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El lauro de Laura

Como presidenta, es una dama de primera; cálida, sensible, exquisita. Y como buena tica, apuntadísima a todo. Igual le entra al chifrijo, que a la langosta al curry; al vigorón de chinamo, que al faisán manchego. Del mismo modo, si hay que trasnochar entre boleros de Lucho Gatica, ahí estará hasta el amanecer guitarreando la “Enorme distancia”. (Sin alusiones políticas).

Eso sí, cuando se le sale el aborigen, se planta firme y enhiesta. Pero, aun así, es adorable. Se da a querer. Provoca incluso saludarla de apretón, sin sobrepasarse eso sí, pues su esposo es experto en seguridad. En síntesis, es la gobernante soñada pero para una Costa Rica con todos sus problemas resueltos. ¿La del año 3000?

Lamentablemente ella advino a la presidencia en otras circunstancias, es decir, como un avatar de la política y en un momento peliagudo para el país. Arribó a Zapote de la única forma en que podía hacerlo: a bordo del portaviones de los Arias y como el puente de plata entre uno y otro para mantenerles intactas sus euforias dinásticas, y aunque parece haberse distanciado de ellos y vuelto a acercarse a uno, de poco o nada le servirá si carece de músculo político propio, de liderazgo y de un encantador de serpientes al lado que le sosiegue al Santo Binomio.

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