Deportes

En el camerino de Juventud Escazuceña se hablan muchos idiomas

Actualizado el 20 de noviembre de 2016 a las 12:00 am

Un pequeño club en Escazú es casa de una singular gama de jugadores extranjeros, provenientes de todos los rincones del planeta. ¿Cómo es la vida de un futbolista de la Liga de Ascenso costarricense cuando no sabe hablar español?

Deportes

En el camerino de Juventud Escazuceña se hablan muchos idiomas

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Es mentira que todos los caminos conducen a Roma, pero si se mira con atención uno podría proponer y defender el caso de que no todos, pero sí muchos y largos, complejos caminos conducen a Escazú. Al estadio Nicolás Masís, en Escazú, para ser exactos.

El Nicolás Masís es, claro, un estadio de parámetros tropicales. Su cancha es artificial, únicamente tiene una gradería y si se patea la pelota con mucho ahínco pero poca brújula, es posible quebrar la ventana de una casa vecina o arrugar la tapa de algún vehículo estacionado cerca: detrás de los muros, hay un barrio que sigue su vida pacífica y silenciosa, haya o no haya partido, haya o no haya entrenamiento.

Hoy, que es un miércoles de noviembre con ribetes decembrinos –la brisa, el cielo despejado–, hay entrenamiento. Un par de docenas de hombres estiran sus músculos, siguen ejercicios determinados por el cuerpo de entrenadores y juguetean entre ellos. A simple vista, todos parecen ser bastante jóvenes. Tiene sentido, dado el nombre del equipo: Juventud Escazuceña.

El equipo nació con el amanecer del siglo: se fundó el 1°. de enero del año 2000. Compite en la Liga de Ascenso. Es un club, de nuevo, joven, que se compone sobre todo de muchachos propios de la zona.

Hay que decirlo: equipos como el Juventud Escazuceña rara vez aparecen en prensa nacional. La Liga de Ascenso –a la que, en cualquier conversación, el país entero todavía se refiere como Segunda División, epíteto con un dejo peyorativo–, por lo general, acapara alguna atención mediática meramente cuando se juegan los partidos definitorios, los que determinan cuál equipo competirá en la máxima categoría el año venidero.

Sin embargo, hace solo unos meses, Juventud Escazuceña apareció en la sección deportiva de La Nación . Era, apenas, una fotografía pequeña acompañada por un pie de foto breve. Algo llamativo, importante incluso, había pasado durante un juego del equipo.

George Lucas había anotado un gol.

Futbolista, no Jedi

Hoy, que es un miércoles de noviembre que ya acusa un fin de año tan cercano como necesario, George Lucas acaba de concluir el entrenamiento con sus compañeros de equipo. Su tez es morena, su acento parece provenir de tierras lejanas y su actitud es festiva, por decir lo menos: George Lucas es, está clarísimo, un tipo divertido.

También está clarísimo que este George Lucas en particular no tiene nada que ver con el cineasta estadounidense al que se le conoce con el mismo nombre, creador de algunas de las películas más importantes y populares de todos los tiempos.

George Lucas Freeman. Australiano. Llegó al país hace dos años. Comenzó jugando como delantero, pero ahora se posiciona en la defensa y como lateral. (Melissa Fernández)

“Lucas es mi segundo nombre. Mi apellido es Freeman. Mi nombre es George Freeman, pero cuando llegué todos empezaron a llamarme George Lucas”, cuenta al final de nuestra conversación, sin darle importancia, casi aburrido, como si todos los periodistas con los que hubiera hablado hasta entonces solo le hubieran preguntado por su nombre. “No le presto atención. Cuando la gente me dice algo, yo nada más respondo ‘¿ La guerra de las galaxias ? Ah sí, yo la hice’”.

George Lucas Freeman no hace películas, sino que juega fútbol. Nació en Australia. A los 18 años, cuando concluyó sus estudios de secundaria, se mudó a Estados Unidos. Ingresó a la Academia IMG, en Florida, en la que se brinda a prospectos del soccer una formación académica y deportiva con miras a colocarlos en distintos equipos profesionales.

Juventud Escazuceña  juega y entrena en el estadio Nicolás Masís, de Escazú. | FOTO: MELISSA FERNÁNDEZ
ampliar
Juventud Escazuceña juega y entrena en el estadio Nicolás Masís, de Escazú. | FOTO: MELISSA FERNÁNDEZ

Lo que empezó como una pasantía se convirtió en un contrato: George lleva ya dos años en Costa Rica y se siente en casa (con excepción de cuando toca montarse a un carro y enfrentarse al tráfico costarricense: “Las primeras veces estaba seguro de que iba a morir, ¡los carros hacen lo que quieren aquí!”).

Los profes

El de George, empero, no es un caso único: Juventud Escazuceña es algo así como una Torre de Babel deportiva, por la que han pasado –y todavía juegan– futbolistas provenientes de todos los rincones del planeta.

Italianos, japoneses, estadounidenses, australianos, iraníes, colombianos, centroamericanos, venezolanos. La lista que mencionan Christian Moukhallaleh, director técnico, y Rodrigo Abello, preparador físico, es extensa y diversa. Ellos mismos, incluso, vienen de allende fronteras.

Abello llegó desde Colombia hace 14 años y ha trabajado para muchísimos equipos de fútbol en nuestros país, tantos de primera como de segunda categoría. Su trabajo, asegura, le ha permitido conocer Costa Rica a profundidad. No miente: el deporte profesional obliga a recorrer largas distancias para enfrentar los compromisos.

