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Francisco Álvarez González, un pensador inmortal

Actualizado el 05 de febrero de 2013 a las 12:00 am

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Francisco Álvarez González, un pensador inmortal

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El Dr. Francisco Álvarez González exhaló el último suspiro el pasado viernes 25 de enero, hacia las diez y media de la mañana, en su casa, en la ciudad de Heredia. Desde ese mismo instante, la desazón y un indescriptible sentimiento de vacuidad se adueñaron del círculo íntimo que seguimos, paso a paso, el fatal desenlace.

Así, serenamente, se fue de nuestro lado un hombre a todas luces excepcional, abogado y, por sobre todo, filósofo de enjundia incomparable, discípulo personal de José Ortega y Gasset.

Español, nacido en Madrid un 28 de agosto de 1912, completó una larga existencia de cien años –cuarenta de ellos en Costa Rica– y, mucho más que eso, plena, inmensamente plena y fructífera, por lo que hizo y lo que entregó.

Francisco Álvarez decidió un buen día, por vocación y convicción, transitar por los largos y espinosos senderos del pensamiento y la cultura. La atmósfera intelectual de la España en que se desenvolvió no pudo ser mejor, pues fue, ciertamente, esplendorosa y magnífica. Ello le permitió beber, sorbo a sorbo, el venero especulativo que a raudales dio ese extraordinario momento histórico de las letras españolas –tanto, que muchos coinciden en considerarlo como un “segundo siglo de oro”–, forjado por la acción de tres generaciones sucesivas, separadas, más o menos, por intervalos de diez años: la primera, que agrupa a los poetas modernistas y a los prosistas del 98, cuya figura principal es Unamuno; la segunda, comandada por Ortega y Gasset; y la última, con García Lorca a la cabeza.

Ahí, en medio de ese anchuroso y profundo mar de riqueza intelectual, encontramos al joven Francisco Álvarez, yendo y viniendo por los pasillos de la Universidad de Madrid, junto con toda una pléyade de camaradas de estudio, que vendrán luego a formar lo que se ha dado en llamar “la Escuela de Madrid”.

Señera andadura. Con el paso del tiempo, los tortuosos avatares de la vida política y sociedad españolas de entonces hacen que este egregio pensador, profundo hombre de letras y humanista, abandone su primera y ancestral “morada” –como él tanto gustaba de decir–.

Y así, en busca de otros espacios y gentes, en 1951 toca tierras americanas. Ecuador es el primer país que, a su llegada, le abre las puertas de par en par. Cuenca, capital de la sureña provincia del Azuay, será testigo de la incesante y fecunda labor que, a lo largo de catorce años, despliega Francisco Álvarez. Organizó la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cuenca, de la que fue decano, elaboró la reestructuración de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Guayaquil y contrató la llegada al Ecuador de destacados profesionales y operarios españoles, que van desde el aula universitaria hasta la artesanía.

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En 1965, Chile reclama la presencia del Dr. Álvarez, que, hasta el año 1971, se desempeñará como profesor titular y director del Instituto de Filosofía en la Universidad de Concepción. Y, en 1971, nuevamente otro país, mucho más al norte de la inmensa geografía de América, solicita el verbo y la pluma de tan insigne académico. A partir, pues, de esa fecha, y exceptuando un breve período de casi dos años en que regresa a Ecuador, viene a Costa Rica para quedarse, pues esta se convierte en su definitiva y permanente “morada”.

Aquí, de su muy intenso y brillante quehacer intelectual fueron depositarias, principalmente, la Universidad de Costa Rica, la Universidad Nacional y la Universidad Autónoma de Centro América, en las que, de otro lado, ejerció diferentes cargos de dirección y coordinación. Además, el hombre de a pie también pudo cultivarse con sus innumerables conferencias y artículos en la prensa, entre ellos los publicados en la Página quince de este diario.

Ingente obra. Pero, más allá de la cátedra, de la palabra, del contacto directo y personal, el Dr. Álvarez, con el mismo empeño y honestidad, plasmó también en sus escritos su impronta y solera intelectuales. Aquí, en esta vertiente de su quehacer, su pensamiento y genialidad, rigor y criticidad, erudición y profundidad alcanzan su más perfecta y culminante realización y forma. Tan solo un tratado podría aquilatar en su justa medida la gran significación de su prolífica obra. Su cuantía excede las ocho mil páginas. Su variedad recorre diversos géneros y estilos: prólogos a las obras de otros autores, artículos de prensa, artículos en revistas académicas –entre estos, muchos que, dada su extensión y tratamiento, se constituyen en auténticos opúsculos–, y, finalmente, libros, entre los que hay, incluso, una novela. Su calidad se sitúa en el plano de la más exigente y genuina excelencia.

