Gracias, Saprissa, por haber exhumado el atávico fantasma de nuestro infantilismo futbolístico con respecto a papi México. Era un complejo de inferioridad que creíamos superado. Mi equipo -¡qué vergüenza!- ha vuelto a consolidarlo. Gracias, remolachas apachurradas, por habernos devuelto a la infausta época del 7-0 y el 7-1 (para la “Antología Universal del Escarnio”, nuestro técnico era Etchegoyen, apodado “Echengoles”). México “hacía series” con nosotros, y nos veía como una tribu pre-futbolística del paleolítico inferior.
Se suponía que esta pesadilla había quedado confinada al tenebroso Medioevo de nuestro deporte. Pero Saprissa -los comediantes de la Concacaf- nos devolvieron a 1975. Cien años bajo la égida azteca, de liliputismo futbolístico que creíamos exorcizado con nuestro glorioso 2014… pero Saprissa revirtió en dos noches anoréxicas. Volvimos a dibujarle al simpatiquísimo Faitelson su adorable sonrisa de Moctezuma supremacista, esa que tanto disfrutamos.
El problema no es perder. La derrota es constitutiva del futbol. El problema es que Saprissa no es capaz de anotarle un gol al Arco de Triunfo a un metro de distancia (la endémica falta de definición de nuestros delanteros), y que no tienen tampoco la dignidad, el amor propio, las gónadas para reivindicarse con una aguerrida segunda batalla. Cuando una justa deportiva está perdida, hay que hacer del honor el nombre de la nueva lucha, la causa que urge restañar.
