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Edificio Steinvorth

El Edificio Steinvorth, joya arquitectónica de Costa Rica

Actualizado el 10 de marzo de 2013 a las 12:00 am

Edificio Steinvorth Una de nuestras joyas arquitectónicas capitalinas apenas sobrevive

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El Edificio Steinvorth, joya arquitectónica de Costa Rica

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El 7 de diciembre de 1941, un sorpresivo ataque de la armada japonesa a la base militar estadounidense en Pearl Harbor, Hawái, precipitaba el ingreso de la potencia americana en una guerra que se convertía así en mundial. Al día siguiente, nuestro gobierno le declaraba la guerra al Japón y, días después, a Alemania e Italia también. El sociólogo Manuel Rojas Bolaños, anota: “Una vez que se produjo la declaratoria de guerra ['], numerosos ciudadanos alemanes fueron detenidos y muchos de ellos enviados a campos de concentración en los Estados Unidos” ( Lucha social y guerra civil en Costa Rica ).

Para entonces, sus nombres o el de sus empresas habían aparecido en las llamadas “listas negras” publicadas por la embajada norteamericana y habían sido recluidos en un campo de concentración local, ubicado en San José, en la esquina suroeste de avenida 10 y calle 28. Rojas Bolaños prosigue: “En los meses siguientes se produjo la expropiación de los bienes de alemanes, [cuyo trámite] se prestó para no pocos abusos de parte de las autoridades y de algunos particulares, que de ese modo comenzaron a formar sus capitales”.

Aportes al país. Junto a los ingleses, los alemanes estaban entre los primeros europeos no españoles en arribar a Costa Rica tras la Independencia. Una vez aquí, aquellos emprendedores inmigrantes se dedicaron tanto a la agricultura como a la industria y el comercio, ramos todos en los que hicieron destacados aportes desde entonces. Empero, su llegada se verificó en varias oleadas, la segunda de las cuales se produjo entre 1870 y 1900. Parte de ella y procedente de la ciudad de Luneburgo (Hannover), en 1872, llegó Wilhelm Steinvorth Ulex. Se inició como dependiente del almacén de su coterráneo Juan Knöhr, solo para luego independizarse como exitoso comerciante.

Con el mismo ímpetu empresarial, paulatinamente extendió sus intereses al cultivo y la exportación de café, así como a la actividad bancaria; además, se preocupó por la educación de la colonia alemana. También, una vez instalado en San José, propició la venida de sus hermanos Walter y Otto, quienes se dedicaron igualmente al comercio.

De esa dedicación, individual o en asocio con otros alemanes, luego de varios avatares y formada por los tres hermanos, surgiría la sociedad mercantil W. Steinvorth y Hno. Sucs. en 1896. En ese mismo año arribaba al país el ingeniero-arquitecto italiano Francesco Tenca Pedrazzini (1861-1908), a quien, diez años después, Otto Steinvorth encargaría la construcción de un edificio propio.

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La San José de finales del siglo XIX y principios del XX era una activa ciudad propicia para la aparición de edificios comerciales destinados a las empresas que se encargaban de satisfacer la demanda de bienes de consumo importados: Juan Knöhr, Macaya y Compañía, Robert Hermanos, y otras.

Terminado en 1907, el Almacén Steinvorth vendría a sumarse a tales edificios. El inmueble se ubicaría en plena avenida Central, concretamente en la esquina noroeste de su cruce con la calle 1, y estaba destinado a convertirse en uno de los más notables de la ciudad por su particular arquitectura.

Estética y edificación. En efecto, tratándose de un diseño de Tenca, el nuevo edificio compartiría, con otras de sus obras, el compromiso del milanés con la más actual corriente estética europea de entonces; en este caso, también con la naciente modernidad arquitectónica, que asomaba ya en las ciudades de los Estados Unidos. Lo primero lo evidenciaría en la plástica art nouveau de su espléndida decoración exterior, mientras que lo segundo daría forma y función al edificio.

No en balde, las historiadoras Ofelia Sanou y Florencia Quesada han mencionado la influencia del arquitecto norteame-ricano Henry Hobson Richardson (1838-1886) en su diseño ( Orden, progreso y civilización: 1871-1914 )

De Richardson, ciertamente, poseía el almacén su potente pesadez y su notable carácter, gracias a las reminiscencias medievales románicas que mostraba, sobre todo en el primer nivel, donde la sólida mampostería de ladrillo y los zócalos de piedra ritmaban sus espaciosas ventanas comerciales, de arco de medio punto unas, y otras de arco rebajado.

En el segundo nivel predominaban las ventanas de arco rebajado, y otras –características del modernismo arquitectónico– de vanos escalonados, mas todas profusamente decoradas en el dintel.

A su vez, como un todo, el edificio era rematado por una cornisa sostenida por ménsulas talladas en piedra, mientras que, en la esquina y al final de cada lado del edificio, lucía unos parapetos decorativos que –a juzgar por las fotografías de época– es probable que hayan desaparecido con el terremoto de 1910.

Así se desprende de una comparación de las imágenes que del monumental inmueble publicaron, en sus respectivos álbumes, los fotógrafos Fernando Zamora, en 1909, y Manuel Gómez Miralles, en 1922. En la primera de aquellas imágenes, el edificio aparece completo en sus remates superiores, mientras que en la segunda es evidente que estos le han sido eliminados. Lo corroboran también tarjetas postales de entonces, que muestran la avenida Central en ese punto.

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‘Stile Floreale’ y ruina. Con fachadas a calle y a avenida, por tanto, originalmente el almacén se extendía en forma de escuadra, ocupando en planta un solar castellano o cuarto de manzana.

Empero, la apuntada pesadez de sus muros se aligeraba en dichos alzados con la decoración de inspiración animal y vegetal en bajorrelieve –poblada de mascarones, camellos, chompipes, conejos, gatos y mariposas: fauna rodeada de plantas y flores–, prop ia del art nouveau o stile floreale , como se lo conoció también en Italia.

Por dentro, en cambio, la ligereza la aportaba un lucernario prefabricado en piezas metálicas y con ventanería de cristal, también de diseño y decoración florales. Este era, sin duda, un elemento de alta tecnología constructiva en su momento y que se desplegaba sutilmente entre los dos niveles mediante una escalera de dos brazos y un rellano.

La señora Flory Steinvorth Jiménez recuerda: “En el almacén encontrabas de todo [']: desde un clavo hasta vinos, cervezas, perfumes, ropa, zapatos, sombreros, vajillas, mantelería, alfombras, telas, adornos, joyería de fantasía, muebles, cemento, pianos...”. Así era cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y sobrevino lo antedicho.

Entre los alemanes expulsados del país –algunos de ellos de nacionalidad costarricense, lo que agravaba la arbitrariedad de la medida gubernamental– se encontraba Ricardo Steinvorth Ey, para entonces dueño del almacén y de toda su mercadería, bienes que perdió junto a su casa familiar y su finca.

Enviado a Texas, Steinvorth regresó en 1956 y, tras muchas gestiones legales, recuperó el inmueble; mas el negocio ya no fue el mismo, así que empezó a alquilar locales hasta que tuvo que vender la mitad sur en 1960. Así, como otras joyas arquitectónicas josefinas en esa década, la parte esquinera fue demolida para construir uno de los edificios más anodinos de la ciudad.

Se cree que de la edificación original sobrevive apenas un 20%, mas el fragmento restante aún es capaz de lucir por fuera su pasada grandeza y dejarse contemplar por quienes paramos a verlo, para goce urbano, entre camellos y flores.

El autor es arquitecto, ensayista e investigador de temas culturales.

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