A tenor de lo anterior, sin exageración alguna, bien puede afirmarse que la ingente obra de Francisco Álvarez forma parte de la producción filosófica e intelectual más brillante y selecta que se ha escrito en la América hispana durante las últimas décadas.

Y valga aquí un paréntesis: en el mundo de hoy, la celebridad de un intelectual no siempre responde a una merecida excelencia. En este campo también, el estar, o no, dentro de ciertas modas, corrientes y estilos al uso, el complacer o desagradar a la galería, el contar con una bien dispuesta claque, el publicar en una u otra editorial de determinados países y, al fin de cuentas, el ineludible marketing son factores que contribuyen en mucho a realizar no pocos milagros, incluida a veces una sorprendente universalidad. Resulta claro, pues, que, en esto como en tantas otras cosas, la fama y el aplauso no siempre van de la mano de la calidad.

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El Dr. Álvarez, para quien la reflexión y la enseñanza mediante la palabra y una pluma extraordinaria fueron sus cotidianos y existenciales menesteres, llevó a cabo su labor con modestia, calladamente, sin aspavientos, sin la menor preocupación por la popularidad, que, más bien, rehuyó. Quizás, en ese afán de vivir una vida apartada, privada, recoleta, influyó aquella creencia que alguna vez dejó traslucir en uno de sus artículos en la prensa: “El intelectual es hoy como un corcho flotando en el mar; cuando está arriba, empinado en la cresta de la ola, no es tantas veces su mérito o la profundidad y originalidad de su pensamiento los que le ponen en situación de privilegio, sino, al revés, lo liviano de su sustancia, lo que le permite izarse hasta lo alto, obediente y dócil a la gran masa que lo aúpa. Quien, en cambio, es hoy rebelde de verdad, en pensamientos, obras y no en mera retórica, zozobra, se va a pique, naufraga”.

Rebelde y crítico. En efecto, Francisco Álvarez fue un gran rebelde y, a través de su obra, lo tradujo en una continua y acerba crítica a las demasías de todo tipo –fundamentalmente, las ideológicas y políticas–, a la mediocridad y a los mitos, tópicos y lugares comunes que circulan como moneda corriente en todos los ámbitos de nuestra época, haciéndose pasar por la verdadera y auténtica realidad.

De entre sus veintiséis libros, El reto de la mediocridad, Camino de sensatez y Los intelectuales y sus mitos constituyen una estupenda trilogía, que, por lo que dice, examina y denuncia, resulta ser sumamente crítica. Desde una posición vertical, diáfana y sin concesiones, que fue característica en su vida y lo es en su obra, critica sin ambages, certera y descarnadamente; pero, lejos de poquedades, odios y resquemores, lo hace con un inmenso amor. “El amor –escribió–, frente a lo que comúnmente se piensa, no es el diosecillo con los ojos vendados. A la inversa, los tiene bien abiertos y, por eso, es capaz de avizorar, con perspicacia, lo malo y lo bueno' Deshagámonos de la falsa creencia, pues, de que toda crítica hállase inspirada por el desdén, por el afán de burla, por el odio y no por el amor. Acojámosla, por tanto, con benevolencia”.

Y así, incansable y agudo espectador, posa su mirada sobre los hechos y vicisitudes del entorno, los escudriña, los relaciona, saca a flote sus entresijos y, a la luz de la historia y de los grandes esquemas de pensamiento, nos va descubriendo y haciendo más inteligible ese inmenso escenario en que nos movemos y somos los hombres de hoy.

Trascendente. La extensa obra del Dr. Francisco Álvarez González revela un espíritu extraordinariamente culto y analítico, y, sobre todo, trasciende, por su hondo calado y originalidad, la época y circunstancias que la acompañaron.

Su pensamiento, pues, forma parte de esas inspiradoras y luminosas creaciones con las que unos pocos hombres han logrado la inmortalidad.

Paz a sus restos mortales, y loor y gloria a un pensador inmortal.

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