Rodrigo Abello. Colombiano. Preparador físico. Lleva 14 años viviendo en Costa Rica, y ha trabajado para muchísimos equipos de primera y segunda división. (Melissa Fernández)

Ese peregrinaje es más profundo cuando se participa en la Liga de Ascenso. George cuenta cuánto le sorprende ir a jugar a pueblitos en los que el terreno de juego es, básicamente, polvo. Lo mismo cuando, como en el Nicolás Masís, la cancha es artificial. “Al principio me molestaba un poco en las piernas, porque estaba acostumbrado a jugar únicamente en canchas naturales. Me tomó un poco de tiempo hacerme a la idea”:

Para Abello, jugar en Coto Brus sigue siendo algo memorable. Montarse en un bus de madrugada, moverse todo un día sobre la carretera, jugar un partido a escasos kilómetros de la frontera con Panamá y devolverse al Área Metropolitana sin descanso suena, sin duda, como una experiencia que difícilmente se borra de la memoria.

A Moukhallaleh tampoco se le ha borrado de la memoria tener que escapar de Venezuela hace ya siete años. La situación ahora es peor que entonces, claro, me asegura, pero ya desde aquel momento su país evidenciaba una salud social y económica lamentable y decidió, con el pesar que solo conocen quienes migran sin opción, abandonar su país e instalarse en este.

Christian Moukhallaleh. Venezolano. Migró de su país por la mala situación económica, social y política. Es el director técnico de Juventud Escazuceña. (Melissa Fernández)

Antes de ser el director técnico del equipo, fue asistente del entrenador previo: el brasileño Luis Fernández Teixeira, otro extranjero que tuvo un paso destacado por la primera división criolla. Ahora, Moukhallaleh –de ascendencia siria– tiene a cargo a un grupo de jóvenes cuyos pasaportes bien podrían formar un arcoíris.

“Uno aprende mucho de ellos, y los muchachos costarricenses también”, cuentan los técnicos. “Los extranjeros aprenden español con nosotros, aprenden de la cultura costarricense. La interculturalidad enriquece mucho al grupo”. Mencionan que en el juego y en el comportamiento es interesante notar las diferencias culturales, pero también apreciar en primera fila cómo los propios jugadores aprenden de los demás.

Dicen que no hay mejor escuela que viajar, porque convivir con personas de otras culturas borra estereotipos. Ingresar al camerino de Juventud Escazuceña es como viajar sin salir del Nicolás Masís.

El rey de Sacramento

Chimmy es tan alto que bien podría jugar para el equipo de baloncesto que ama y cuyos partidos no se pierde. Es difícil encontrar un bar en este país de futboleros que pase con constancia los partidos de los Kings de Sacramento, así que a Chimmy no le queda remedio más que buscar los partidos en línea y verlos en su computadora.

George y Chimdum  viven juntos, en la casa de su agente deportivo, en Escazú. | FOTO: MELISSA FERNÁNDEZ
ampliar
George y Chimdum viven juntos, en la casa de su agente deportivo, en Escazú. | FOTO: MELISSA FERNÁNDEZ

“Se vuelve loco cada vez que juegan los Kings”, le expone George, con quien comparte casa desde hace dos meses. Chimmy, que se llama Chimdum Mez y que nació en California hace 22 años, solo se ríe y dice This guy , como diciendo George, dejá de ponerme en vergüenza.

Chimmy es alto, de piel negra y de piernas fuertes; con ellas, aspira a anotar muchos goles con Juventud Escacuzeña o con cualquier otro equipo que le abra las puertas en el futuro. Llegó a Costa Rica por una recomendación de un amigo suyo, Ramón Martín del Campo, que firmó con Saprissa en enero del 2015 pero apenas tuvo oportunidad de jugar antes de marcharse.

“Realmente no sabía gran cosa de Costa Rica, pero luego de verlos en el mundial de Brasil 2014, aprendí sobre la gran técnica de sus jugadores. Quería aprender de eso”, cuenta. Apenas está aprendiendo a hablar el español, pero la amistad de George le ha sido invaluable. Fue su primer apoyo, un angloparlante en un equipo tropical.

Chimdum Mez. Estadounidense. Lleva dos meses en Costa Rica, jugando como delantero. Apenas está aprendiendo español y mejorando su juego. (Melissa Fernández)

“En mis primeros partidos, los entrenadores me decían cosas; yo nada más asentía y pensaba ‘No tengo idea de qué acabas de decir, pero voy a entrar y jugar lo mejor que puedo”, cuenta Chimmy entre risas.

“Es un proyecto del club. Tenemos un acuerdo con la academia IMG, de Florida”, comenta José Francisco Villalobos, gerente de Juventud Escazuceña. “Hacemos programas de intercambio, cuyo costo económico corre a cargo de la academia, que nos permite recibir jugadores de otros países y que nuestros muchachos también puedan jugar allá”.

En algunos casos, las pasantías de los extranjeros en Juventud Escazuceña son breves: un mes, dos semanas, un trimestre. En algunos casos, como el de George, el club hace el esfuerzo económico para ofrecerle un contrato permanente. La esperanza de Chimmy es firmar su propio acuerdo para quedarse en nuestro país durante más tiempo.

“Cuando recién llegaba a Costa Rica, se estaba jugando el mundial. A donde quiera que iba, la gente estaba viendo los partidos y se volvían locos con los resultados”, recuerda George de sus primeras experiencias en nuestro país. “Nunca había visto un nivel de pasión por el fútbol como ese. ¿Cómo no me iba a querer quedar aquí?”.

  • Comparta este artículo
Deportes

En el camerino de Juventud Escazuceña se hablan muchos idiomas

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Danny Brenes

danny.brenes@nacion.com

Periodista de entretenimiento

Se unió a Grupo Nación en el 2012. Escribe para la Revista Dominical desde principios del 2015. Trabajó en la revista Su Casa y en 89decibeles.com.

Ver comentarios
Regresar a la nota