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Crónica: en un hospicio sin huérfanos

Una visita al hogar de 80 menores de Vista de Mar, en el mes de los niños

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Un extraño entró este viernes a conocer el caserío institucionalizado donde viven 80 niños sin su papá ni su mamá en el hogar que la Fundación Hospicio de Huérfanos tiene en Vista de Mar de Goicoechea.

Aquí las celebraciones del Día de Niño son distintas por fuerza mayor para una población que, en sentido estricto, no es huérfana, sino abandonada o en riesgo social.

Era este viernes el día para ir de paseo al Parque de Diversiones, pero hubo un contratiempo y la rutina se mantuvo. El extraño llegó temprano, recibió explicaciones y se puso a mirar a unos niños jugando en un play sobre charquitos.

De repente llegó por la espalda un niño como de cuatro años, agarró de la mano al extraño y no le dijo nada. Se quedó mirando también las hamacas y el subibaja.

El niño no quería decirle nada. Solo quería agarrarlo de la mano. El extraño lo saludó asustado y el niño le respondió con toda naturalidad. Se presentaron por el nombre y el pequeño siguió tomado de la mano como un hijo.

Ese extraño es el periodista que escribe este texto, pero eso le ha pasado a muchos que llegan a conocer este lugar, dijo después Carlos Morales, gerente de la fundación Hospicio de Huérfanos de San José.

Así comenzó la visita al hogar que en este mes de setiembre altera su agenda para celebrar a la niñez. Empresas u organizaciones llevan fiestas con juegos y jugos.

Llevan dulces y regalos que alcanzan apenas para romper el día a día en este hogar de doce casas rodeadas por una malla perimetral.

Este día no fueron a clases a la escuela Filomena Blanco. Algunos andaban en una marcha por la paz y otros jugaban en la callecita que atraviesa las casas con capacidad para doce niños y su encargada, a quien llaman “mami” o “ma”.

Los bebés ya habían tomado sol y tocado el zacate; ahora lloraban por tener que entrar a su casa. Mamá Laura los atendía con ayuda de una voluntaria alemana que se entretenía, sobre todo, poniéndoles los zapatitos que cada minuto se quitan los 11 bebés de esta casa.

“Es muy cansado, pero uno los quiere mucho”, dijo Laura, sosteniendo en brazos a un bebé a quien sus papás solo le dieron los apellidos. Un cartel rosado pegado en la pared dice en inglés que “el amor es la recompensa del amor”.

Entraron dos señoras de la junta directiva del Hospicio a ver la casa. “Si mi nuera viene aquí se lleva tres”, dijo una de ellas.

Travesuras. Algunos de ellos, aún siendo bebés, tienen conductas dignas de cuidado. “A estas alturas algunos esperan que uno no los vea para pegarle o agredir a otro”, contó Laura segundos antes de que una “traviesilla” de año y medio la llamara “ma” y le pidiera abrazo.

Las ventanas de la casa están protegidas por rejas y malla, a pesar de situarse en un “condominio”. La encargada dice que es para que las ventanas no se quiebren con algún bolazo o algún berrinche de los niños mayores.

Uno de esos mayores, mientras tanto, lavaba con agua y jabón una pila en la casa de los bebés. Está castigado. Esta es la “consecuencia” por haberse escapado con otros tres niños a un río varias horas.

“La malla es para que uno no se escape”, dijo el niño de 10 años oriundo de Guanacaste. “También castigaron a mis cómplices”, contó en referencia a quienes tuvieron en secreto la fuga de sus amigos.

Uno de esos “cómplices” tiene 11 años y está en segundo grado. Dice que es de Limón, que vivió en “Guanacanaste” y que sus papás son de Nicaragua. Tiene seis años viviendo aquí. Ha participado en “operaciones” como entrar a la enfermería y coger la leche en polvo.

Ambos viven en la casa para niños entre 8 y 12 años. Es la casa llamada Margarita y detrás de la puerta un rótulo recuerda las medicinas de Marlon (nombre ficticio), que tiene problemas de conducta.

