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Diez meses de un pontificado transformador

El papa del toque humilde reorganiza al Vaticano

Actualizado el 26 de enero de 2014 a las 12:00 am

Crear una Iglesia más incluyente y sensible ha sido la tónica de su accionar

Decisiones radicales del papa causan algo de ansiedad al obispado

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El papa del toque humilde reorganiza al Vaticano

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Vaticano.NYT A menos de un año de iniciado su pontificado, el papa Francisco ha suscitado expectativas entre los mil millones de católicos romanos de que se avecina un cambio.

Ya transformó el tono del pontificado, confesando ser un pecador; respondiendo: “¿Quién soy yo para juzgar?”, cuando se le preguntó sobre los gais, y arrodillándose a lavar los pies de internos, incluidos musulmanes.

Menos evidente, aunque igualmente significativo para el futuro de la Iglesia, es cómo Francisco se ha enfrentado a una burocracia vaticana tan plagada de intrigas e inercias que habrían contribuido a la histórica renuncia de su predecesor, Benedicto XVI, en febrero pasado.

Es posible que, en última instancia, la gestión de Francisco no afecte a la doctrina de siglos de antigüedad de la Iglesia, pero ya está remodelando la forma en la que se maneja y quién la maneja.

Francisco ha estado sustituyendo sistemáticamente a tradicionalistas con moderados, mientras la Iglesia se prepara para un debate sobre el papel de los obispos de lugares remotos en la toma de decisiones del Vaticano, así como en una amplia discusión sobre la familia, en la que se podrían tocar temas delicados como la homosexualidad y el divorcio.

Primeras reformas. En Noche Vieja, en la basílica de San Pedro, Francisco, vestido con sotana dorada, insinuó los cambios importantes que ya echó a andar. “¿Qué pasó este año?”, preguntó, “¿Qué está pasando, qué pasará después?”.

Para algunos de los cardenales vestidos de escarlata, sentados en filas de sillones labrados, con brazos, durante el servicio de Año Nuevo, se aclaraba la respuesta.

El cardenal Raymond L. Burke, uno de los estadounidenses de mayor jerarquía en el Vaticano, ha visto diluida su influencia.

Se degradó a otro conservador, el cardenal Mauro Piacenza. Se marginó al arzobispo Guido Pozzo.

Hasta cierto punto, Francisco, de 77 años, solo está colocando a su propio grupo y lo está equipando para llevar a cabo la misión que estableció de crear una Iglesia más incluyente y relevante, que sea más sensible a las necesidades de los feligreses locales y de los pobres.

Sin embargo, también está desmantelando bloques rivales de italianos con influencia afianzada en la Curia Romana, la burocracia que administra a la Iglesia.

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Está incrementando la transparencia financiera en el turbio Banco Vaticano y cambiando totalmente el sistema de ascensos jerárquicos, que han buscado durante toda su vida muchos prelados.

El 12 de enero, Francisco hizo la primera marca al exclusivo Colegio Cardenalicio que elegirá a su sucesor al nombrar prelados que, en muchos casos, son de países en desarrollo y del hemisferio sur.

Instruyó enfáticamente a los nuevos cardenales para que no consideren el trabajo como una promoción o que desperdicien dinero en fiestas de celebración.

“Fue un año importante”, dijo el secretario de Estado, Pietro Parolin, el segundo funcionario en la jerarquía vaticana y uno de los únicos cuatro que Francisco ordenará cardenales en febrero. Al preguntársele sobre los cambios en el personal durante una entrevista en Año Nuevo, respondió que es natural que el papa argentino prefiera tener “a ciertas personas que puedan hacer avanzar sus políticas”.

Iglesia expectante. Las entrevistas con cardenales, obispos, sacerdotes, funcionarios del Vaticano, políticos italianos, diplomáticos y analistas indican que el ánimo dentro del Vaticano oscila entre la adulación a la incertidumbre, a una profunda ansiedad, y un toque de paranoia.

Varias personas dicen que temen que Francisco vaya departamento por departamento buscando que rueden cabezas.

Otros susurran sobre seis misteriosos espías jesuitas que actúan como los ojos y los oídos del papa en tierras vaticanas. En su mayor parte, los funcionarios otrora poderosos se sienten fuera del grupo de gente informada.

“Es complicado”, dijo un alto funcionario vaticano, quien, como muchos otros, insistió en el anonimato por temor a que Francisco los castigue. “Muchos dicen: ¿para qué hacemos esto?”.

Comentó que algunos funcionarios han dejado de presentarse a las reuniones. “Parecen adolescentes frustrados que cierran la puerta y se ponen los audífonos”.

Sigue siendo difícil definir a Francisco, un conservador doctrinal cuyo estilo humilde y gestos simbólicos han emocionado a muchos liberales.

En Navidad, los indigentes entraron en una antigua Iglesia en Roma para un almuerzo festivo, costeado por una organización católica laica.

Su fundador, Andrea Riccardi, fue alguna vez el enlace con la Iglesia cuando fungió como ministro del gobierno italiano, expresó esperanza en el cambio, pero también manifestó cautela en cuanto a que los funcionarios del Vaticano ignoren la agenda del papa.

