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Atenta mirada a la formación de la clase media en Costa Rica

Actualizado el 26 de octubre de 2014 a las 12:00 am

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Atenta mirada a la formación de la clase media en Costa Rica

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La Editorial Arlekín acaba de publicar Formación de la clase media en Costa Rica (1890-1950) , un importante libro del filósofo e historiador George García Quesada sobre la creación de dicha clase social. La obra se abre con una extensa introducción en la que se consideran varios de los principales estudios sobre las clases medias latinoamericanas, pero su énfasis es una revisión teórica de algunos conceptos y planteamientos marxistas. Dicha sección, excesivamente larga, no es suficientemente crítica del marxismo mismo.

En contraste, los tres capítulos del libro ofrecen un análisis mucho más elaborado e interesante del tema investigado.

En el primer capítulo, García analiza las condiciones materiales de los sectores medios, con un énfasis particular en el proceso por el cual se pasó de una sociedad con una participación importante de los pequeños y medianos propietarios en la estructura socioocupacional a otra en la que empezó a expandirse el número de empleados, técnicos y profesionales asalariados (una problemática previamente analizada por Mario Samper y Roger Churnside).

Las características familiares, el mundo doméstico, los valores y los estilos de vida de los sectores medios son el objeto del capítulo segundo, en el cual se presta la debida atención a las diferencias entre las experiencias urbanas y rurales. También se considera el importante papel que desempeñó la educación en términos tanto de posibilitar la movilidad social como de constituirse en fuente de respetabilidad.

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Por último, en el capítulo tercero, García explora los discursos, los imaginarios y las ideologías de los sectores medios y demuestra convincentemente que dichos sectores empezaron a inventarse como clase durante la crisis de 1930, un proceso que se consolidó en la década de 1940.

Curiosamente, el concepto mismo de invención –entendido como construcción cultural– es poco empleado por el autor, quizá por su apego a una versión marxista de la formación de las clases sociales anterior a la expansión de los estudios académicos centrados en el análisis de las identidades y las subjetividades.

Sin duda, en términos documentales, el mayor mérito del libro de García es la exhaustiva utilización que hizo de las investigaciones históricas que consideran la Costa Rica del período 1890-1950. Más importante aún, el autor no se limitó a recuperar la información proporcionada por esos trabajos para sus propios fines, sino que entabló diálogos provechosos con los autores consultados.

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En contraste, la investigación en fuentes primarias es muy limitada y se concentró fundamentalmente en materiales impresos: memorias, documentos publicados o artículos de periódico.

De publicarse una segunda edición, convendría que tanto García como los editores se dieran a la tarea de corregir las erratas que sobrevivieron a las revisiones previas y mejorasen la presentación de cuadros y gráficos.

Además, valdría la pena reelaborar las notas al pie para que no tengan una numeración continua –una epidemia que lamentablemente se ha extendido en el mundo editorial costarricense–, sino que inicien en uno en cada capítulo. Igualmente, sería muy útil incorporar un índice de nombres y lugares al final del libro.

En la contraportada de la obra, el historiador David Díaz señala que el estudio de García constituye “la mejor interpretación marxista de la historia de Costa Rica que existe hasta ahora”. Tal afirmación es inexacta por excesiva dado que el libro apenas comprende un período limitado del pasado del país; además, no recupera toda la historiografía marxista costarricense que se ocupa de los años 1890-1950 (entre otras, están ausentes las obras de Rodrigo Quesada y de Dennis Arias).

Ciertamente, García es el primer historiador que, después de mucho tiempo, elaboró un extenso marco teórico marxista (una especificidad producto de su formación principal como filósofo); pero su análisis de la clase media, en particular en los capítulos segundo y tercero, está fundamentalmente dominado por las problemáticas teóricas de la historia cultural. En este sentido, García no se distancia, sino que se suma y aporta a las corrientes de investigación en dicho campo.

Por su importancia, el libro de García debe ocupar el lugar que merece en los debates académicos y, por supuesto, en la esfera pública, ya que ofrece, a los costarricenses de inicios del siglo XXI, una valiosa oportunidad para explorar los fundamentos reales e imaginarios de la Costa Rica actual.

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