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Actualizado el 23 de octubre de 2012 a las 12:00 am

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Podríamos encasillar el creciente problema de la desigualdad en Costa Rica invocando un viejo refrán: Mal de muchos, consuelo de tontos.

La desigualdad crece. Pero no estamos solos. En el mundo ha aumentado en las últimas tres décadas, incluidos los países ricos donde antes el pastel se repartía más equitativamente. Medida por el coeficiente de Gini (cuanto más alto, mayor desigualdad), en EE. UU. creció de 0,30 a 0,39; en Inglaterra, de 0,27 a 0,34; en Alemania, de 0,24 a 0, 32.

En países emergentes, como China e India, también se disparó (de 0,29 a 0,42 y de 0,31 a 0,34 respectivamente). Hasta en Suecia, campeón de la igualdad, creció de 0,20 a 0,24, pero sigue siendo bajo. Brasil sí la hizo bien, pues logró bajarla sin sacrificar el crecimiento. Pero en Costa Rica no nos fue nada bien. En ese lapso subió de 0,37 a 0,47, registrando un abrupto salto a partir del 96. ¿Podemos consolarnos, como tontos, conforme al viejo refrán? No. Debemos fijarnos en el modelo sueco para mantenerla baja y en el brasileño para reducirla.

Algunos invocan la globalización entre los factores a inculpar; otros, el gran desarrollo tecnológico que sumió en la obsolescencia a grandes sectores laborales y el dinamismo de los servicios en oposición a la mano de obra no calificada, y el aumento de la inmigración, que incrementa la oferta de trabajo no calificado. Pero también cuentan la ineficiencia e insuficiencia del sector público en sus esfuerzos por producir una sociedad más igualitaria, y la intervención estatal a favor de ciertos sectores acomodados por el clientelismo político. Como dice The Economist en una reciente edición, “con la crisis las cosas cambiaron, el rescate a los bancos mostró el foco de injusticia de un sistema que salvaba a los afluentes banqueros mientras que las personas comunes y corrientes perdían sus casas y trabajos”.

¿Qué hacer en tan crueles circunstancias? La lista es grande; rescatemos solo tres: destetar el clientelismo político (empresarios protegidos, sindicatos, empleados públicos sobrepagados e instituciones innecesarias) para destinar esos recursos a los pobres; reformar el sistema tributario (a lo que renunció Laura Chinchilla lastimosamente) para incrementar la recaudación, pero sin desestimular el trabajo individual ni la iniciativa empresarial; e invertir en educación. Pero –¡ojo!– no basta destinarle más recursos. Hay que mejorar la calidad, como aconsejan The Economist en un inspirador ensayo denominado Verdadera progresividad, y Miguel A. Rodríguez en una reciente charla ofrecida en la Academia de Centroamérica, disponible en su página web. Ambos son de lectura obligatoria.

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Jorge Guardia

Abogado, economista y columnista de La Nación. Fue presidente del Banco Central y consejero en el Fondo Monetario Internacional. Es además profesor de economía y derecho económico en la Universidad de Costa Rica.

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