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‘¿Quién dijo que era trabajo fácil?’

Actualizado el 18 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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Grettel Quirós vive en Ipís de Goicoechea y lucha porque Costa Rica reconozca los derechos de las trabajadoras del sexo. | MARCELA BERTOZZI..

Puerta adentro, cada mujer tiene que jugar a las fantasías sexuales de su cliente, sin pero que valga.

En la retina de ellas quedan grabadas escenas en las que las obligan a hacer de todo por dinero mientras sufren agresiones verbales o físicas.

“No es nada fácil. Una lo logra porque el poder de la mente es muy fuerte. Todo se hace por plata, pero sale cada hombre tan loco que una se asusta. Un cliente una vez ahorcó una gallina viva en su orgasmo”, recuerda Carolina Rivera, quien empezó a sus 22 años.

La peor sorpresa que esta hoy señora se llevó fue hace unos meses, cuando en un templo católico josefino levantó la mirada y se dio cuenta de que uno de sus clientes también oficiaba misa.

“Era el sacerdote. A mí casi me da algo y a él también cuando me vio. Me reconoció. De inmediato y al terminar la misa, me dijo que cuidado y yo decía algo”, manifestó Rivera.

En el trabajo sexual, las oraciones, las yerbas y el poder mental son los tres elementos básicos para sobrevivir en este negocio.

“Para la gente, es muy fácil juzgar sin ver todo lo que hay detrás de esa mujer. Una se baña en yerbas como ruda y menta porque ese tipo de matas atraen a más clientes”, reconoció Grettel Quirós, quien empezó desde hace tres décadas.

Ignoradas. En las memorias del diario de una prostituta se escriben relatos complejos y misteriosos.

“Se hace de todo con tal de no perder a ningún hombre”, aseguró Quirós, quien lidera la organización de trabajadoras sexuales La Sala. Ella sostiene que nació líder y acepta públicamente ser trabajadora del sexo. No quiere cargar con la pedrada social de ser una Magdalena, sino de luchar porque se reconozca el trabajo sexual.

“La lengua no tienen hueso y muchos opinan sin saber si mañana una hija o una nieta se convertirá en trabajadora del sexo.

”Yo lucho porque se reconozcan nuestros derechos. Ante todo, somos mujeres”, dijo Quirós.

Ellas forman parte del rostro que San José maquilla.

“Para la gente somos las fáciles; las prostitutas, las que no valen nada. ¿Quién dijo que era trabajo fácil?”, añadió Quirós.

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Cuando termina con un cliente, lo único que pasa por la cabeza es una dicha, “como cuando acaba una pesadilla”. La diferencia de que, al despertar, que la satisfacción de recibir unos billetes.

“Empecé a los 15 años. Mi mamá fue trabajadora del sexo; no fue nada fácil con cinco hijos.

”Me arrepiento de haberlos traído al mundo a sufrir. Lo peor que una puede hacer, como madre, es traer a un niño a sufrir”, añadió la señora, quien se tiñó el pelo de color morado porque asegura que eso le trae calma.

No importa el burdel; fino o barato, se sufre igual.

Lo que cambia es el precio, pues en hoteles donde se trabaja con una mayoría de clientes extranjeros o empresarios, los encuentros no bajan de ¢50.000.

“Probar no es malo; lo malo es que te guste. Muchas prueban y no les gusta; otras se quedan atrapadas en esto hasta que llega a convertirse en un vicio en donde aunque no ganen, necesitan seguir dando el servicio”, dijo Carolina Rivera.

Con el rechazo de muchos y el placer que disfrutan otros , el trabajo sexual mantiene abiertas las puertas de un negocio que está en crecimiento en la capital.

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