
Fidel Castro hizo llamativos comentarios en la entrevista concedida al escritor y periodista Jeffrey Goldberg, de la revista estadounidense The Atlantic.
En especial, recibió atención su reconocimiento de que el modelo económico cubano no funciona, aunque luego quiso retractarse.
Pero menos cuidado se puso a sus comentarios sobre Irán y el antisemitismo, lo cual sorprende porque son parte de una estrategia general de la dictadura para ganar indulgencias en momentos de graves complicaciones internas. Castro criticó al presidente iraní Mahmoud Ahmadineyad por negar el Holocausto y sugirió a Teherán tratar de entender la larga historia de persecución a los judíos. “No creo que nadie haya sido más difamado que los judíos”, dijo. “Diría que mucho más que los musulmanes porque (a los judíos) los culpan y difaman por todo. Nadie culpa a los musulmanes por todo”.
Sobre las terribles consecuencias del antisemitismo, Castro puntualizó que los judíos “fueron expulsados de su tierra, perseguidos y maltratados en todo el mundo como los que mataron a Dios' Por más de dos mil años fueron sometidos a una persecución terrible y luego a los pogroms .
Uno habría asumido que desaparecerían y creo que su cultura y religión los mantuvo unidos como nación' Los judíos han tenido una existencia mucho más dura que la nuestra. Nada se compara al Holocausto”.
Estrategia. Estos comentarios no fueron accidentales. Castro pretende congraciarse con la comunidad judía estadounidense y con los tomadores de decisiones en Washington. ¿Por qué escogió este momento para atacar a la teocracia iraní, condenar el antisemitismo y avalar el derecho de Israel a existir? Después de todo, apenas en 2001, Castro proclamó en Teherán que “Irán y Cuba, cooperando mutuamente, pueden poner de rodillas a los Estados Unidos”.
Por décadas, su gobierno ayudó a la OLP y otros grupos terroristas del Cercano Oriente. En 1966, La Habana albergó la Conferencia Tricontinental, la cual lanzó la era moderna del terrorismo internacional.
Con ese trasfondo, resulta exagerado que ahora quiera aparecer como desinteresado defensor de los judíos y enemigo del antisemitismo. De hecho, su propia estrategia deja entrever lo contrario: al recurrir a Goldberg y escoger ese tema para congraciarse, revela su convicción de que los judíos controlan las decisiones políticas estadounidenses, lo cual es propio de añejas fantasías antisemitas.
Fidel está desesperado por enaltecer su legado histórico y desesperado por asegurar ayuda financiera vital para su arruinado sistema. Con 84 años y mala salud, Castro sabe que la economía cubana está en la lona, y también sabe que Washington podría tirarle un crucial salvavidas si levantara las prohibiciones para visitar la Isla.
El Congreso estadounidense discute en estos momentos una legislación para eliminar las restricciones de viaje, lo cual implicaría una masiva transfusión de divisas por turismo.
En ese contexto deben verse las denuncias de Castro contra Ahmadineyad y el antisemitismo. De hecho, La Habana hace gestos calculados con la esperanza de mejorar su imagen mundial. En julio liberó a 52 prisioneros políticos, pero a condición de que se exiliaran en España, cuyo canciller, Miguel Ángel Moratinos, tuvo el tupé de declarar que esa deportación “abre una nueva era en Cuba.”
Por supuesto, todo ha sido una ambiciosa operación de relaciones públicas. El castrismo siempre ha usado a los disidentes pacíficos para obtener concesiones de las naciones capitalistas. Con esa liberación-deportación, apuntaba a convencer a la Unión Europa de establecer relaciones totalmente normales. Uno de los prisioneros ahora exiliados en España, Julio César Gálvez, declaró a la AP : “Nuestra salida (de Cuba) no debe verse como un gesto de buena voluntad, sino como una medida desesperada del régimen, urgido de obtener cualquier tipo de reconocimiento”.
En esa línea, el mes pasado La Habana permitió una visita de la esposa del estadounidense Alan Gross, preso desde finales del 2009 con el pretexto de que era espía, porque con el patrocinio de AID apoyaba a activistas de la sociedad civil cubana. Sin embargo, no liberaron a Gross porque pretenden usarlo para ganar dividendos.
La Habana ha anunciado también pequeñísimos pasos para permitir microempresas. Y como está en quiebra, despedirá a 500.000 empleados estatales. ¿Pero ha cambiado realmente el gobierno castrista?
No hay ninguna evidencia sobre reformas que realmente brinden libertad política y económica al pueblo cubano.
Un reciente editorial del Washington Post señaló que “cambios fundamentales en la políticas de los Estados Unidos hacia Cuba deberían aguardar a que el régimen haga reformas fundamentales”. El influyente diario señaló que “cuando el cubano promedio tenga el derecho de hablar y reunirse libremente, además del de cortar pelo o podar las palmeras, entonces será el momento para que los turistas y ejecutivos de negocios estadounidenses vuelvan a la Isla”.
Esta parece la estrategia correcta, sin permitir que unas declaraciones oportunistas y fríamente calculadas, por bonitas que suenen, oculten los hechos fundamentales sobre la inaceptable opresión a la que el régimen castrista somete cada día al pueblo cubano.