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Historia de San José: recuerdos de una ciudad recorrida por un tranvía

Actualizado el 18 de octubre de 2013 a las 12:00 am

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Historia de San José: recuerdos de una ciudad recorrida por un tranvía

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El tranvía en el sector de La Sabana. | Colección de fotografías de Álvaro y Carlos Castro Harrigan. Reproducción: Marcela Bertozzi.

E n el San José señorial y aldeano a la vez, donde brillaba como un sol exclusivo el Teatro Nacional, empezó a funcionar, la mañana del 9 de abril de 1899, el tranvía.

Ante los ojos jubilosos de sus tranquilos parroquianos, aquella máquina de leves chirridos empezó a deslizarse por rieles que atravesaron diversos sectores del casco central de una localidad fundada en 1737, y que había sido declarada ciudad por el reino español menos de un siglo atrás.

Los carretoneros y jinetes, así como los conductores de diligencias y volantas, tuvieron que detenerse para respetar el paso de ese novedoso transporte público movido por energía eléctrica.

Cautelosos, con los ojos bien abiertos, los primeros pasajeros abordaron ese medio de locomoción que se vino a unir al servicio del ferrocarril que ya atravesaba buena parte del Valle Central y que solo estaba a pocos meses –diciembre de 1899-, de quedar conectado con la vertiente Atlántica.

El San José señorial, de finos y elegantes modales, se abría campo, orgulloso, hacia la modernidad.

El primer trayecto iba de La Sabana hasta la estación de ferrocarriles al Atlántico. Poco a poco se fueron estableciendo ramales para llegar a San Pedro del Mojón (San Pedro de Montes de Oca), Guadalupe, Pavas, el sector de la estación del Pacífico. Y poco a poco aquella novedad pasó a ser rutinaria, de modo que con el transcurrir de los años, los automóviles y autobuses (cazadoras) lo fueron arrinconando hasta desplazarlo totalmente.

Así como un día, en el año de la víspera de un nuevo siglo, los ojos de los josefinos vieron con deleite el advenimiento del tranvía, así también, con total indiferencia, lo vieron desaparecer.

Eso fue el 1.º de agosto de 1950, día en que hizo su último recorrido. Se consideró que había agotado su función, y ni siquiera se guardó una máquina de esas para mostrarla a las generaciones futuras.

Hoy, cuando a la ciudad la asfixia el humo de los vehículos automotores, el tranvía revive como una cálida y pujante añoranza que tal vez se vuelva a materializar en no muy lejano plazo.

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