carcomido por una moral que puede ser tan férrea como la que uno critica.

”Uno siempre se está engañando al pensar que uno está, por decirlo de alguna manera, liberado o fuera de las cosas, que uno puede escribir de una manera objetiva, sin ensuciarse las manos. Eso no es cierto. Por eso creo que quien escribe literatura tiene que ensuciarse, pero eso no implica solamente criticando a los otros, sino ensuciarse a sí mismo, ponerse en entredicho siempre, siempre, siempre. Lleva esta cuestión esta cuestión de la incertidumbre, de estar indeterminado siempre, al extremo en la escritura, porque solamente eso va a seguir impulsándolo a uno a escribir fuera de si tenés éxito editorial o no, si te difunden demasiado o no. separaría ese asunto del asunto de escribir para una supervivencia individual.

–Como autor, como persona, ¿de qué manera lo afectó, de qué manera sintió ponerse en ese lugar de riesgo?

– Cuando el libro salió, de alguna manera, tuve una sensación bastante contradictoria, porque yo estaba esperando el libro con muchas ansias, quería que saliera, quería saber si alguien lo leía, saber qué producía en alguien. Pero cuando salió y empezó a circular como lo ha hecho hasta ahora, empezó a generar opiniones, empezó la familia a querer leer el libro… Todo se convirtió en una especie de pequeña pesadilla en la cual ya no quería saber absolutamente nada del libro.

”De hecho, no quisiera volver a leer nada del libro: cada vez que lo abro, pienso ‘qué estupidez escribí aquí, esta frase es una mierda’. Entonces, esa especie de sensación de que más bien publicar está mal o es raro es lo que lo lleva a uno a decir: ‘Ya publiqué algo que está mal, entonces ahora tengo que publicar algo que esté bien’. Uno va a seguir escribiendo y mentira que lo va a hacer pensando que lo va a engavetar, uno escribe algo pensando en que pase algo con eso que escribe, aunque sea mínimo, aunque sea una sola persona.

”La publicación del libro me puso en entredicho todo lo que creía de la literatura y todo lo que creía acerca de mis posibilidades. Ahora, lo único que me queda es seguir nadando hacia la orilla, sabiendo que esa orilla es una ilusión”.

El libro. Editorial Lanzallamas publicó 'Mercurio en primavera' en su colección Bartleby. El libro está disponible en Librería Andante, Libros Duluoz, y Frantz & Sarah.

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Fernando Chaves Espinach

fernando.chaves@nacion.com

Periodista de Entretenimiento y cultura

Coeditor del suplemento Viva de La Nación. Productor audiovisual y periodista graduado por la Universidad de Costa Rica. Escribe sobre literatura, artes visuales, cine y música.

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