Detrás de las imágenes de cuerpos circulando día a día subyacen estereotipos y temores que definen lo que resulta socialmente aceptable

Por: Camilo Retana 18 noviembre
En la exposición 'Detrás del Portón Rojo' se muestra una copia en yeso a partir de un original helenístico en mármol. Fotografía: José Cordero.
En la exposición 'Detrás del Portón Rojo' se muestra una copia en yeso a partir de un original helenístico en mármol. Fotografía: José Cordero.

Cuando se trata del cuerpo, de sus furores, pero también de las aprehensiones y los pavores que suscita, una paradoja salta a la vista: es el cuerpo mismo el que despierta pánico en el cuerpo.

La avidez con que se representan cuerpos humanos en las imágenes de todos los días podría llamar a engaños, haciéndonos creer que sabemos muy bien lo que un cuerpo es, pero esa familiaridad resulta truculenta. La circulación masiva de todo tipo de representaciones (ya sea en la moda, la publicidad, la pornografía o las redes) informa, ante todo, de los empeños sociales por estandarizar las figuras y contornos anatómicos que deberían prevalecer.

El intento es postular paradigmas y arquetipos corpóreos, a veces improbables, que no ofrecen noticia sobre la pluralidad y la heterogeneidad somáticas. Son imágenes que incluso cumplen un rol tranquilizador, en la medida en que entrañan pedagogías acerca de cómo lucir y vivir.

Sin embargo, las diferencias corporales también asoman cotidianamente, disputando límites y normas. Allí donde la cultura apunta a delinear los organismos, estos se las arreglan para trazarse nuevos contornos, en una negociación sinfín en torno a lo que resulta aceptable o representable en una época determinada.

Distintos mitos a lo largo de la historia dan cuenta de esas antiguas pugnas. Aquí estamos, claro está, frente al universo de lo ominoso, lo abyecto y lo prohibido. Nos referimos a esos fascinantes imaginarios compuestos por monstruos, brujas y demás seres clandestinos, desde los vampiros y los actuales zombis hasta las imágenes de seres hipersexuados o de los propios demonios. Estas figuras canalizan y condensan simbólicamente lo ignoto y lo temido, pero también gestionan y dirigen la mirada para que esta reconozca lo que debería resultar indeseable.

El discreto encanto de las prohibiciones

La censura es acaso la tecnología más tosca y rústica a la hora de administrar estos temores y ansiedades evocados por el cuerpo. Sus empeños, a menudo un tanto torpes, aunque no por ello menos efectivos, trazan fronteras y dirimen sigilosamente cuáles zonas y regiones deben mantenerse ocultas. Por supuesto, la propia arbitrariedad de estas disposiciones las torna imposibles de cumplir.

Quizá es necesario que así sea, pues todo el mundo sabe que censurar ha sido siempre un eficaz modo de atraer al ojo. Aún así, la aleatoridad e inconsistencia de algunas de las prohibiciones relacionadas con el cuerpo resultan irrisorias: la piel que en la ciudad no se puede mostrar, unos kilómetros más allá, en la costa, resulta admisible y, por qué no hasta deseable; lo que ayer estaba vedado en la televisión y el cine, hoy resulta banal y hasta inocente; lo que antes requería de la vigilia y la clandestinidad, ahora no ofrece más mediaciones que las impuestas por la red.

Sin embargo, allí continúan las tentativas, ciertamente oscurantistas, de mantener los cuerpos y la sexualidad en las sombras. Se pensaría que se trata de posiciones anacrónicas, puesto que en el presente es imposible no estar expuesto a un bombardeo de frondosas, explícitas y lúbricas anatomías, pero he ahí que hay, como bien sabemos, una serie de guardianes de la moral dispuestos a poner el grito en el cielo por un poco de información alrededor de –por decir algo– la sexualidad y la afectividad.

