
La Selección tuvo ayer un inmejorable examen para probar cómo puede ganar la Copa Oro, pero también cómo perderla en cuestión de minutos.
Si quiere meter el trofeo en su vitrina, la oncena patria necesita replicar el primer tiempo del juego frente a México.
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En la fracción inicial, Costa Rica mostró un conjunto ordenado, sin reservas, preciso en la marca y efectivo al frente.
La Tricolor estuvo aferrada al toque del balón, a la seguridad de una línea de cuatro casi impenetrable y al equilibrio en la media cancha con Borges y Cubero.
También se vio fuerte arriba, inteligente en el contragolpe y letal al pisar el área enemiga.
En Orlando, la Sele fue capaz de arrinconar a los aztecas, ponerlos contra las cuerdas y sacarles su peor versión futbolística.
Dos claros ejemplos de lo anterior fueron los goles ticos; el primero, en el minuto 3’, Joel Campbell desarmó a Héctor Moreno y le sirvió el pase justo a David Ramírez para que firmara el 1-0.
En el 35’, el mismo Joel abrió el campo por la izquierda, encontró de nuevo a Ramírez y este con su centro provocó el autogol de Miguel Layún, en su intento de despejar el esférico.
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Hasta ahí todo era impecable para los nuestros, quienes tenían el control absoluto de un partido bravo. Porque está más que confirmado que jugar contra México nunca es sencillo.
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Quizás el único lunar, en el primer acto, para los hombres de Paulo Wanchope radicó en no lapidar a los mexicanos, meterles al menos un gol más y dejar que el segundo tiempo se convirtiera en solo un trámite.
Si eso hubiera ocurrido, hoy el titular sería otro.
No todo lo que brilla... La otra parte de la historia es cómo la Sele puede ir a la Copa Oro a repetir lo de sus predecesoras: participar y volver con las maletas vacías.
Las desatenciones ticas en los goles aztecas reseñan ineludiblemente cómo perder una ventaja notable ante un rival al que no se le puede dejar con vida.
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Los dos minutos fatales de la Mayor tuvieron un precio tan elevado que acabaron por reflejarse en el marcador.
El descuento azteca así lo evidenció. Al 52’, Giovani Dos Santos recibió un balón que no debía entrar al área y fusiló a Alvarado. Dos minutos después, Javier Chicharito Hernández cabeceó sin marca para decretar el 2-0.
La lectura de ambas jugadas fue idéntica: en la medular no se ejerció presión, la pelota llegó muy sencillo a los atacantes rivales y estos aprovecharon las bondades para sentenciar.
Ni por asomo, la Selección rindió en el complemento como en la primera fracción. Y cambiar tanto de un lapso a otro por lo general trae consecuencias.
Lo positivo es que la divisa nacional sabe que cuando entra enchufada es capaz de dejar con la boca abierta hasta a los más incrédulos. Lo negativo, que con pequeñas fisuras atrás, se vuelve un equipo expuesto a borrar con el codo lo que hace con la mano.