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Del precario Aguantafilo al condominio los Olivos

Actualizado el 28 de octubre de 2012 a las 12:00 am

Noventa y seis familias en extrema pobreza dejaron sus tugurios para mudarse a unas torres de apartamento. Ahora su vida es más digna, pero la adaptación no es fácil.

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Pasaron 29 años para que pudiese dejar el precario. Fueron casi tres décadas de latas de zinc, zancudos, aguas negras y ventas de droga al frente de su rancho.

Desde fuera, pensamos que, con el paso de tiempo, la gente se acostumbra a vivir así: incómodos en la insalubridad y el hacinamiento. Pero no, pueden pasar dos siglos y un tugurio seguirá siendo tugurio.

Ahora, instalada en el apartamento número 52 de la torre cuatro del recién inaugurado condominio Los Olivos, Maribel Ruiz Escobar, mira hacia su pasado reciente y cruza los dedos para que este se quede allí, para que no vaya tras ella y la haga prisionera de nuevo.

Su vieja vida en Aguantafilo la describe con una palabra: “Espantosa”.

A sus 38 años y con tan solo dos días de haber dejado de ser una precarista para convertirse en una condómina, siente que todo empieza, que se comienza a escribir, no un capítulo más de su vida, sino toda una nueva novela, con menos drama y más esperanza, pero también con el reto de la adaptación por delante... se vienen más responsabilidades.

Ella es parte de una de las 96 familias de la comunidad 25 de julio, en Hatillo, beneficiadas con el proyecto de vivienda social Los Olivos. Este consiste en cuatro torres de apartamentos y es el primero y único condominio vertical de interés social (destinado a familias en pobreza extrema) que hay en el país.

Aguantafilo es el nombre popular que se le da a la comunidad 25 de julio. Allí, el asentamiento tuvo su pedacito de tierra durante más de 40 años. Ahora, donde estaban las decenas de casitas hechizas, solo quedan lotes baldíos, escombros y madera vieja; la Municipalidad josefina se apura a recuperar el terreno, antes de que lleguen nuevos invasores .

Los vecinos no tuvieron que caminar mucho para la mudanza, pues Los Olivos queda a tan solo un par de cuadras de su antiguo hogar. La idea del proyecto, desarrollado por la Fundación Costa Rica-Canadá y el Banco Hipotecario de la Vivienda, fue mantener el arraigo de las familias con la comunidad, que los adultos conserven sus empleos y los niños sigan en las mismas escuelas. {^SingleDocumentControl|(AliasPath)/2012-10-28/RevistaDominical/Articulos/RD28-LOSOLIVOS/RD28-LOSOLIVOS-summary|(ClassName)gsi.gn3quote|(Transformation)gsi.gn3quote.RevistaDominicalQuoteConExpandir^} Paisaje

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Un guarda que no recuerda el nombre de la empresa para la cual trabaja, resguarda el portón. El señor, un adulto mayor de cabello y bigote blanco, se conoce bien la regla de no dejar entrar a personas ajenas al condominio, a menos que tenga el permiso de algún residente.

El abuelo y la verja separan a Los Olivos del resto de 25 de julio. Adentro hay zonas verdes, áreas comunes para hacer fiestas, hamacas y subibajas donde los niños pueden disfrutar sin que sus padres se preocupen.

Kimberly Badilla, una de las beneficiarias, no duda en decir que ese es el principal beneficio: que los chicos jueguen afuera tranquilos y sin estar expuestos a la “calle”.

Claro, la muchacha de 22 años también resalta la comodidad de su apartamento, de 38 metros cuadrados. Antes, vivía en un mismo cuarto con su esposo y sus tres hijos.

“Viera el baño, era asqueroso, de hueco. Ahora ya tenemos un servicio propio, solo basta eso para darle gracias a Dios”, dice esta mujer que, además de ama de casa, se gana un dinero como payasita en fiestas infantiles.