Este es un estudio del torso masculino pintado por Tomás Povedano de Arcos (hacia 1910) y se exhibe en la exposición del Museo de Arte Costarricense. Foto: Mariana Peralta, Maricarmen Pereira, Kevin Valverde.
Este es un estudio del torso masculino pintado por Tomás Povedano de Arcos (hacia 1910) y se exhibe en la exposición del Museo de Arte Costarricense. Foto: Mariana Peralta, Maricarmen Pereira, Kevin Valverde.
¿Qué mostrar?

Durante décadas se creyó que bastaba con burlar la censura para liberar el cuerpo. En el medio de los enfrentamientos con las políticas censoras, distintos movimientos, grupos sociales y artistas se abocaron a una guerra simbólica en la que, cuanto más piel se mostraba, tanto más emancipatorio resultaba el gesto. En estas guerras por el sentido se jugaban –y se juegan todavía– los límites de la representabilidad.

No obstante, hace tiempo ya que el escenario se ha vuelto más complejo, precisamente por la facilidades que nuestra época ofrece a la hora de burlar las políticas censoras. Dicho de otro modo: Internet ha puesto un coto a la censura. Por ende, hoy no se trata tanto de que el cuerpo pueda ser visto (¡porque lo es a cada minuto!), sino de cuál cuerpo, y de qué modo, puede serlo. La pregunta más acuciante dentro de esta nueva configuración moral no es tanto qué se puede mostrar, sino cómo hacerlo.

En ello, las artes juegan un papel relevante por su capacidad de nadar contracorriente. Si la cultura visual mainstream está poblada de estereotipos y normas perceptivas, dentro de ciertos ámbitos escénicos, cinematográficos y plásticos, entre otros, se producen alternativas que desactivan formas de ver y deconstruyen los lentes con los que solemos circunscribir los cuerpos.

Del cuerpo contemplador al cuerpo contemplado

Lo que está en juego en la representación social del cuerpo no es una cuestión meramente perceptiva. Los circuitos de circulación y producción de imágenes inciden en el modelado de la anatomía de cada uno de nosotros.

En otras palabras, los cuerpos que vemos definen en parte lo que nuestros propios cuerpos son. Es así que en tiempos de homofobia, racismo, xenofobia e, incluso, “gordofobia”, existe una fuerte presión para que hagamos coincidir nuestras anatomías con una serie de cánones.

Si cambiamos el foco y nos pensamos no tanto como contempladores de cuerpos, sino como cuerpos contemplados, pareciera claro que nos corresponde sacudirnos del miedo a ser percibidos del modo “equivocado”.

No faltará quien diga que se trata de prototipos o modelos electivos que solo reclaman una adhesión voluntaria.

No obstante, ciertas siluetas y particularidades son objeto de castigo no solo estético, sino también médico y moral. A saber: existe una serie de presiones (desde el bullying al comentario aparentemente casual, pero de todos modos intrusivo) que, aunque se ejercen desde campos muy distintos, coinciden en el tipo de anatomía que proclaman. Incluso, algunas de estas expresiones llegan a la violencia (como en el caso del acoso callejero y el intento de aleccionamiento y castigo a los cuerpos de las mujeres que tal práctica entraña).

Una vez más, la cuestión no es tan sencilla como que estos cuerpos diferentes a la media (¿en verdad hay una media cuando se trata del cuerpo?, ¿no son en realidad diferentes entre sí todas las personas?) sean admitidos, sino del tipo de admisión que de ellos se hace.

Si cambiamos el foco y nos pensamos no tanto como contempladores de cuerpos, sino como cuerpos contemplados, pareciera claro que nos corresponde sacudirnos del miedo a ser percibidos del modo “equivocado”. Porque si es el propio cuerpo el que siente pánico de sí (en el fondo se trata de un terror a llevar a cuestas una anatomía “defectuosa”), quizá haya llegado la hora de entender que no hay nada inadecuado en ningún cuerpo.

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