
El fútbol usualmente tiene segundas partes que pocos conocen. Detrás de cada gol hay más que un pase o una maniobra mal ejecutada por el arquero de turno.
El sábado anterior, a las 3 a. m., el lateral sancarleño Gustavo Jiménez recibió una cruda noticia: su abuela, Rosa Ferreto de 73 años, falleció.
Justo el día en que San Carlos regresaba a la Primera División, la vida le dio un golpe bajo al futbolista, quien desde que el club logró el ascenso tres semanas atrás, contaba las horas para salir a la cancha y enfrentrarse a Saprissa.
Mientras velaban el cuerpo de su abuela, en San Miguel de Sarapiquí, su madre le aconsejó que no asistiera al funeral y que viajara con los Toros del Norte a San José. La hora de salida estaba prevista para las 2 p. m. y las honras fúnebres comenzarían una hora después.
Con un dolor intenso, como él mismo describió, Jiménez abordó el autobús del equipo y se trasladó a la capital para jugar contra la S.
"La verdad fue muy duro y sobre todo muy triste, pero sabía que la vida sigue. Yo quería jugar contra Saprissa y más en el Nacional. Mi mamá me preguntó que cómo me sentía, que sí podía jugar y le dije que sí", recordó.
Justo a las 8 p. m., Jiménez saltó al campo con el número 17 en la espalda. Conforme los minutos pasaron y tras los sobresaltos que vivió San Carlos en el campo, de a poco se comió el carril izquierdo.
En el segundo tiempo, el lateral corrió al fondo, envió un centro que llegó con veneno a la cabeza de Juan Vicente Solís y este venció a Danny Carvajal, crucificado por la afición saprissista, no solo por ese tanto, sino por el que vendría después.
Cuando no había tiempo de reacción, Jiménez conectó un pase del capitán Álvaro Aguilar y con un toque preciso tumbó a Carvajal, firmó el empate a tres y silenció el Estadio Nacional. Aquella diana apagó por completo la sonrisa del saprissismo y aplacó la tristeza de una familia en San Miguel de Sarapiquí.
"Cuando estaba a punto de salir al campo sabía que no iba a ser fácil, pero ya tenía en mente que si anotaba un gol sería para ella. Y así fue", comentó el muchacho que, tras ver la pelota en la red, corrió a un extremo apuntando al cielo en señal de homenaje póstumo.
Aunque el dolor de la pérdida de su abuela estaba intacto, aquel gol sirvió de bálsamo, no solo para él sino para su círculo familiar, que, de lejos, siguió cada minuto del partido. Al Nacional solo lo acompañaron su novia y su hermana que, al igual que él, tenían sendos motivos para gritar la anotación.
"Fue una mezcla de sentimientos, cuando volví al pueblo todos estaban muy felices, mis papás, mis tíos, todos muy contentos por el gol. Y sobre todo orgullosos", expresó.
Ahora el jugador piensa en consolidar una carrera en Primera División, a la que ya le había metido 20 juegos antes del descenso norteño en abril de 2013.