Son Ritalina para el déficit de atención, Epival para prevenir convulsiones y un antidepresivo. Marlon andaba jugando con una llanta pintada de verde con un amigo que llegó hace dos meses.

Este amigo no llegó solo. Vino con sus cuatro hermanos menores. Para contar de dónde viene, dijo “Guápiles”, pero su hermana lo corrigió: “Guácimo”. Él insistía con Guápiles y ella con Guácimo. Entonces él aclaró: “Guápiles porque ahí está el PANI”.

Casi todos los niños aquí vienen de albergues del Patronato Nacional de la Infancia (PANI), entidad estatal que paga al Hospicio un subsidio por cada menor que atiende. En este hogar hay más campo, pero en el PANI no hay más dinero, dijo Carlos Morales.

En la Fundación tampoco hay capacidad financiera de atender una población mayor. Por día se gasta casi ¢1 millón. Se cubren con lo que da el PANI, la Junta de Protección Social y el 50% de las ganancias de los Festejos de Zapote, además de otras ayudas privadas e insuficientes, lamentó Morales.

Así se mantiene el Hospicio de Huérfanos que casi no tiene huérfanos. Tienen papás y mamás, pero lejísimos o no los conocen. Los cinco hermanos saben algo sobre los suyos. “Mi papá se fue y mi mamá vive con mi abuela (…) Ella sí viene... pero no ha venido nunca”.

Era hora del almuerzo. Los niños iban en grupo a la cocina central para llevar la comida a cada casa. Casi todos comen ensalada.

“Uno se encariña mucho con ellos. Son muy dulces aunque uno sabe el problema que traen detrás. O ni se imagina”, dijo la cocinera.

Protegerlos. El menú de este viernes era arroz con pollo, con pepino y tomate. En la casa San Vicente, donde viven ocho niñas y un varón, comieron con entusiasmo. La mayoría en esta casa es preadolescente y lo demuestra en el trato.

Cuando cumplan 13 y ya no se emocionen por el Día del Niño deberán irse a otros lugares. De momento, aquí comparten y se educan con lo que cada jornada puede dar.

Mientras comían, en el televisor de la sala se veía la película costarricense Gestación , que trata de una adolescente pobre que queda embarazada. La historia puede resultarle familiar a muchos niños aquí.

La historia de cada uno de ellos es confidencial. Quizá ni siquiera está completa en los expedientes que manejan los dos psicólogos y la trabajadora social.

Aquí a los niños se les da “contención”. Es el término de los técnicos para referirse a protegerles ante los peligros que enfrentan allá afuera, en sus casas o en las casas de familiares. O en la calle. Algunos menores han sido indigentes.

El gerente del Hospicio recordó el caso de un niño que llegó y no quería usar la cama. Prefería dormir en el suelo. Creían que era por estar acostumbrado, pero a la semana accedió a probar el colchón y él se preguntó si su mamá también estaría disfrutando de una cama o seguiría acostándose en las aceras. También dejaba siempre un poquito de comida para ella.

Aquí al menos tienen lo básico material. Comen bien, se visten aunque sea con ropa usada, tienen techo y medicinas. Además, hay abrazos, hay amigos y “cómplices”. Tienen computadoras sin profe de computación, libros sin quién les lea cuentos y campo abierto sin quién les dé educación física.

Nada es suficiente. Al gerente se le han acercado a las 5 de la tarde, cuando se va a su casa, para pedirle que los lleven con él a casa. Es decir, le piden una casa.

Tampoco es raro que un niño le pida a una visitante extraño que se lo lleve a casa. Es decir, que lo adopte, pero esos procesos los lleva el PANI y no el Hospicio. Aquí nada más llega una notificación de ingreso o egreso.

Este viernes, sin embargo, no hubo despedidas ni nuevos amigos. La fiesta del sábado sería con el mismo número de niños, igual que las actividades de gente solidaria.

A algunos de ellos se les acercará un niño, los tomará de la mano y mirará el paisaje como si nada.

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