Un caso de trastorno bipolar: psiquiatra en hamaca propia

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Carlos era un joven médico de 29 años cuando su papá, Francisco, concretó finalmente sus deseos de dejarse morir. Ingirió de golpe un puño de pastillas y acabó así con una vida de vaivén entre la depresión y la euforia.

Era un domingo; tres días antes de la Navidad de 1986 y Luis Carlos perdía a su papá. El síndrome bipolar se mezcló con situaciones de vida que, sin ese trastorno, no suelen llegar a extremos.

Faltaban casi 10 años para que Luis Carlos, convertido en un médico promisorio, cayera también en el péndulo de las honduras y los picos de ánimo.

Las ironías de la vida hicieron que la bipolaridad heredada lo sorprendiera mientras se preparaba como psiquiatra. Un problema con su esposa lo hundió en la depresión y unos compañeros, ignorando ese antecedente familiar, le recomendaron elevar el ánimo con recaptadores de serotonina, un tipo de medicamento que es prohibido para bipolares.

De repente, Luis Carlos sentía impulsos de manejar a toda velocidad su Mustang por San José. “Sentí mucha energía. Reía, cantaba, tomaba mucho alcohol y podía moverme sin parar. Eso es, era imparable”, contó el médico en la casa de su mamá, donde pasa temporadas según cómo esté la relación con su esposa actual.

Estaba imparable, al punto de que sus compañeros de la especialidad en el Hospital Nacional Psiquiátrico llamaron a la hermana, también médico, para pedirle que lo llevara al hospital, pero del lado de los pacientes internados.

“Estaba escocherado. Pensamos que en cualquier momento se mataba o iba a matar a alguien con el carro”, recordó su mamá.

La hermana esperó que Luis Carlos llegara a la casa y se medio durmiera. Le inyectó un sedante y lo llevaron en ambulancia al hospital donde él pretendía trabajar. Le esperaban cinco semanas inolvidables.

 LUIS NAVARRO
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“Fue como estar en el infierno, peor que estar en una cárcel. Mis compañeros me amarraban y me miraban como a un animal”, dijo Luis Carlos a este medio sin reserva alguna, vestido con pijamas y con dos paquetes de Marlboro rojo en la mano derecha.

Ahora Carlos está entrando en depresión, según su propio diagnóstico. Lo nota porque siente ganas tremendas de comer, sobre todo chocolate, como si el cuerpo astuto le pidiera esa sustancia anímica llamada serotonina, que influye en el humor.

También toma más café para reactivarse. Normalmente bebe unas ocho tazas diarias, pero en estas rachas puede consumir 16.

“Anda uno como agüevao ; sin ganas de hacer nada. Sin ganas de bañarse ni nada. Puedo pasar una semana sin bañarme”.

Luis Carlos habla a pierna cruzada con su pantalón de pijama color papaya, sandalias de cuero y camiseta blanca. Lleva una melena abundante, rizada y entrecana propia de sus 56 años.

Se peina para atrás, como un galán de los 80 y algunas de las cosas que dice las celebra con carcajadas sin complejos, enseñando la lengua manchada de café, como queriendo decir “soy muy malo”.

Pero es un buen muchacho, dice su mamá, que lo consiente mientras él quiera, mientras él no decida volver con su esposa o volver a sus andadas de la fase maníaca, cuando siente que puede comerse el mundo, que tiene energía para tener sexo sin pausas, por ejemplo.

“Ahora acabo de pasar unos meses de esos, de gastar plata en la calle, en moteles y en bares. Anda uno eufórico. Son días de mucho sexo, alcohol y euforia. Y no le gusta a uno tomar el medicamento para disfrutar esa etapa; se siente rico estar con toda esa energía y lo que menos quiere es que se la quiten”.

Así fue cuando le dio la primera crisis maníaca, la de 1996. Su experiencia, sin embargo, no podía ser tan crítica como la de otros internos del hospital. Su mamá lo visitó cada día, aunque no podía dejar de llorar cuando se despedía de él.

“Solo una vez fueron mis hijos a verme”, dijo al comenzar la entrevista. Media hora después contó que ahora tampoco los suele ver. Su vida familiar ha sido conflictiva. Lo dice sin rencor ni tristeza. Habla de sus hijos, exesposas y su esposa actual, con una distancia como quien habla de noticias internacionales.

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Su vida profesional de médico está acabada. Le otorgaron la pensión por invalidez cuando laboraba de médico general en los Ebáis que administra la UCR. Ahí había conseguido trabajo después de su paso fugaz por una clínica privada, donde fue cesado porque una examante suya lo denunció, contó.

“Llamó para decir que yo era un depravado”, pero él asegura que nada de eso es cierto. “Lo que pasa es que ya uno estaba coloreado como el médico loco”, dijo antes de soltar de nuevo una de sus risotadas de intrépido.

Así acabó la vida profesional y académica de Luis Carlos, dueño de una inteligencia que siempre lo tuvo subido en los podios, nada raro en las personas bipolares.

Fue ortopedista, pero se lesionó las vértebras. Quiso ser psiquiatra y acabó siendo paciente. Sus amigos lo vacilan diciéndole que estaría embarazado si hubiera estudiado ginecología.

Ahora se pasa el tiempo entre Internet y leer, escribiendo “cuentos degenerados”, haciendo ocasionalmente reiki (técnica japonesa de medicina alternativa) y lo que sea necesario para alimentar su proyecto de vida: “el mejoramiento humano”.

Luis Carlos nunca ha intentado suicidarse. No está en sus opciones. No le pasa por la cabeza la idea de acabar una vida en la que, sin embargo, está marcado: “Está uno condenado a que la gente te salude y te diga ‘qué bien te veo’. Uno está señalado y punto”.

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