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“Se oye a la gente hablar sobre ello en los corredores de la Iglesia”, señaló Riccardi. “La verdadera resistencia es seguir haciendo las cosas como de costumbre”.

El papa Franciso saluda a los cardenales en un salón del Palacio Apostólico del Vaticano. | NYT PARA LN
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El papa Franciso saluda a los cardenales en un salón del Palacio Apostólico del Vaticano. | NYT PARA LN

Reprimendas. Cuatro días antes, Francisco se reunió con la Curia en la Sala Clementina, el salón de recepciones del siglo XVI en el Palacio Apostólico, para pronunciar uno de los discursos papales más importantes del año.

Benedicto usó su última intervención navideña para denunciar el matrimonio de parejas del mismo sexo. Francisco utilizó su primer discurso para reprender a sus propios colegas en la Cura.

Les advirtió a los hombres de rojo y los de solideos púrpuras y sotanas negras, reunidos a su alrededor, que la Curia estaba en riesgo de ir a la deriva “en descenso hacia la mediocridad” y en convertirse en “una pesada aduana burocrática”. También llamó a los prelados a ser “objetores de conciencia” contra los chismes.

Fue una reprimenda incisiva por el ambiente nocivo que perturbó al pontificado de Benedicto y por el cual se responsabilizó con frecuencia al exsecretario de Estado, el cardenal Tarsicio Bertone.

Y fue un recordatorio de que Francisco, si bien un papa nuevo, no es nuevo en las maquinaciones de la Curia, ya que, cuando estuvo en Argentina, se peleó con una poderosa facción conservadora.

Ahora, Francisco habla en forma despectiva de “los obispos de aeropuerto”, más interesados en su carrera que en los feligreses, y advierte que los sacerdotes pueden convertirse en “monstruitos”, si no se los forma adecuadamente como seminaristas.

Está desmantelando el círculo de poder de Bertone, quien dirigía a un grupo de conservadores, centrados en la ciudad de Genoa, en Italia. En septiembre, Francisco degradó a Piacenza, un aliado de Bertone, de su cargo de manejar a la poderosa Congregación para el Clero.

Fue, para algunos, un indicio de que el nuevo papa podía actuar con cierta crueldad. Varios funcionarios vaticanos dijeron que la mayor transgresión de Piacenza había sido minar a su predecesor, un prelado brasileño cercano a Francisco, quien apareció con él en el balcón de San Pedro tras su elección.

Otro conservador del Vaticano se molestó por el desdén de Francisco hacia las vestimentas muy adornadas. Y la especulación de que Francisco podría convertir a Castel Gandolfo, la casa papal para vacacionar, en un museo o un centro de rehabilitación también ha generado alarma. “Si hace eso”, señaló un aliado de la vieja guardia, “se van a rebelar los cardenales”.

Por ahora, la resistencia no está ganando impulso. “El Espíritu Santo también triunfa derritiendo el hielo y superando cualquier resistencia”, señaló Parolin. “Así es que habrá resistencia. Pero yo no le daría demasiada importancia a estas cosas”.

Reacomodos. La misa de Año Nuevo en San Pedro concluyó con una procesión de sacerdotes que escoltaba a Francisco al salir de la basílica, seguidos por miles de fieles.

En la iglesia vacía, los cardenales y obispos se levantaron de sus asientos, saludaron a los dignatarios y se arremolinaron alrededor de la tumba de San Pedro.

Piacenza tomó su paraguas de una banca para orar. Pozzo se abrió paso hacia la puerta. Al preguntársele sobre los cambios que se están realizando en la Curia, contestó: “¡Ha sido un año sorprendente!”.

No lejos, Burke bendijo a unos cuantos rezagados y declinó comentar los cambios recientes sin permiso de sus “superiores”.

Semanas antes, Burke parecía posicionado para ser la voz más prominente de la resistencia a la gestión de Francisco, cuando dijo a un canal de televisión católico que no estaba “exactamente seguro por qué” el papa “piensa que estamos hablando demasiado sobre el aborto” y otros problemas de la cultura de la guerra.

Aproximadamente al mismo tiempo, Francisco concedió una entrevista al periódico italiano La Stampa . Volvió a hablar sobre “ternura” y abrir la Iglesia. Sin embargo, también agregó: “La prudencia es una virtud del gobierno. Al igual que la audacia”.

Fue un punto revelador. El 15 de diciembre, Burke regresó a la parroquia de su infancia en Stratford, Wisconsin, para celebrar una misa especial. Habló sobre sus raíces en una vaquería, pero decepcionó a algunos de sus parroquianos al no mencionar para nada a Francisco, ni lo que está pasando en el Vaticano.

“Esperaba que lo hiciera”, dijo Marge Pospyhalla, quien asistió a la misa. “Pero no, no lo hizo”.

Su silencio dijo suficiente. El día después de la misa, Francisco sacó a Burke de la Congregación para Obispos.

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