Eran como las 2 ó 3 de la madrugada. Nosotros seguíamos con la charla, guitarra en mano y con un vinito Viña Canuto, de los más baratos de aquellos tiempos. Los vecinos de mi casa de Los Yoses tosían a manera de protesta para que nos callásemos de una vez. Yo le hice un gesto a Fidel como de “Bajemos la voz, que nos matan”. Mis hijos pequeños también dormían (y tosían), y él arrancó suavecito con una especie de habanera guanacasteca, y a media voz cantó: “Anoche fui a Liberia / a eso de las dos. / Por todo mundo se oía: / ‘Cos, cos’, la maldita tos, / ‘Cos cos, cos cos, cos cos’, / la maldita tos”.
Yo exploté en risotadas y sorpresa de la buena por la ocurrencia de Fidel y por la belleza
Ese canto vivía y se construía desde hacía años en Costa Rica. Recordemos al grupo Tayacán, con Luis Enrique Mejía, Rigo Salas, Quincho Rodríguez y Orlando Gamboa (el
Nuestro incipiente proyecto estaba aún en calidad de exilio, apoyado por Rafa Acosta, Rigo Salas, Chiqui Ortiz, Jordi Antich y otros, con el sur dolido vibrando en las cuerdas y la garganta, aportando arreglos y aprendiendo los nuevos ritmos para históricas causas compartidas e incorporando pensamientos brechtianos de la pluma y la pasión de Virginia Grutter.
Inti Huasi era Carlos Saavedra y Pedrito Arce (otro ausente). Se oía la dulce trova de Juan Carlos Ureña, solo o con el dúo Octubre, junto a Paulina Chaverri o Marisol Antillón. Vivía el Arauco poético y sangrante de Víctor Canifrú y Alejandra Acuña, y quién sabe cuántos más que por mi injusta inmemoria no nombro, haciendo y creyendo desde la vieja casona del CECUPO (Centro de Cultura Popular) en San Pedro de Montes de Oca.
En el 79 se había fundado oficialmente el Grupo Experimental. Desde el principio invité a participar a un flaco alto, desgarbado, callado e inquieto, a quien había conocido en el Castella en clases de música y tocando el saxo alto de maravilla en el Grupo de Jazz del Conservatorio: Fidel Gamboa era su nombre.
Él se incorporó de a poquito, con la timidez y la cautela de siempre, porque, desde el
Allí irrumpía el saxo salvaje de Fidel, como un grito en la selva, como una llamada de la tierra, con una rítmica abrumadora y con escalas sabiamente construidas que conducían inexorablemente al infinito, con un pitazo al límite del grito que llamaba al combate.
A todo esto, las cuerdas desesperaban por respirar en medio de la descarga, hasta que volvía el arreglo orquestal, clave distintiva del Experimental, y cada cosa volvía a su lugar para que la poesía y el mensaje retomasen la palabra.
Es justo decir que lo conceptual de la propuesta se manifestaba y se manifiesta también en el lenguaje de cada instrumento porque ¿quién podría decir que
Rubén Pagura, presente desde los inicios del movimiento, arrancaba fuerte con La Oveja Negra, llevando y trayendo la barriada con su riqueza urbana y su día a día. Lo acompañaban Juan Carlos Ureña, María Pretiz, Bernal Villegas y otros de los buenos músicos del momento.
Los 80 florecían para los nuevos cantos y hasta se formó una “nuevita canción”. Gracias a este género, Costa Rica empezó a interactuar, dentro y fuera de las fronteras, con los más grandes del continente: Silvio Rodríguez, Daniel Viglietti, Alfredo Zitarroza, Amparo Ochoa, Inti Illimani, Quilapayún, Mercedes Sosa, Pete Seeger, León Gieco y Tania Libertad más tarde, siempre Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy y tantos otros.
El Experimental le daba la vuelta al mundo, hasta el punto de que, cuando nos presentaban en algún concierto, el locutor decía: “Han tocado en Norte, Centro y Suramérica, islas del Caribe, Europa y Medio Oriente”. Esto último le causaba gracia a Fidelito, y tenía razón: era exagerado y rimbombante.
Allí estábamos todos, juntos en una época de luz y sin sombras: Iván Rodríguez al violín, Jaime Gamboa en el bajo, Kin Rivera en la batería, Berni Monestel en la percu, Gaby Alfaro en el cello, Jorge Rodríguez en el oboe; antes, Manuel Rojas' Tantos nombres, tanta historia' Guadalupe Urbina nos mostraba de dónde eramos, como María Pretiz, con piano y canciones que siempre nos hablan.
Así pasamos de década sin darnos cuenta, a puro canto y razones. Dimos la bienvenida a Editus con su esencia instrumental poética y con sus logros internacionales conjugando el ser costarricense.
La cronología del nuevo canto no cabe en estas páginas ni en muchas más. Llegaron “los trovadores”: Humberto Vargas, con su naturalidad triunfadora, poniendo en canto alto al país; Bernardo Quesada, Allan Guzmán, Esteban Monge y tantos otros. Llegó el presente colectivo en el nuevo Malpaís.
Fidel, creando y cantando; Manuel Obregón y sus musas flotando en las escaramuzas de Tapado Vargas, y Jarquín, con la sabia savia de Jaime e Iván.
Ellos eran el paso siguiente; lo sabía muy bien Fidel, quien había sembrado y recogido en cada surco: sacar el alma de la tierra, poner lo de aquí allá y en el más allá, contar las historias de ellos porque eran las nuestras, historias de un buen país, “antipódico” Malpaís.