La Saprihora es como ese predio mágico donde el que persevera alcanza. Saprissa puede haberse enredado por largos lapsos del clásico, pero nunca perdió el norte de la urgencia que le imponía tener la ventaja deportiva en su contra. Fue así como un solitario –y agónico– grito de Heiner Mora rompió con los amarres de Óscar Ramírez y dio justicia al ahínco del local.
Vamos a la frialdad de los datos: antes de que Daniel Colindres tirara el centro que Mora empujó con el corazón (90’+1), la S solo había tenido una opción clara y fue en un tiro de esquina, al 17’, cuando un paradón de Patrick Pemberton apagó el festejo del alegre Adolfo Machado. Alajuelense no tuvo ninguna.

Eso habla de que si la ida de las semifinales marchaba sin goles fue porque el libreto era de puño y letra del Machillo. Ahí, en el terreno de los amarres tácticos, las faltas constantes y los detalles cuidados, la Liga gozaba de un negocio redondo.
El 0-0 se agrandaba y no solo por el genio de Ramírez. La culpa la compartía un Monstruo que casi todo el partido se entregó al juego artero y no supo aprovecharse de una Cueva magnifica, revestida de pasión.
También porque la trepidante zurda de Deyver Vega, anoche encendido como en otros tantos clásicos, nunca halló compañía. Ariel Rodríguez fue acertadamente controlado por los buenos defensores erizos. Y David Ramírez apenas apareció en el partido para pelear con Johnny Acosta, nunca para llevar peligro al área visitante.
Rasguña las piedras. Nadie sabe muy bien lo que quería decir Charly García cuando escribió uno de los himnos del rock en español. Tampoco fue muy claro lo que buscaba Saprissa. Lo cierto es que ambos ejercicios, el de leer la mente el ídolo argentino y el de romper los amarres de Ramírez, parecen ser tan prácticos como ponerse a rasguñar piedras.
El técnico tibaseño, Jeaustin Campos, se cansó de buscar variantes tácticas para maquillar el escaso ahínco ofensivo de sus dirigidos. Entró con línea de cuatro y pronto pasó a cerco de tres. Probó a tres laterales derechos (Alexander Robinson, Mora y Vega) y nunca logró abrir las alas. Rodó a Marvin Ángulo por toda la cancha y la creatividad no floreció. ¡Todo eso en 20 minutos...!
La Liga quiso –y pudo– amainar la pasión de la Cueva .
Saprissa no encontró la llave.
Pero en los últimos instantes –ya acabado el reloj– el León se puso temeroso, se encerró en su área y dio pie a que un fresco Colindres tirara el centro que devolvió la voz al estadio Ricardo Saprissa Aymá; “Goooolll...”.