Su marido trabaja como recolector de basura y la mayoría de los condóminos son obreros como él: laboran en fábricas, imprentas, o como choferes o vendedores ambulantes.

“Otros trabajan en la ANDE... ande pa arriba, ande pa abajo, pellejeándola en lo que salga”, añade Kimberly.

Adaptación

Cada torre consta de 24 apartamentos distribuidos en cuatro pisos, los corredores reciben el baño de la luz del sol y hay escaleras de emergencia y rampas para personas con discapacidad.

Pero, la mudanza a Los Olivos no es el final de un cuento de hadas con el lugar común de “vivieron felices para siempre”; todo lo contrario. Es el inicio de una aventura llena de desafíos.

El principal reto es cambiar la mentalidad de vivir en el caos de un precario –con todas las libertades que eso implica– a vivir en el orden de un condominio –con todas las limitaciones que eso conlleva–.

Las 96 familias deberán acatar las reglas de la Ley Reguladora de la Propiedad en Condominio ( ver nota aparte ), pensar de manera más colectiva y menos individual.

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Para mantener el orden y regular la convivencia, se nombró –como en cualquier otro condominio– una junta directiva integrada por seis residentes, entre ellos Kimberly y Maribel.

Esta última reconoce que hay vecinos “complicados” y egoístas, que no saben seguir las reglas e irrespetan a los demás sin ningún reparo.

Entre las normas básicas sobresale: no poner música a todo volumen a determinadas horas y no tener perros sueltos ...

Además, hay que pagar una cuota de ¢20.000 para el mantenimiento de las áreas verdes y la seguridad, entre otros gastos. Todavía no se ha tenido que cancelar el primer pago, pero la junta sabe, desde ya, que habrá quienes se opongan.

“Imagínese: en el precario solo se pagaba la luz, nada más. Aquí hay que pagar luz, agua, mantenimiento... Hay quienes no están acostumbrados, por eso es complicado; es un cambio total”, explica, Maribel, quien fue nombrada tesorera.

Por su parte, la vocal, Marjorie Zamora, argumenta que, pese a la indiferencia de algunos, la gran mayoría de vecinos está comprometida con el proyecto y quiere hacer las cosas bien.

Katiana Aguilar, subgerente de la Fundación Costa Rica Canadá señala que lo ideal hubiese sido dar un acompañamiento a las familias para que se adaptaran a la nueva vida en condominio, aunque esto tampoco es garantía de éxito. {^SingleDocumentControl|(AliasPath)/2012-10-28/RevistaDominical/Articulos/RD28-LOSOLIVOS/RD28-LOSOLIVOS-rec2|(ClassName)gsi.gn3quote|(Transformation)gsi.gn3quote.RevistaDominicalQuoteConExpandir^} “Sin importar la clase social, hay problemas y conflictos en cualquier tipo de condominio. La música, la relación entre los chiquillos, el atraso en el pago de las cuotas... eso pasa en todo lado, pero eso no significa que el sistema no funcione”, opina.

Aguilar se apresura además a recalcar que una solución de vivienda no sacará a estas familias de la pobreza , pues requieren una respuesta integral que incluya acceso a la eduación y a servicios de salud, así como a buenas opciones laborales.

Sin embargo, el solo hecho de tener un techo digno, su calidad de vida mejorará y crecerán sus opciones de ascenso social.

Este primer condominio vertical se da en el marco de una transformación en la forma en que viven los ticos y se expanden las ciudades, pues cada vez hay menos terreno para crecer en forma horizontal.

Conscientes de esto, los vecinos de Los Olivos se comprometen a conservar en buen estado el inmueble, a mejorarlo y embellecerlo, y a habitar en armonía. El anhelo de todos es el mismo que el de Maribel: dejar el precario atrás, que este no los alcance. Ese estilo de vida ya está del otro lado de la verja y el guarda tiene la orden de prohibirle la entrada.

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